Se celebro este martes 23 de septiembre en la Estación Constitución la Santa Misa en solidaridad con todos los excluidos y la víctimas de tráfico y trata de personas. La misma fue presidida por Mons. Jorge García Cuerva y contó con la presencia de obispos auxiliares, asociaciones, movimientos de trabajadores excluidos, fundaciones, la familia grande del Hogar de Cristo y las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor.
Bajo el lema “Por una sociedad sin esclavos ni excluidos”, se desarrolló la 18° Santa Misa en solidaridad con todos los excluidos y tuvo como previa una Feria por la inclusión y muestra fotográfica del Papa Francisco. Con la intención de unirse en oración con los trabajadores cartoneros, mujeres en situación de prostitución, con las victimas de tráfico, trata laboral y sexual, migrantes y personas en situación de adicciones es que se invitó a participar. A la luz del Evangelio (Lucas 10:25-37) Mons. García Cuerva en su homilía expresó:
“Comienza el evangelio de hoy diciendo: ´un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y lo asaltaron, lo despojaron de todo, quedó herido y medio muerto´” y luego agregó: “Como tantos hermanos hoy, despojados de su dignidad, despojados de futuro, despojados de sus derechos, despojados de su identidad”.
Luego se preguntó: “¿Cuántas víctimas de la trata y el tráfico de personas son hoy en nuestra sociedad ese hombre que describe el Evangelio? Víctimas de ese delito aberrante del que el Papa Francisco decía que ´es una llaga en la carne de Cristo, una vergüenza para la sociedad, un nuevo rostro de la esclavitud´”.
Unidos en oración y acción
“Queremos rezar por tantos hermanos que sufren en nuestra ciudad de Buenos Aires: gente en situación de calle. Los cartoneros que ante su difícil realidad de trabajo necesitan de políticas públicas que favorezcan su labor diaria con la logística de transporte. Tantos argentinos y migrantes, esclavizados en talleres clandestinos donde reciben limosna por muchas horas de sacrificio” subrayó y aseveró: “Y los repartidores de plataformas que trabajan más de doce horas por día, en condiciones de extrema precariedad, expuestos a los accidentes de tránsito, pedaleando rápido para cumplir con los tiempos de entrega porque si no se les suspenden las cuentas”.
“En esta Misa, le pedimos a Dios que no nos gane la cultura de la indiferencia, y que nos comprometamos con las víctimas de trata, los excluidos, con los descartables de la ciudad. Queremos aprender del buen samaritano: Él vio al hombre golpeado: queremos tener una mirada limpia y comprometida, que reconozca el dolor en los rostros de los que sufren, porque la trata es a menudo invisible, solapada, disfrazada, porque algunos cómplices ´hacen la vista gorda´” exclamó Mons. García Cuerva.
Aprender del samaritano
“Queremos conmovernos, que el dolor del hermano nos movilice, nos toque en las entrañas, nos aflija profundamente, nos haga llorar. Estar cerca, creemos en un compromiso cuerpo a cuerpo, no desde atrás de un escritorio, o a lo lejos, hablando de los más pobres como si fuesen cifras o estadísticas”.
“Hacernos cargo de la vida de las víctimas de trata y tráfico, y en esto nos queremos jugar la vida. Recordamos siempre a Francisco cuando nos decía que “aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo’”.
No a la trata y tráfico de personas
“Te pedimos Señor, por los hermanos unidos en asociaciones civiles, comunidades parroquiales, en distintos dispositivos comunitarios, y que saben que no es fácil meterse con este tema, pero convencidos que la mejor ayuda es la que se organiza, siguen adelante y no bajan los brazos” mencionó y para concluir mencionó: “No nos callamos; gritamos fuerte: ¡No a la trata y al tráfico de personas!”
Homilía Mons. García Cuerva en la 18° Misa en solidaridad con todos los excluidos y las víctimas de tráfico y trata de personas
Comienza el Evangelio de hoy diciendo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y lo asaltaron, lo despojaron de todo, quedó herido y medio muerto”.
Como tantos hermanos hoy, despojados de su dignidad, despojados de futuro, despojados de sus derechos, despojados de su identidad. Heridos en su humanidad por la crueldad de un sistema que los excluye, y que, como dice el documento de Aparecida, los considera sobrantes y desechables.
¿Cuántas víctimas de la trata y el tráfico de personas son hoy en nuestra sociedad ese hombre que describe el Evangelio? Víctimas de ese delito aberrante del que el Papa Francisco decía ´que es una llaga en la carne de Cristo, una vergüenza para la sociedad, un nuevo rostro de la esclavitud´.
Hoy queremos rezar por tantos hermanos que sufren en nuestra ciudad de Buenos Aires: gente en situación de calle, realidad ésta a la que nos hemos tristemente acostumbrado, casi que adormeciendo nuestras conciencias. Los cartoneros que ante su difícil realidad de trabajo necesitan de políticas públicas que favorezcan su labor diaria con la logística de transporte, y por eso seguimos desde aquí animando a la mesa de diálogo que se generó con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires para buscar soluciones. Tantos argentinos y migrantes, esclavizados en talleres clandestinos donde reciben limosna por muchas horas de sacrificio. Y los repartidores de plataformas que trabajan más de doce horas por día, en condiciones de extrema precariedad, expuestos a los accidentes de tránsito, pedaleando rápido para cumplir con los tiempos de entrega porque si no se les suspenden las cuentas.
Y ante esta dura realidad, como el levita y el sacerdote del evangelio, muchos “siguen su camino”; siguen el camino de la indiferencia, el camino del «no te metas», el camino del silencio cómplice, el camino del miedo, el camino de la omisión.
Hoy en esta Misa, le pedimos a Dios que no nos gane la cultura de la indiferencia, y que nos comprometamos con las víctimas de trata, los excluidos, con los descartables de la ciudad.
Queremos aprender del buen samaritano:
Él vio al hombre golpeado: queremos tener una mirada limpia y comprometida, que reconozca el dolor en los rostros de los que sufren, porque la trata es a menudo invisible, solapada, disfrazada, porque algunos cómplices “hacen la vista gorda”.
El buen samaritano se conmovió: queremos nosotros también conmovernos, que el dolor del hermano nos movilice, nos toque en las entrañas, nos aflija profundamente, y nos haga llorar.
El buen samaritano se acercó: queremos estar cerca, creemos en un compromiso cuerpo a cuerpo, no desde atrás de un escritorio, o a lo lejos, hablando de los más pobres como si fuesen cifras o estadísticas.
El buen samaritano vendó sus heridas, hacer la “revolución de la ternura”; poner gestos concretos que abracen la humanidad lastimada, que acompañen, una escucha activa, una caricia, una presencia misericordiosa que devuelva un poco de dignidad al reconocernos hermanos.
El buen samaritano lo cargó en su propia montura, queremos hacernos cargo de las vidas de las víctimas de trata y tráfico, y en esto nos queremos jugar la vida. Recordamos siempre a Francisco cuando nos decía que «aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos – nos decía el Papa- la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo».
Y luego el buen samaritano lo lleva a un albergue, y junto con el dueño del albergue, lo curan y lo cuidan. Trabajan en equipo: te pedimos Señor, por los hermanos unidos en asociaciones civiles, comunidades parroquiales, en distintos dispositivos comunitarios, y que saben que no es fácil meterse con estos temas, pero convencidos que la mejor ayuda es la que se organiza, siguen adelante y no bajan los brazos.
El Papa León XIV alerta sobre la globalización de la impotencia, el creer que ya está todo perdido. Decimos no a la indiferencia, y no a la impotencia. Como peregrinos de esperanza seguiremos adelante por tantos hermanos excluidos, esclavizados, tratados como mercancía u objeto sexual.
No nos callamos; y seguiremos siempre gritamos fuerte: ¡No a la trata y al tráfico de personas! ¡No a tantos hermanos excluidos en nuestra ciudad de Buenos Aires!
Mons. García Cuerva
Arzobispo de Buenos Aires
Septiembre 2025