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Homilía de Mons. Jorge García Cuerva en el 2° Domingo de Navidad

por Facundo Fernandez Buils

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 1-18

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
Él no era la luz,
sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar:
«Este es aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre.

Palabra del Señor.


Homilía de Mons. Jorge García Cuerva en el 2° Domingo de Navidad

En este segundo domingo después de Navidad, leemos este texto del Evangelio según San Juan. Este prólogo muy especial, este himno muy especial, que no es fácilmente entendible en una primera lectura, en la que nos afirma que «La Palabra se hizo carne». Y no es la palabra con minúscula, sino la Palabra con mayúscula porque se refiere a este Dios que no es mudo. Dios no es mudo, no permanece encerrado en su misterio, sino que se hace carne, se hace uno de nosotros. Dios nos habla y nos dice cuánto nos ama.

Pero no nos habla solamente con un discurso, no lo hace con conceptos o con ideas abstractas sino que lo hace encarnándose. Dios nos dice cuánto nos ama en Jesucristo para que todos podamos entenderlo. El amor de Dios no se queda en palabras con minúscula o en un discurso, sino que el amor de Dios se hace carne. Por eso la Palabra, el Verbo de Dios se encarna y entonces en Jesucristo podemos todos comprender de qué se trata el amor que Dios nos tiene.

Y podemos comprender de qué se trata, porque podemos hoy nuevamente volver nuestra imagen sobre el pesebre. Y al ver la imagen del pesebre, como decíamos en días anteriores, podemos darnos cuenta que allí falta de todo. Falta higiene, porque no es un lugar para tener un niño. Falta luz, porque se supone que nació en la oscuridad de la noche. Falta personal médico para poder atender a esa madre que estaba teniendo un hijo. Faltarán muchas cosas, pero lo que no falta en el pesebre es amor. El amor de un Dios que grita con ese nacimiento al mundo cuánto lo ama. El amor de María y el amor de José que -nos damos cuenta- dan la vida por ese niño y que lo cuidarán enormemente. Tan solo pensar el domingo pasado el día de la Sagrada Familia ¡cuánto fueron capaces de hacer María y José para defender la vida frágil, la vida de aquel niño!

«La Palabra se hizo carne». Dios, con gestos concretos, nos dice cuánto nos ama. Y no solamente dice que la Palabra se hizo carne, sino que dirá después, «y habitó entre nosotros», es decir, acampó entre nosotros. Así como Dios no es mudo, también hace desaparecer las distancias. Habita entre nosotros, está cerca, está cerca, tan cerca que está en ese niño del pesebre, tan cerca que estará en el pan consagrado, en la Eucaristía, en el pan de vida con que nos alimentamos dominicalmente o en cada Eucaristía. Tan cerca que está en nuestros hermanos que más sufren, en los más pobres. Acampó, habitó entre nosotros, acortó todas las distancias.

Más adelante, hacia el final del prólogo, dirá «a Dios nadie lo ha visto» y entonces podremos decir que Dios nos quedó muy lejos. Sin embargo, recuerdo la Bula de Convocación al año del Jubileo de la Misericordia en el 2015, donde el Papa Francisco decía que Jesús es el rostro de la misericordia de Dios. Por lo tanto, es verdad que a Dios no le hemos visto, pero si queremos conocer a Dios, hay que ir detrás de los pasos de Jesucristo. Él es el rostro de la misericordia de Dios. Si queremos saber del amor de Dios, tenemos que saber de cuánto nos ama Cristo, que es capaz de entregar la vida por amor a nosotros. Si queremos saber quiénes están privilegiadamente en el corazón de Dios, tenemos que ver lo que nos ha dicho tantas veces Jesús: «estuve preso y me visitaste, estuve enfermo y me viniste a ver, tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber. ¿Cuándo, Señor? Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo». Si queremos saber cuánto perdona, tendremos que escuchar las parábolas del Padre misericordioso abrazando y conmoviéndose con el regreso del hijo pródigo. O podremos escuchar al Señor desde la cruz cuando dice: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». O cuando le dice a la mujer adúltera a la que querían apedrear: «vete, no peques más en adelante». Es verdad, a Dios nadie lo ha visto, pero si lo queremos conocer, ni más ni menos, tenemos que seguir los pasos de Jesucristo. Él es el rostro de la misericordia de Dios. «La Palabra se hizo carne, habitó entre nosotros».

Y así como Juan nos dice que él no era la luz, sino que era testigo de la luz, creo que también tenemos un enorme compromiso nosotros de también ser nosotros testigos de la luz, ser testigos de esta Palabra que era la luz verdadera y que al venir a este mundo ilumina a todo hombre. Ser nosotros testigos de Cristo. Ser testigos de la luz que ilumina a todo hombre. ¡Cuántas oscuridades! ¡Cuántas noches viven tantos hermanos en la soledad, en la angustia, en la exclusión, en la pobreza! Y no solamente dejarnos una vez más conmover, una vez más renovarnos en la fe de que creemos que la Palabra se hizo carne y habita entre nosotros, sino este enorme compromiso. El compromiso de ser nosotros también, como Juan, testigos de la luz. Igual que Juan nosotros también, anunciar al mundo, no de palabra, no con discursos, sino al modo de Dios, haciendo carne en gestos concretos, haciendo carne de modo real el amor de Dios por cada uno de nosotros y por tantos hermanos que, como dije, viven en la oscuridad.

Este prólogo, como dije al comienzo, leído en una primera lectura, nos puede resultar difícil, nos puede resultar muy teórico, pero cuando empezamos a quedarnos centrados en cada una de sus frases, en cada una de sus oraciones, creo que realmente tiene mucho que ver con la vida concreta. Por eso quería hoy que podamos una vez más darle gracias a Dios que no permanece encerrado en su misterio sino que quiere comunicarnos su amor y entonces, como no es un Dios mudo, la Palabra se hizo carne. Darle gracias porque no es un Dios que nos demuestre cuánto nos ama con conceptos o con ideas abstractas, sino que se encarna en Cristo, lo que celebramos en la Navidad.

Es tiempo todavía de volver al pesebre, de volver al pesebre y poder conmovernos. El otro día escuchaba a una autoridad de un país europeo, Giorgia Meloni, que convocaba a los ciudadanos italianos a hacer la revolución del pesebre. Creo que de eso se trata, hacer la revolución del pesebre. Es volver a decir, es verdad que no le hemos visto a Dios, pero está tan cerca. Es verdad que Dios acampó entre nosotros, acortó tanto las distancias. Es verdad que nos ama tanto, que en el pesebre falta de todo, pero lo que nos falta es amor. Y entonces nosotros poder, como testigos de ese amor, en gestos concretos y no solo en palabras, transmitir la misericordia del Señor.

Termino con una poesía de José María Rodríguez Olaizola, este jesuita español, que se llama justamente «La Palabra»:
La Palabra se hizo carne para hablar en gestos y profetizar amores.
Se hizo frágil para romper certidumbres y derribar fortalezas.
Se hizo niño para crecer aprendiendo y enseñar viviendo.
Se hizo voz en el llanto de un crío y en las promesas de un hombre.
Se hizo brote en el suelo seco que apuntaba hacia la vida.
Se hizo amigo para anular soledades y trenzar afectos.
Se hizo de los nuestros para enseñarnos a ser de Dios.
Se hizo mortal y atravesando el tiempo nos volvió eternos.
Amén.

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