Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 12-17
Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías:
«¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,
camino del mar, país de la Transjordania,
Galilea de las naciones!
El pueblo que se hallaba en tinieblas
vio una gran luz;
sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte,
se levantó una luz».
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca».
Palabra del Señor.
Homilía Mons. Alejandro Giorgi III Domingo de Tiempo Ordinario
En este tercer domingo, durante el año, nos sobreviene esta celebración del Domingo de la Palabra, la Palabra de Dios. Es asombroso y es un asombro que es bueno renovarlo en cada momento: Dios me habló, Dios me habló a mí, Dios me habló al corazón, ¿no? Dios se fijó en mí.
Hay una canción muy linda que dice: “Porque tu corazón habló, Señor, el nuestro cantará”. Dios tiene una palabra para decirme a mí, y no en el pasado, no circunstancialmente, no cuando alguna situación especial lo requiere, sino que me está hablando siempre, y el gozo de Dios es hablar conmigo, como un padre goza hablando conmigo.
Recién venía en el transporte público, en el subte, y había un papá con dos de sus chiquitos, era hermoso eso, ¿no? El diálogo que había entre el papá y los chiquitos, un diálogo de confianza, de alegría, de libertad, de felicidad mutua, recíproca, ¿no? Un diálogo de mucha confianza, ¿No? Así Dios está hablando conmigo, y aunque a veces parezca que hace silencio, el silencio también es elocuente, el silencio de Dios también me dice algo, ¿No?
El silencio de Dios es un silencio fecundo, algo, un silencio que espera hasta que nosotros, en nuestro interior, podamos madurar una situación, algo que no entendemos, algo que no nos cierra, algo que pareciera ser absurdo. El silencio de Dios con mucha paciencia, ¡Qué paciencia nos tiene Dios! ¿No? Espera hasta que nosotros podamos entender, entrar en ese misterio.
Y un modo privilegiado que, sin duda tiene, para hablarnos es de la Palabra de Dios, de la biblia. Por eso el querido Papa Francisco siempre decía que había que tener el Evangelio de bolsillo, que había que tenerlo, las mujeres en su cartera, nosotros en el bolso, en el bolsillo. Muchos de nosotros, lo tenemos también en el celular, ahora que hay tantas aplicaciones de la Palabra de Dios, la Palabra de Dios es una compañía segura, ¿no?.
Nosotros muchas veces ahora, los que tenemos que ubicarnos, precisamente usamos el gps para saber dónde tenemos que ir y por dónde. Bueno, la Palabra de Dios es nuestro gps. Tal es así que si no la tenemos, si no tenemos el gps, nos perdemos. Y si no tenemos el gps de Dios, que es la palabra, que es la biblia, también podemos perdernos, ¿no? San Jerónimo que era el gran doctor y padre de la Iglesia, de la Biblia, de la Escritura, fue el que tradujo la vulgata. Decía que ignorar las Escrituras, ignorar la Palabra de Dios en la Biblia, es ignorar a Cristo.
Tener la Palabra de Dios a mano, tal vez en la mesita de luz también, es tenerlo a Jesús como un interlocutor a quien yo le puedo preguntar qué tengo que hacer. Y precisamente hoy vemos en el Evangelio que Jesús comienza la vida pública. El signo que Él recibe para empezar su vida pública, su ministerio, es cuando lo encarcelan a su primo Juan el Bautista.
Como diciendo, con Juan Bautista terminan el Antiguo Testamento, terminan las promesas, terminan las profecías y empieza el tiempo del cumplimiento, donde uno ve que Dios es fiel. Cosas que, como teníamos en la primera lectura de Isaías, habían sido anunciadas 700 años antes, ahora se cumplen.
Ese país de la oscuridad que recibe el brillo de la luz, precisamente somos nosotros que recibe la luz de Cristo, ¿no? Una luz brillante, una luz que realmente destella tanto. Los misterios de Dios son así, son incandescentes, como el sol. Los podemos ver directamente. Algo siempre se nos escapa porque el misterio nos abraza, ¿no? Nos abraza con Z y nos abraza con S también, nos quema, ¿No?
Hoy empieza Jesús a caminar, a recorrer, empieza a enseñarnos y empieza a sanar. Esas tres cosas dice el Evangelio de hoy. Recorre, enseña y sana. ¿Y por dónde empieza? Precisamente por esta oscuridad, los que vivían en las oscuras regiones de la muerte. Eso que había sido anunciado 700 años antes, los que habitaban en el país de la oscuridad, empieza por Galilea. Sale de Nazaret, al norte, y va hacia el lago Cafarnaúm, que será su gran centro misionero, y son las periferias. Por eso, cuando no sé si recordarán al principio del Evangelio de Juan, cuando uno de los futuros apóstoles, Natanael, Bartolomé, le dicen que el Mesías es Jesús de Nazaret, dice: “¿Y de Nazaret puede salir algo bueno?” La Galilea de los gentiles, las periferias.
Por ahí empieza Jesús, su ministerio público, diciendo fundamentalmente dos cosas. “El reino de Dios está cerca”. Llegó el reino de Dios. Dios llegó, podríamos decirlo, llega en el portal de Belén, pero se hace visible, manifiesto, cuando empieza su ministerio público. Dios está cerca. Dios vino para quedarse. Dios vino para hacer camino con nosotros. Vino para estar en las buenas y en las malas. Vino para mí, y para todo lo que me pasa a mí. Él sabe que yo lo necesito, y por eso vino. Y después dice, “Conviértanse”. Uno tal vez piensa que convertirse es hacer un buen propósito, por supuesto lo es, pero convertirse, dice, el padre Cantalamesa, que fue tantos años predicador de la Casa Pontificia del Papa, dice que “Convertirse primero y antes que nada es cambiar la imagen de Dios. Salir de la imagen de un Dios que pide, que manda o amenaza para volver a la imagen de un Dios que viene a nuestro encuentro para dársenos totalmente”. Y para eso hay que hacerse niño. Esa es la conversión. Eso lo dice el padre Cantalamesa. Y esa conversión para nosotros es un llamado.
Hoy Jesús nos quiere volver a llamar, nos llama, porque la Palabra de Dios es viva, actual, con nombre y apellido, es para hoy, para mí. Pronuncia mi nombre como pronunció el de Pedro, como pronunció el de Andrés, el de Santiago y Juan, es lo que hemos leído recién en el Evangelio, y nos vuelve a decir “Seguime”, con esa ternura, con esa confianza que tienen nosotros, seguime, movete, en el mejor sentido de la palabra, no te quedes quieto, salí de vos mismo, y andá hacia los demás y vení hacia mí, seguime, seguime porque ese es el modo de ser feliz, el modo de ser fecundo, el modo de ser cristiano. No te quedes quieto, no tengas miedo, tantas veces en la Biblia dice “No tengas miedo”, ¿Cuántas? 365 veces dice la Biblia no tengas miedo.
Bueno, hoy Jesús nos vuelve a insistir en eso, nos vuelve a llamar, vuelve a decir, bueno, en estos primeros, en estas primeras semanas de año, vamos, adelante, levantate, seguime, es la forma de ser feliz y de hacer felices a otros que es la mejor forma de la felicidad. Bueno, y también, por supuesto, le presentamos nuestras enfermedades y dolencias para que las cure. Que nuestras interrogantes, nuestras dudas, para que las sane, para que nos enseñe y para que siga diciéndonos, estoy cerca, soy el Hijo de Dios, estoy cerca, cree porque yo te quiero llevar al Cielo, que así sea.