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Homilía de Mons. García Cuerva en el Bautismo del Señor

por Facundo Fernandez Buils

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     3, 13-17

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!»
Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

Palabra del Señor.


Celebramos hoy la fiesta del bautismo del Señor. Y celebrar la fiesta del bautismo del Señor es celebrar también nuestro propio bautismo. Ese sacramento que está tan metido en las entrañas más profundas de la fe de nuestro pueblo. Al mismo tiempo, y como nos decía el Catecismo de la Iglesia Católica, el bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, es la puerta de entrada al misterio del seguimiento del Señor como discípulos misioneros. Por eso, tantas veces el Papa Francisco nos ha pedido que tratemos de saber cuál es la fecha de nuestro bautismo, porque así como todos recordamos la fecha de nuestro nacimiento, la fecha de nuestro cumpleaños, el Papa Francisco decía que era importante saber la fecha del bautismo porque era recordar la fecha de nuestro nacimiento en Cristo, era recordar la fecha de nuestra entrada a la Iglesia como familia de Dios. Así que aquí dejamos la primer tarea para aquellos que todavía no lo sepan, tratar de averiguar cuál fue la fecha de nuestro propio bautismo. Este sacramento, como nos decía el Catecismo de la Iglesia Católica, que es el fundamento de toda vida cristiana.

Las tres lecturas de hoy nos hablan del Espíritu. Y entonces, cómo no recordar también a Francisco cuando en el capítulo 5 de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium -La alegría del Evangelio-, nos invitaba a todos a ser evangelizadores con espíritu. ¿Y en qué consiste evangelizadores con espíritu? Dice que evangelizadores con espíritu son aquellos que evangelizan orando y trabajando. Y de eso se trata ser cristianos bautizados: se trata de ser testigos de Cristo que oran y que trabajan, que no se» espiritualizan» desentendiéndose de la realidad cotidiana, pero que al mismo tiempo tampoco se comprometen con la realidad en un activismo desaforado sin dedicar tiempos a la oración y al encuentro personal con el Señor. Por eso entonces, también hoy, celebrando nuestro bautismo, tenemos que recordar nuestro enorme compromiso de ser testigos del Señor que oran y trabajan, como nos decía Francisco, en la realidad cotidiana.

No podemos apagar el Espíritu Santo que hemos recibido en nuestro bautismo porque justamente el bautismo nos introduce en la comunión con Cristo y nos da vida, nos da fuerza, para poder enfrentar la cultura de la muerte. Esa cultura de la muerte expresada en la indiferencia, en el egoísmo, en la violencia, en la búsqueda de una vida fácil, en la plaga del juego -a veces pensando en nuestros adolescentes-, en la exclusión, en la discriminación de unos con otros. ¡Cuánta cultura de la muerte que necesita, sí o sí, de estos cristianos, que habiendo sido bautizados en el Espíritu de Dios, tienen que seguir encendiendo el fuego del Espíritu en sus corazones con el compromiso!

Por eso, el Papa León XIV hace unos pocos días resaltaba la imagen, dentro de lo que es el bautismo, del signo de la vela encendida. Quienes han podido participar en un bautismo recordarán la importancia que tiene la vela encendida, que en general se le da a los padrinos, animándolos al compromiso de ser luz en la vida de su ahijado y sabiendo que esa vela encendida en el Cirio Pascual es un signo de Cristo Resucitado, del Señor al que tenemos que hacer presente: ser testigos de la luz en medio de las oscuridades. Si nosotros éramos un niño en el momento de nuestro bautismo, ese fue el compromiso que asumieron nuestros padres y padrinos. Y entonces la pregunta, ¿dónde quedó ese compromiso? ¿Somos realmente luz en medio de las oscuridades de la vida? ¿Somos testigos de Cristo resucitado en medio de las situaciones difíciles que nos tocan vivir? Y para esto, no desesperarnos, porque tampoco estamos solos, porque justamente también por el bautismo somos miembros plenos de la familia de Dios que es la Iglesia. No somos francotiradores, aislados, que tenemos que tratar de transformar el mundo solos, sino que al contrario, somos parte de la familia de Dios que es la Iglesia. Y ese enorme regalo también lo recibimos por el bautismo.

Por supuesto que el bautismo que recibimos no puede quedar en el recordatorio de una estampita, sino que al contrario, tenemos que alimentar nuestro vínculo con Cristo constantemente. Alimentar nuestro vínculo con Jesús en la Eucaristía, alimentar nuestro vínculo con Cristo en la Palabra de Dios, en la oración, en el encuentro con los hermanos en la comunidad, porque justamente por eso somos familia de Dios, somos Iglesia. Y también alimentar nuestro encuentro personal con Cristo en la caridad, con el rostro de nuestros hermanos más pobres. Es el único modo ese de que no seamos entonces cristianos por costumbre, cristianos por tradición, que llevemos la etiqueta de cristianos porque justamente el modo de evitarlo es alimentando nuestro encuentro personal con el Señor.

El profeta Isaías en la primera lectura nos da algunas pistas de cómo poder ser cristianos testigos del Señor, discípulos misioneros al modo de Jesús. Ya en el Antiguo Testamento, Isaías nos dice que el testigo del Señor es el que no grita, el que no levanta la voz, el que no rompe la caña quebrada, el que expone el derecho con fidelidad, el que no desfallece, el que no se desalienta. Creo que es importante tener en cuenta este modo tan lindo que nos habla el profeta Isaías de lo que justamente es el testigo del Señor. Ese es su servidor y nosotros al ser bautizados somos sumergidos en Cristo y por lo tanto tenemos que parecernos y tratar de ser otro Cristo en la realidad cotidiana, pero al modo del Señor, con ese trato tan delicado, con ese modo que nos propone hoy el profeta Isaías -lectura que propongo que puedan todos volver a leer-.

Voy terminando. Hacia el final del Evangelio, cuando Jesús sale de las aguas del Jordán, dice que se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido en quien tengo puesta toda mi predilección». Cuando nosotros fuimos bautizados, también Dios dijo: este es mi hijo muy querido. Él también tiene puesta toda su predilección en cada uno de nosotros. Por eso, queridos hermanos, animo enormemente en esta fiesta del bautismo a que podamos volver a tomar conciencia de lo que significa bautizarnos. Como dijimos, es el fundamento de toda vida cristiana. Es este sacramento que nuestro pueblo más sencillo valora tanto. Es la puerta de entrada a la Iglesia como familia de Dios. Es la posibilidad de empezar a caminar detrás de los pasos del Señor como discípulos misioneros, siendo testigos de Él frente a la cultura de la muerte, siendo luz del mundo porque hemos encendido aquella vela en el Cirio Pascual que representa a Cristo Resucitado.

Como dijimos, sumergirnos en Cristo: «matar al hombre viejo». El hombre viejo es aquel hombre de pecado que está en nosotros, que está siempre, de algún modo está latente. Justamente, sumergidos en Cristo, dar lugar al hombre nuevo, el hombre nuevo que quiere parecerse al Señor, al modo suave, delicado, cordial, de buen trato, como nos propone hoy Isaías. Y por supuesto, con ese modo que nos relata el profeta Isaías, escuchar hoy que desde el cielo el Señor nos dice «este es mi hijo muy querido en quien tengo puesta toda mi predilección».  Hay momentos difíciles en la vida en la que uno se siente que no sirve, uno se siente que nadie lo quiere, uno se siente absolutamente un anónimo. Qué lindo en esos días poder volver a sentir las palabras del Señor: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección».

Termino con un pequeño texto del Papa Francisco, de aquella exhortación Evangelii Gaudium, el número 120, para de otra manera volver a tomar conciencia la importancia del bautismo. No es un rito porque sí. No es una ocasión para después juntarnos y comer empanadas o un asado. Es algo muchísimo más importante. Es justamente, como dijimos, el fundamento de toda vida cristiana. Por eso el Papa decía: «En virtud del bautismo recibido, cada miembro del pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero. Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador. Y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús. Por eso somos discípulos misioneros. Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús salían a proclamarlo gozosos: «hemos encontrado al Mesías». La samaritana apenas salió de su diálogo con Jesús se convirtió en misionera y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer. También San Pablo a partir de su encuentro con Jesús enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios».  Y termina Francisco diciendo: «¿qué esperamos nosotros?».

¿Qué esperamos nosotros de esta fiesta del bautismo? Me gustaría dejarles la misma pregunta que nos dejó Francisco en aquel número 120 de Evangelii Gaudium. Si el bautismo es un sacramento tan importante, si nos sumerge en Cristo y tenemos que ser un hombre nuevo, si estamos a partir de ese momento llamados a ser testigos del Señor y evangelizadores con espíritu: ¿qué esperamos nosotros? ¿qué estamos esperando para verdaderamente vivir con compromiso el enorme y gran regalo que Dios nos hizo por el sacramento del bautismo? Amén.

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