Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 18,21-25
Se acercó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Dame un plazo y te pagaré todo». El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes». El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda». Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?» E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».
Palabra del Señor.
Homilía Mons. García Cuerva XXIV Domingo de Tiempo Ordinario
La primera lectura de hoy, del Libro del Eclesiástico, nos plantea el autor que la persona rencorosa y vengativa está convencida, de tener la razón, de que el rencor y el odio están justificados. El autor, Jesús ben Sirá, así se llama, del siglo II antes de Cristo, le dirá que piense en sí mismo. Le dirá: «Recordá que tú también eres pecador». Creo que aquí ya tenemos como una primera señal que puede acompañarnos en la reflexión a la luz de las lecturas de esta Misa. Recordar que nosotros también somos pecadores, y que, entonces, por más que estemos convencidos que a veces hay que tener rencor, que a veces hay que ser vengativos, muchas veces, recordando que somos pecadores, por lo menos pondremos freno a esos sentimientos.
Porque justamente creo que todos hemos podido experimentar alguna vez que ser perdonados nos hace bien, y que perdonar también nos hace bien. Es verdad que a veces hay que aceptar la reacción que surge como irritación ante la ofensa. Cuando a veces hemos sido ofendidos, cuando a veces hemos sido dañados, lógicamente, surge una cólera, una irritación, un enojo, casi de manera instintiva ante la injusticia, ante la agresión. Pero lo que no podemos es después dejarnos llevar por ese sentimiento. Ese primer sentimiento casi natural frente a la agresión recibida no puede después desencadenarse, como nos decía la primera lectura, en venganza o en odio.
Y entonces, hoy, cuando Pedro le pregunta a Jesús si en realidad hay que perdonar hasta 7 veces, es decir, ya Pedro es generoso en la pregunta. Le está diciendo, ¿Hay que perdonar mucho? Recuerden la parte simbólica del número 7 en la Biblia, Jesús va por mucho más. Jesús no pone límites al perdón, sino que cuando dice 70 veces 7, lo que Jesús quiere decir es, `Hay que perdonar siempre´.
Pedro le plantea, `Hay que perdonar mucho´, y la respuesta de Jesús es absolutamente mayor. `Hay que perdonar siempre´. Parecería, entonces, que este odio, esta venganza, que en la primera lectura parece que la persona rencorosa plantea estar convencido de tener la razón y de justificar esos sentimientos negativos, tiene ya un enorme freno en el planteo de Pedro: `¿Hay que perdonar mucho?´ Y por supuesto, tiene un enorme freno en la respuesta de Jesús, `Hay que perdonar siempre´.
Si consideramos sólo la ofensa ajena en la relación entre un tú y yo, claro, siempre vamos a encontrar motivos para no perdonar. Si yo pienso en lo que me hizo el otro, siempre voy a encontrar razones para dejar de perdonar. Pero si, en realidad, empiezo a pensar que esa ofensa la tengo que pensar también en relación con Dios y con todo lo que Dios hizo por mí, y la experiencia de perdón que cada uno de nosotros tiene, entonces el perdón al prójimo brota como algo más natural.
Indudablemente, si solamente creo, y vuelvo a repetir, que el vínculo de la ofensa entre la persona que me ofendió y yo, seguramente, siempre voy a encontrar un motivo para dejar de perdonar. Pero si empiezo a poner en este vínculo entre tú y yo a Dios, y la obra de Dios en mi vida, y todo lo que Dios perdonó, y todas las veces que Dios me da otra oportunidad, seguramente podré encarrilar un poco mejor el perdón.
Algunos dicen que no pueden perdonar porque no pueden olvidar, son dos cosas distintas. La cuestión del perdón tiene que ver fundamentalmente con una actitud de corazón. La memoria y el olvido son otras cosas, nadie dice que olvidemos, pero, al mismo tiempo, tener el intento de perdonar que, como dije, puede ser que naturalmente no surja, pero indudablemente cuando pienso en el vínculo con Dios y en todo lo que Dios ha sido misericordioso conmigo, la situación por lo menos empieza a facilitarse. Entonces, tenemos que hacer el gran y enorme intento.
¿Cuál es la diferencia entre la primera lectura del Eclesiastés y el Evangelio? En realidad, lo que nos dirá la primera lectura es que tengo que perdonar para poder ser perdonado por Dios. En cambio, en el Evangelio lo que nos plantea Jesús es que Dios ya nos perdonó, y entonces, como Él nos perdonó, tengo que perdonar a los demás. Es lo que sucedió con ese servidor que debía demasiado. Habla de 10.000 talentos, que son cerca de 60.000.000 de denarios. ¿Por qué digo este número? Porque él es perdonado, pero después agarra del cuello, casi hasta ahogarlo, a alguien que a él le debía tan solo 100 denarios. Repito, a él le perdonaron una deuda de 60.000.000 de denarios, y él no era capaz de perdonar una deuda de 100 denarios.
Creo que, entonces, cada uno de nosotros hoy tiene que animarse a dar el paso. Nadie dice que sea fácil. Lo que no podemos es vivir asentados en el odio, en el rencor, en la venganza, porque, como nos dice el libro del Eclesiastés, eso no puede pasar porque nosotros también somos pecadores. Tenemos, como decía el libro del Eclesiastés, que perdonar para ser perdonados por Dios, y eso nos puede resultar difícil.
Y, entonces, el Evangelio nos da una verdadera buena noticia: Ffimos primero perdonados por Dios, y, entonces, nos va a salir un poquito más fácil perdonar a los demás. De eso se trata la lectura que hoy Jesús nos comparte, la historia que hoy nos comparte en el Evangelio.
Termino con una poesía del padre Olaizola, que se llama: El perdón imposible», porque indudablemente a todos nos cuesta. Pero vuelvo a insistir, cuando hacemos presente la obra de Dios, la obra misericordiosa en nuestra propia vida, ya nos dan menos ganas de levantar el dedo acusador, dan menos ganas de ser vengativos y rencorosos. Porque, por otro lado, como también dije, perdonar nos hace bien, ser perdonados nos cura el corazón y el alma.
Al mismo tiempo, creo que tenemos que en algún momento animarnos a hacer del perdón, no solamente algo de los vínculos privados o personales, sino también en los vínculos sociales. Pensar el perdón en términos de sociedad, ¿Cuánto necesitamos curar? ¿Cuánto necesitamos sanar?, y que mientras no seamos capaces de dar este enorme gran paso del perdón, nos seguirá doliendo.
La poesía dice así:
«¿Cuántas veces
hay que perdonar?»
–pregunto–.
Me dices «70 veces 7».
Y yo respondo…
«Eso es siempre, Señor».
¿Cómo hacerlo,
si cada acto de perdón
pesa más que el anterior?
Si cada vez que lo otorgo
me siento derrotado.
Si el corazón se desangra
por las deudas no cobradas.
Si el dolor manda en mí.
Si la mente vuelve,
una y otra vez
a la hora maldita
de las heridas
y las decepciones.
¿Cómo salir
del laberinto de los agravios?
¿Cómo pasar páginas
grabadas en la entraña?
Me cuentas que toda deuda
tiene dos caras.
Que toda herida
cuenta dos historias.
Que hay un perdón
que aligera la carga.
Empieza –dices– por cambiar la mirada.
Ve, más allá del sufrimiento
que te atrapa, la vida que sigue.
Comprende la flaqueza
de quien te hirió,
y no dejes que su sombra
te aleje de la Luz mayor,
del Amor primero,
de la Misericordia
que Dios sembró
en tu entraña hoy herida.
70 veces 7.
Amén.