Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 15-21
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque Yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él».
Palabra del Señor.
Homilía Mons. Alejandro Giorgi VI Domingo de Pascua
El cirio pascual, con su luz, la luz de Cristo resucitado, nos acompaña muy especialmente, nos acompaña durante todo el año. Por eso el cirio es tan grande, pero especialmente en estos 50 días en donde seguimos celebrando la alegría de la Pascua, la alegría de la resurrección no solamente de la resurrección de Jesús, que, por supuesto, es lo importante y lo fundamental, sino también la nuestra.
Nosotros, el día del bautismo, empezamos a ser resucitados. Tenemos gérmenes de resurrección en nuestro cuerpo, en nuestras venas, en nuestro espíritu, en nuestra mente, en nuestros sentimientos, en nuestro ADN, en nuestra vida, todo. Y, precisamente, nosotros en este momento estamos en el día 35 de esos 50, donde celebramos muy, muy particularmente la Pascua de Jesús y la nuestra.
Y en este VI Domingo de Pascua, Jesús nos nos pide, no sé si ustedes rescataron ahí en el acto penitencial, el Señor ten piedad, que dice “Jesús, que nos pedís, nos llamas a vivir como resucitados”. Es vivir con ese modo Jesús resucitado que tiene Él. Y, precisamente, si hay algo de Jesús resucitado que es lo característico es que Él está vivo. Él cruzó la muerte, nos rescató y volvió a la vida. Y Él, no solamente que vive, sino que es la vida para nosotros, es la vida en abundancia, una vida en abundancia que nos quiere compartir y participar.
El día de nuestro bautismo, precisamente, ocurrió algo que yo diría, algo revolucionario en nuestra vida, como lo fue la resurrección de Jesús. Pero eso, de algún modo, sucede en el día de nuestro bautismo. Por eso es tan importante saber el día del bautismo. Tanto como el día del cumpleaños. El día de nuestro bautismo empezó a habitar Dios en mi vida, en mi corazón, y nosotros empezamos a habitar en la Trinidad de Dios. No me pregunten demasiado más porque es un misterio tan importante que vivir en Dios, vivir desde Dios, vivir como Dios, por supuesto, nosotros tenemos el pecado, pero Él está lleno de misericordia para con nosotros, de modo tal que cada año que vamos celebrando la Pascua o la resurrección de Jesús, nosotros estamos llamados a vivir cada vez más fervorosamente como resucitados.
La oración que se llama `Oración colecta´ que hace el sacerdote al principio de la Misa dice que “Le pedimos a Dios vivir con intenso fervor”. Fervor habla de de ardor, habla de esperanza también, habla de luz. Nosotros, ustedes, cada uno de nosotros somos la luz del mundo, no solamente la luz de nuestra casa, de nuestra familia, de nuestra ciudad, de nuestro país, de nuestro continente, del mundo, somos la luz del mundo. Y una luz, como el mismo Jesús lo dice, está hecha para alumbrar.
Hoy nuestro mundo, nuestra humanidad, está en penumbra. No digamos en oscuridad, ¿Saben por qué? Porque me parece que a veces no logramos distinguir esas lucecitas tan brillantes, parece una contradicción, pero son lucecitas de los santos anónimos, de los santos de la vida cotidiana. Como decía el Papa Francisco, “De los santos de la puerta de al lado”. Hay mucha gente que hace el bien, hay mucha gente bondadosa, generosa, que vive como Cristo resucitado, vive con la esperanza de que hay un cielo nuevo, una tierra nueva que no se espera, y por eso es luz en lo cotidiano, tal vez en lo oculto, porque la santidad siempre es muy discreta.
Y, precisamente, nosotros estamos llamados cada año a sumergirnos más en la vida de Jesús resucitado para brillar más. No brillar para, para ser protagonista, sino brillar con la luz de Cristo, con esta luz que el cirio pascual, como la vemos, esa luz permanece, es una luz que se mueve, la vida es movimiento. Es una luz que tiene vida, y es una luz que da vida, que nos alumbra, que nos indica el camino, que realmente nos muestra, nos hace ver, nos hace ver a Jesús, nos hace ver a Dios en los acontecimientos del mundo. Por eso esta luz es tan fuerte. Y es una luz audaz también, porque está llamada, la luz nuestra, como resucitados, está llamada a ir a alumbrar a los rincones de la existencia humana de nuestra ciudad. Que a lo mejor están un poquitito más que en penumbras, están tal vez en noche, en oscuridad.
Y nosotros tenemos que ir hasta allí, a alumbrar. Por eso es tan importante, al vivir como resucitado, que tengamos una certeza que se haga experiencia. A ver, trato de explicar; Hoy Jesús nos dice, `Yo voy a pedir para ustedes otro Paráclito´. Paráclito se le llama el Espíritu Santo, pero ¿Qué quiere decir parácrito? Muchas veces se traduce como abogado, como defensor. Pero un profesor nuestro de Biblia en el seminario nos dijo la traducción correcta del griego, parácrito es aquel que es `Llamado´. Llamado, para que esté al lado. Como cuando uno tiene que enfrentarse a una situación difícil, al médico, a un examen, bueno, a ir a un trabajo, a presentarse en algún trabajo. Llama a alguno mientras está esperando y `Ponete al lado porque tengo miedo, tengo vergüenza, se me aflojan las piernas´. Vení, ponete al lado: Mamá, muchas veces es eso, papá, este, aunque estén en el cielo, los llamamos para que estén al lado, los Santos están al lado.
El Espíritu Santo es alguien que es llamado por Jesús para estar al lado nuestro. ¿Pero por qué dice otro paraclito? Porque el primer paraclito es Jesús.
Yo estaré con ustedes siempre, yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo. Tenemos dos paráclitos, alguien que se pone de un lado, alguien que se pone de otro. Yo siempre digo que atrás mío, en la espalda está San José, y delante, yo tomándome de la mano a la Virgen, ahí la tenemos a la Máter.
Estamos blindados por el amor de Dios. Y por eso, hoy Jesús nos dice: `Vivir como resucitados es vivir del Espíritu Santo´, Es vivir seguro, es vivir pasando la vida haciendo el bien como Jesús. Allí donde haya odio, amor, donde haya ofensa, ponga perdón, donde haya discordia, ponga unión, donde haya error, ponga verdad, donde haya duda, ponga fe, donde haya desesperación, esperanza, donde haya tristeza, alegría, donde haya tinieblas, ponga luz.
Y por eso el que vive así sabe que no es huérfano. Hoy Jesús nos dice algo que hay que gritar, hay que gritarlo, porque hay muchos, a ver, hay muchos que viven la orfandad, se sienten huérfanos. La soledad es un mal, es un bichito que carcome el corazón, la esperanza, la vida, la soledad. Y hoy Jesús nos dice para que gritemos: `Nadie está huérfano´. Ustedes no van a estar huérfanos. Yo estoy, les mando el Espíritu Santo, que es el amor. Nosotros amamos al estilo de Dios, nosotros amamos al modo de Jesús, con la cercanía, con la compasión y la ternura de Dios. Esas eran las tres características del estilo de Dios que nos decía también el papa Francisco.
Por eso, ese mandamiento revolucionario, que es el mandamiento nuevo, el que nos enseñó Jesús, `Ámense los unos a los otros como yo, -como Jesús- los he amado´. Eso es posible, eso es posible. ¿Por qué? Porque tenemos el Espíritu Santo, que es el amor de Dios, el amor de Tenemos el mismo Espíritu Santo que Jesús tuvo, el mismo Espíritu Santo que la Virgen, el mismo Espíritu Santo que los Santos, Ese que hizo santos a tantos hombres y mujeres de la historia, ese lo tenemos cada uno de nosotros, y por eso tenemos que alumbrar. Termino con esa frase de San Mateo, que muchas veces uno se pierde en el Evangelio del sermón del monte, y dice: ”Si la luz que hay en ti se apaga, se oscurece, ¿Cuánta oscuridad habrá? Pero vos sos luz. Brilla, alumbra, que el Señor te va a seguir alumbrando”, que así sea.