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Homilía de Mons. Pedro Cannavó en el II Domingo del Tiempo Ordinario

por Facundo Fernandez Buils

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije:
Después de mí viene un hombre que me precede,
porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo».
Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.


Homilía de Mons. Pedro Cannavó en el II Domingo del Tiempo Ordinario

En este evangelio tenemos en el centro a Juan el Bautista, a Juan el precursor. Un hombre humilde y sencillo, un hombre sacrificado. Un hombre que se fue al desierto para hacer una voz que grita, una voz que allana y prepara los caminos para el encuentro con Dios. Que invita a dejar los pecados de lado, que invita a poner la mirada en Dios y en su Reino. Un hombre sacrificado, un hombre entregado, un hombre totalmente profeta y testigo.

Un hombre que lo seguía muchísima gente, aunque estaba en el medio del desierto. Mucha gente salía de sus pueblos y sus ciudades para ser bautizados por él. Un hombre que era muy buscado, pero que a pesar de eso tenía claro que él no era el centro. Él no era el importante, sino el importante era aquel que en este evangelio señala: «Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Esa frase que decimos y repetimos poquito antes de acercarnos a la comunión, que la decimos cada uno de nosotros, pero que miles de generaciones lo dicen en el tiempo. Esas palabras que perduran, «Este es el cordero que quita el pecado del mundo». Es el mismo Cristo Jesús, es el Mesías, el hijo de Dios, el que da la vida por vos y por mí. Aquel que cargó sobre sí todas nuestras faltas y nuestras culpas. Aquel que espió todos nuestros pecados, de un Dios que nos ama tanto, que es capaz de dar la vida por cada uno de nosotros.

Muchas veces tenemos falsas imágenes de lo que es Dios. Pensamos en un Dios que es duro, que nos señala con el dedo el camino que tenemos que transitar o el que no tenemos que transitar. Pero la mirada de Dios es una mirada amorosa, la mirada de Dios es una mirada apreciativa que nos da fortaleza y nos invita a caminar por caminos nuevos.

Hoy, en este evangelio, Juan el Bautista nos muestra el camino. Y el camino es Cristo Jesús, es ser otros Cristos en medio del mundo. Jesús pasó haciendo el bien, Jesús pasó anunciando la Buena Nueva, el Reino, una mirada distinta. Una forma de vivir la religiosidad distinta a la que anunciaban en aquella época. De un Dios cercano, de un Dios que es Padre, de un Dios que ama, de un Dios que es perdón, de un Dios que es posibilidad. De un Dios que camina a nuestro lado en el camino de la vida, de un Dios que está al lado nuestro en las buenas y en las malas, y que es capaz de todo, por amor a cada uno de nosotros, sus hermanos.

Dice Juan el Bautista que Jesús es aquel sobre el que reposa el Espíritu Santo. El Espíritu Santo permanece en Cristo Jesús, es el hijo de Dios. También nosotros podemos decirlo desde nuestro propio bautismo, el Espíritu de Dios también reposa sobre nosotros. El Espíritu de Dios está en lo profundo de nuestros corazones y de nuestra vida. Y también nos señala a Cristo Jesús. Nos señala un camino para caminar.

También nosotros tenemos que ser gente del bien, gente del Espíritu, gente del amor y del perdón. También nosotros tenemos que cargar los dolores y las penas de nuestros hermanos, hacerle un poquito más fácil la vida al que tenemos al lado. También nosotros, al igual que Juan el Bautista, no tenemos que querer ser el centro de todo. ¿Cuántas veces nuestro egocentrismo nos lleva al error? Estar en el centro de la imagen, pero señalando a quien es verdaderamente importante. Señalando a Dios, señalando a nuestros seres queridos, a nuestras familias, señalando a aquellos que nos necesitan, a aquellos que no tienen a nadie y cayeron al borde del camino, a aquellos que Jesús levantó dándole su propia mano.

Hoy nos regala nuestras manos para que también sean manos que señalen un camino, pero que no señale los pecados. De unas manos que ayuden a levantarse a nuestros hermanos que están mal, unas manos que acarician, que perdonen, y unas manos que sepan unirse para rezar. Unas manos que sepan humildes y necesitadas, que sepan que sin Dios somos poco y nada, que nosotros solos hacemos más que ruido y nada más. Pero, en cambio, cuando llevamos a Dios, anunciamos realmente a aquel que libera. Pidámosle al Señor ser otros Cristos en medio del mundo. Que el Espíritu gobierne nuestras vidas, para que el Espíritu gobierne también toda nuestra tierra. Que así sea.

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