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Homilía Mons. García Cuerva XVI Domingo de Tiempo Ordinario

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     10, 38-42

    Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

    Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude».

    Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada».

Palabra del Señor.


Homilía Mons. García Cuerva XVI Domingo de Tiempo Ordinario 

La palabra hospitalidad significa “Buena acogida y recibimiento de los visitantes”. Y creo que hoy Abraham en la primera lectura del Libro del Génesis, pero también Marta y María, nos muestran gestos de buena acogida. Gestos de un lindo recibimiento de quienes los visitan. 

En la primera lectura, estos tres personajes que visitan a Abraham que representan al mismo Dios nos dan a entender que son bien recibidos por Abraham porque dice la lectura que él corrió a su encuentro. Nos dice que se inclinó hasta el suelo como gesto de respeto, que les ofreció agua, que les ofreció lavarse y descansar, que les ofreció comer. Incluso, llega a decirles “Si quieres hacerme el favor”. Parecería que la hospitalidad de Abraham hacia estos visitantes le hacen bien a él y por eso dice: “Si quieres hacerme el favor”. 

Por otro lado, nos dice también el Evangelio que Marta lo recibió en su casa, que ella estaba ocupada con los quehaceres de la casa, es decir, tratando de ordenar todo para que Jesús se sienta cómodo. Una buena acogida y un buen recibimiento para los visitantes tanto en la primera lectura con Abraham que es hospitalario, como con Marta y María que también reciben a Jesús como huésped. 

Y la pregunta que nos podría quedar, de esta primera parte de la reflexión, es si nuestras comunidades son también hospitalarias. Si en nuestras comunidades parroquiales, en nuestras capillas, en nuestros centros misionales, incluso, en nuestros grupos, tenemos una buena acogida y recibimiento de quienes llegan. ¿Cómo se sienten quienes llegan? ¿Se sienten bien recibidos? ¿Se sienten bien acogidos frente a ese drama que vivimos, muchas veces, en las grandes ciudades que es la soledad? ¿Pueden en nuestras comunidades sentirse bien recibidos como se habrán sentido estos visitantes de Abraham o el mismo Jesús en la casa de Marta y María? 

Y me permito, entonces, compartir con ustedes un texto del Papa Francisco en julio del año 2015 en Paraguay. Permítanme leerlo si bien es un poquito extenso, pero allí nos habla de la hospitalidad que tenemos que tener todas las comunidades. Y nos dice así: 

“La Iglesia es madre de corazón abierto que sabe acoger, recibir, especialmente a quien tiene necesidad de mayor cuidado, que está en mayor dificultad. La Iglesia, como la quería Jesús, es la casa de la hospitalidad. Y cuánto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad, este lenguaje de recibir, de acoger. Cuántas heridas, cuánta desesperanza se puede curar en un hogar donde uno se pueda sentir recibido. Para eso hay que tener las puertas abiertas, sobre todo las puertas del corazón.”

“Hay algo que es cierto” continúa diciendo Francisco “no podemos obligar a nadie a recibirnos, a hospedarnos; es cierto y es parte de nuestra pobreza y de nuestra libertad. Pero también es cierto que nadie puede obligarnos a no ser acogedores, hospederos de la vida de nuestro Pueblo. Nadie puede pedirnos que no recibamos y abracemos la vida de nuestros hermanos, especialmente la vida de los que han perdido la esperanza y el gusto por vivir. Qué lindo es imaginarnos nuestras parroquias, comunidades, capillas, donde están los cristianos, no con las puertas cerradas sino como verdaderos centros de encuentro entre nosotros y con Dios. Como lugares de hospitalidad y de acogida”.

Y termina diciendo el Papa: “La Iglesia es madre, como María. En ella tenemos un modelo. Alojar como María, que no dominó ni se adueñó de la Palabra de Dios sino que, por el contrario, la hospedó, la gestó, y la entregó. Alojar como la tierra, que no domina la semilla, sino que la recibe, la nutre y la germina”. Ojalá seamos comunidades hospitalarias. 

En segundo lugar, en la reflexión de hoy, pensaba que Jesús no critica a María por lo que hace. No es que Jesús critique que María limpie y ordene la casa. Perdón a Marta, no la está criticando sino lo que critica es el modo en que Marta está haciendo su trabajo. El trabajo parecería que a Marta la hizo protestona, la hizo quejosa, la hizo irascible, la hizo demandante. Por eso dice Marta: “¿No te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. 

Las palabras de Marta son palabras de reproche, de queja, de reclamo. A veces mucho trabajo nos hace también irascibles, nos hace quejosos, nos hace protestones. Hoy creo que Jesús, por eso digo, no critica a Marta por lo que hace sino por el modo. Parecería que el trabajo la terminó agobiando. 

Nuestras comunidades y nosotros mismos cada uno sé que muchas veces trabajamos y hacemos cosas por los demás. A veces, en las comunidades tratamos de responder a todos. A la gente que está en la calle, a la gente que viene a los comedores, a los enfermos. Y, a veces, tanto trabajo frente a la demanda también, igual que a Marta, nos hace irascibles, protestones, quejosos, agotados. ¿Cómo quedamos después de realizar nuestras tareas pastorales? ¿Qué nos pasa después? ¿Cómo podemos cuidar a los que cuidan? ¿Cómo podemos cuidar a tanta gente de nuestras comunidades que dedican su vida a los demás y que, quizá, como Marta después de hacer tanto, terminamos cansados demandando, como ella, que hoy dice `No te importa que mi hermana me deje sola con tanto trabajo? Dile que me ayude´.

Parecería que Marta no da más. Está agotada. Su trabajo era bueno pero la terminó haciendo quejosa, protestona. Por eso Jesús lo que va a marcar a Marta no es lo que hace, sino el modo y cómo queda. ¿Cómo quedamos en las comunidades después de tanto trabajo o la demanda que recibimos?

Y por último, pensaba que Dios no solamente nos está diciendo con la lectura que seamos comunidades acogedoras y hospitalarias. No solamente nos está diciendo con el modelo de Marta que está muy bien trabajar pero tampoco agotarnos y entonces transformarnos en personas que reclamamos todo el tiempo. Sino que también Dios quiere alojarse en nuestra casa. El Señor quiere alojarse en nuestra propia vida. No lo dejemos pasar de largo, dejémoslo entrar. 

Marta es el símbolo de que al entrar en nuestra vida, por supuesto que hay cosas que hay que hacer. Imaginar que hay que barrer rencores, hay que ordenar el corazón, hay que ordenar la vida, hay que limpiar de odios y de egoísmos nuestra vida, como lo hizo Marta. Pero al mismo tiempo, también al modo de María, no nos obsesionemos con el orden en la vida. No nos obsesionemos con tener el corazón totalmente limpio para poder dejar entrar a Jesús. 

Dejalo entrar a Jesús así como esté tu vida. Déjalo entrar a Jesús así como sientas que está tu corazón. Está muy bien, a partir del encuentro con el Señor, limpiar rencores, limpiar broncas, ordenar un poco nuestra vida. Pero por favor, no lo dejes pasar de largo. Dejalo entrar al modo de María, que se sienta a sus pies y lo escucha. 

Y por otro lado, también pensaba que dejemos entrar al Señor, porque el Señor, como nos decía también Francisco, es el Dios de las sorpresas. Hoy, estos visitantes misteriosos que visitan a Abraham dice que le van a anunciar que será padre. Será padre de Isaac. Una sorpresa enorme para ese matrimonio anciano de Abraham y su esposa Rebeca. Qué interesante entonces, perdón, y su esposa Sara. 

Qué interesante entonces dejarnos sorprender por Dios nosotros también. Dicen que la visita fue a la hora de más calor. A la hora de más calor, es decir, a la siesta. A la siesta, en el horario que parece que no pasa nada. Sin embargo, esta hermosa sorpresa para Sara y para Abraham. Serán padres. Dios también en tu vida, en quizá el momento en el que crees que ya no pasa nada. Cuando creas que ya está todo terminado, quizá el Señor tenga una sorpresa. Déjalo entrar a tu vida. 

Por último, y como reflexión final, quería imaginarnos a nuestra patria quería imaginarnos a nuestra patria como también un hogar, como una casa. Que ojalá que como argentinos, como familia argentina, lo dejemos entrar a Jesús. Así como está nuestro país, con las cosas que hay que ordenar y que tenemos que aprolijar. Pero dejémoslo entrar. Recibamos su mensaje y entonces, a partir de recibir su mensaje y escucharlo con atención, como lo ha hecho María, ponerlo en práctica. Fundamentalmente, el mandamiento del amor a partir de reconocernos hermanos y vivir la fraternidad que tanto anhelamos. Amén.

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