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Homilía Mons. García Cuerva XXVIII Domingo de Tiempo Ordinario

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     17, 11-19

    Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»

    Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados.

    Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.

    Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿Dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».

Palabra del Señor.


Homilía Mons. García Cuerva XXVIII Domingo de Tiempo Ordinario

El Evangelio de San Lucas nos relata que Jesús iba a Jerusalén y a lo lejos, a la distancia, escucha el grito de estos leprosos, de estos diez leprosos que le dicen fuerte: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Tanto la primera lectura como el Evangelio nos va a hablar de estos leprosos. En primer lugar, la lectura del Antiguo Testamento nos habla de Naamán el Sirio, leproso y sirio. En este caso, nos habla de diez leprosos el Evangelio, uno de ellos leproso y samaritano, con lo cual no solamente eran enfermos, sino considerados impuros, sino también los sirios y los israelitas enfrentados y también los samaritanos y los judíos enfrentados, con lo cual podemos decir que eran los malos: enfermos, leprosos, uno de ellos sirio, el otro samaritano.

Pero la palabra de Dios, como nos dice también hoy San Pablo cuando le escribe a Timoteo, “La palabra de Dios no está encadenada”. Y como la palabra de Dios no está encadenada, no va a quedar atada a si es enfermo, no es enfermo, a si es de una nacionalidad o es de otra. Y por eso, encontramos hoy un hermoso mensaje en las lecturas. En primer lugar, Jesús, que escucha este grito. Y aquí la primera reflexión que podemos hacer para nosotros, si somos capaces de escuchar el dolor y el sufrimiento de tantos hermanos, que a veces no es un grito que sea escuchado con los oídos, o, en todo caso, tomando palabras de San Agustín, deberemos tener los oídos en el corazón, porque hay gritos que son silenciosos, hay silencios que gritan: tanta soledad, tanta marginación, tanta gente que quizá tenemos al lado nuestro y que todos los días nos dice que “está todo bien”, y, sin embargo, hay un corazón que grita, un corazón que duele, y, entonces, tendremos que aprender a escuchar, con los oídos en el corazón, ¿Cuál es ese clamor? ¿Cuál es ese grito?, ¿Cuál es ese anhelo? ¿Cuál es ese pedido de ayuda? Evidentemente, el grito de los diez leprosos a Jesús le tocan el corazón. 

Dice que Jesús se compadece de su dolor, evidentemente, se compadece de sus tristezas, se compadece de su exclusión. Recordemos que los leprosos no solamente tenían esta enfermedad infecciosa causada por una bacteria, sino que además, como en aquella época era una enfermedad que no tenía cura, que no podía ser sanada, vivían fuera de las ciudades. Y cuando alguien se acercaba o ellos necesitaban acercarse, debían ir con una campana o con algo que haga ruido para avisarle a la gente para que se aparte, o debían ir gritando, como dice el el libro del Levítico en el antiguo testamento, impuro o inmundo. Por eso la marginalidad que vivían era doble, y por eso se conmueve Jesús y se compadece con el grito de estos leprosos. 

Recuerdo aquí, entonces, un texto del papa León XIV, del domingo pasado, en el mensaje de la jornada mundial de las misiones, cuando nos decía que “Hoy el modo de anunciar a Cristo es a través de la acogida, de la compasión y de la solidaridad”. Que podamos, entonces, tomar nosotros también este modelo de Jesús, que se compadece y se conmueve ante el grito de tanto dolor y marginación de los leprosos, y nosotros también, a su manera, anunciarlo. Anunciar a Cristo a través, como decía el Papa León, de la acogida, de la compasión y de la solidaridad. Y luego de que los envía a ver a los sacerdotes al templo, aparece este samaritano que estaba curado ahora, y vuelve. Y la pregunta es, ¿Por qué vuelve? Seguramente, vuelve porque se hace consciente de que está sanado. Seguramente, vuelve porque tiene un corazón agradecido y experimenta en su propia vida que Jesús lo sanó y lo perdonó.

Recuerdo aquí palabras del Papa Francisco cuando, hablándole a Cáritas de la diócesis de Roma, creo que en el 2019, les decía que todos teníamos el mismo carnet de identidad. Todos éramos pecadores, amados, perdonados y salvados por Cristo. Y si nos hacemos absolutamente conscientes de ello, viviremos siempre en una actitud de profunda acción de gracias. Por eso es bueno hacernos conscientes de nuestras propias lepras, de las lepras del pasado que Jesús nos curó. Esas lepras del corazón ligadas al pecado, ligadas a los vicios, ligadas al egoísmo, a los rencores, al odio que a veces habita en nosotros y que sabemos que cada vez que le pedimos a Jesús, como ese grito de los leprosos que por favor nos sane, Él nos sana, Él nos perdona. Y hacernos conscientes, como dije, es volver al Señor. Es volver al Señor y ser agradecidos. Y al mismo tiempo, ese volver al Señor y hacernos conscientes de cuáles fueron nuestras lepras de las que fuimos curados, necesariamente nos tiene que hacer más buenos y más comprometidos con los demás. Si olvidamos que fuimos perdonados por Jesús, si nos olvidamos de nuestras heridas, si olvidamos que tanto nos ama, que por eso nos salva, seguramente seremos muy duros con los demás, seremos muy crueles con los demás, porque nos vamos a sentir perfectos. En cambio, si como este samaritano leproso, si como el sirio leproso de la primera lectura, Naamán, somos conscientes de nuestra propia vulnerabilidad, somos conscientes de la obra que Dios ha hecho en nosotros, no tendremos más que un corazón agradecido, que también será mucho más bueno, misericordioso y compasivo con los demás.

Creo que también podemos hacernos conscientes hoy, no solamente de nuestras lepras pasadas, que están ligadas a nuestra fragilidad y a nuestro pecado, no solamente de hacernos conscientes también de las presentes, porque ninguno de nosotros es perfecto y siempre necesitamos ser curados y perdonados por Jesús, sino también pensaba en las lepras colectivas, las lepras sociales que carcomen, dicho entre comillas, la dignidad humana, que carcomen los vínculos y la justicia en nuestra sociedad. 

Las lepras colectivas de los prejuicios, la lepra de la discriminación, las lepras del narcotráfico, la lepra del juego que tanto está enfermando las apuestas a nuestros adolescentes, a nuestros niños, las lepras de todo tipo de adicción, las lepras de todo tipo de prejuicio que rompe la fraternidad y la cultura del encuentro. Por eso quería invitarlos a todos hoy a que, por un lado, podamos descubrir que una vez más la palabra de Dios no está encadenada, como decía Pablo en la segunda lectura, y, entonces, la palabra de Dios es libre, y hoy la palabra de Dios nos interpela a través de Naamán el sirio, un leproso curado extranjero, y de un leproso samaritano también extranjero. 

Y ellos, «los malos», entre comillas, nos enseñan, por un lado, a ser profundamente conscientes de nuestra fragilidad, por otro lado, totalmente agradecidos, y entonces, siempre nos reconoceremos, como decía el Papa Francisco, “De aquellos pecadores, perdonados, amados y salvados por Cristo”. Y eso necesariamente nos hará más buenos y misericordiosos entre nosotros. Si nos olvidamos de nuestras lepras pasadas o presentes, de nuestra fragilidad y de nuestros pecados, seremos muy duros y muy crueles con los demás. 

Y, por otro lado, poder también pensar y comprometernos en nuestra sociedad de hoy con lo que significan estas lepras colectivas, estas lepras colectivas que nos van también carcomiendo en los vínculos. Como dije, violencia, narcotráfico, la lepra del juego, la discriminación, el «terrorismo de las redes», con el que también nos vamos destrozando entre nosotros. Acordémonos, como dije, del mensaje del Papa León, que ojalá el grito de nuestros hermanos nos conmuevan, que ojalá la conciencia de nuestra propia fragilidad nos haga más buenos entre nosotros, y entonces podamos anunciar a Cristo a través de la acogida, la compasión y la solidaridad. Allí está nuestro desafío como discípulos misioneros de Cristo, porque tenemos, como también dice la segunda lectura, la mejor buena noticia para anunciar, que Cristo resucitó y que nos ama. Amén.

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