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Homilía Mons. García Cuerva – Domingo XIX Tiempo Ordinario

por prensa_admin

EVANGELIO

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo  (14, 22-33)

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».
Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».
«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.


Homilía Mons. Jorge García Cuerva – Domingo XIX Tiempo Ordinario. 13 de agosto de 2023 – Catedral Metropolitana

En primer lugar, agradecemos a la comunidad de la parroquia Nuestra Señora de Loreto, que nos acompaña hoy. A su párroco, al vicario, al padre Eugenio, al padre Gonzalo. Gracias.

El evangelio de hoy comienza diciendo que Jesús, después de la multiplicación de los panes, se queda rezando un rato muy largo porque incluso dice que al atardecer todavía estaba solo. Y pensaba entonces en esta primera acción del evangelio: orar, rezar.

¿Cómo habrá sido la oración de Jesús? Una oración, seguramente, de diálogo con el padre. Una oración en la que Jesús le habrá abierto el corazón a Dios y le habrá contado de todas las emociones que significó la multiplicación de los panes. La preocupación primera porque eran más de cinco mil y no había más que cinco panes y dos pescados. Le habrá contado del milagro que hizo Él, pero también le habrá contado en la oración del milagro que hizo la gente, que fue, ni más ni menos, que compartir.

Me imagino que también Dios habrá tenido su palabra para compartir con Jesús y habrán disfrutado de ese momento a solas. ¿Por qué detallo esta primera acción? Rezar, orar. Porque creo que en nuestro mundo tan alocado, con un ritmo tan agitado, es sano tomarnos a veces el tiempo para estar a solas con Dios. Pero para estar a solas con Dios no en un monólogo en el que hablamos, cantamos, leemos oraciones y Dios está como diciendo: «a ver cuando me dejas meter cuchara». Si no en un encuentro. Y en un encuentro como si fuese el encuentro con un amigo, uno sabe hablar, pero también sabe escuchar. Y rezar cada uno a su manera. Jesús ha tenido su modo, pero cada uno de nosotros puede tener el suyo y todos son válidos. Lo importante es saber que la oración es encuentro, que la oración es diálogo, que la oración es la posibilidad de abrir mi corazón y compartirle al Señor lo que me pasa. Y que, en el silencio, así como en la brisa de la primera lectura, está la voz del Señor.

Siempre cuento la experiencia cuando alguno de mis hermanos más chicos desarmaban un juguete y se lo llevaban a mi papá y le decían: «papá, ¿me lo armas?» y mi padre, con santa paciencia, les volvía a armar el juguete. Entiendo que el vínculo con Dios en la oración puede ser parecido. Llevarle al padre del cielo los pedazos de nuestra vida, los pedazos de nuestro corazón y decirle: «papá, ¿me lo armas?».

Les propongo que nos podamos tomar un tiempo, quizá en esta semana, para estar a solas con Dios, para descansar el corazón, en casa, en el colectivo, en algún templo; pero darnos la posibilidad de dialogar y encontrarnos con él. Llevarle los pedazos de nuestra vida y decirle: «papá, ¿me lo armas?».

La segunda acción: caminar sobre el agua. No es un detalle menor, porque el agua en aquella época significaba el mal. Había fantasías, en aquella época, de que en el fondo de los mares vivían monstruos que se tragaban a los barcos; porque había muchos naufragios. Y no era común que la gente supiese nadar, con lo cual también había mucha gente que se ahogaba. Y se creía, entonces, que las fuerzas del mal vivían en el agua. Cuando hoy Jesús camina sobre el agua, de algún modo está diciendo cuánto es su poder. Su poder sobre el mal. Y entonces podríamos pensar si realmente tenemos la fe de creer que nuestro Dios es un Dios poderoso. Un Dios que puede con las fuerzas del mal, que a veces en nuestro mundo parecen triunfar. A veces, las fuerzas del mal de la corrupción, del narcotráfico, de la venta de armas, la guerra… ¿Cuántas veces el poder del mal parece tan, pero tan gigante? que creemos que ya nadie lo puede vencer. Y hoy nuevamente el Señor nos invita a confiar en Él, y con el poder de Dios, camina sobre el agua.

Y el tercer verbo, la tercera acción: ver. Jesús camina sobre el agua. Jesús es el que muestra todo su poder. Y entonces, uno de los discípulos, Pedro le dice que quiere caminar en dirección a Jesús. Jesús lo invita, le dice: «ven» y dice que Pedro empieza a caminar sobre el agua, pero en un momento comienza a hundirse, cuando ve la violencia del viento.

¿Dónde tenía puesta su mirada Pedro? La tenía puesta en la tormenta. La tenía puesta en el viento y entonces se comienza a hundir. Su mirada no estaba en Jesús.

Estamos hoy viviendo un domingo de elecciones. Podríamos preguntarnos si, igual que esa barca, nuestro país también está viviendo en la tormenta. Si, igual que esa barca, nuestro país también está sacudido por las olas y estamos todos llenos de temor, como aquellos discípulos. Pero también podríamos pensar si es que no nos estamos hundiendo porque no estamos teniendo la mirada donde la tenemos que tener. Pedro puso su mirada en la tormenta y entonces se comenzó a hundir. ¿Será que nosotros no tenemos puesta la mirada en los más pobres? ¿Será que nosotros no tenemos puesta la mirada en la educación, como instrumento que nos puede sacar de la pobreza más dura? ¿Será que nosotros no tenemos puesta la mirada en el trabajo como gran ordenador social? ¿Será que tenemos puesta la mirada en las luchas mezquinas de poder? ¿Será que tenemos puesta la mirada en la corrupción? ¿Será que tenemos puesta la mirada en la grieta y entonces creemos que el otro siempre es mi enemigo, porque piensa distinto? y por eso nos seguimos hundiendo.

Quisiera hoy, entonces, pedir por nuestra Argentina. Orar, la primera acción. Recemos mucho por nuestro país. La segunda: caminar sobre el agua. Volver a renovar nuestra fe en el Dios de la vida, en el Dios todopoderoso, que puede contra todo forma y fuerza del mal, aunque no parezca. Y ver, que nuestra mirada no esté puesta en otra cosa que no sea en los más pobres, en la fraternidad, en la solidaridad, en la educación y en el trabajo. Quizá así, poniendo nuestra mirada y atención donde corresponde, igual que en aquel evangelio, el viento se calme y lleguemos a la otra orilla.

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