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Homilía Mons. García Cuerva XXV Domingo de Tiempo Ordinario

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     16, 10-13

    Jesús decía a sus discípulos:

    «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

    Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero».

Palabra del Señor.


La primera lectura de hoy nos habla del profeta Amós. El profeta Amós era un campesino, un profeta que predicó en el norte de Israel en el siglo VIII a.C. durante el reinado de Jeroboam II. ¿Por qué digo esto? Porque es también importante ver cuál era el contexto en el cual Amós, como profeta, es elegido por Dios. 

Estamos hablando de 800 años antes de Cristo. Estamos hablando de una época de mucha paz, porque justamente en ese momento no había amenaza de la invasión de pueblos poderosos sobre Israel. Y al mismo tiempo, un tiempo en que había un crecimiento económico, pero un crecimiento económico que solamente había beneficiado a algunos, a los sectores más pudientes. Y por lo tanto, el profeta alerta sobre esto, alerta sobre toda esta situación, como tantas veces lo ha hecho también el Papa Francisco, cuando nos hablaba al mundo de esa economía sin rostro humano. Cuando nos hablaba de idolatrar el dinero y que teníamos que tener cuidado con ello, cuando nos hablaba de todas estas cuestiones ligadas a la necesidad de terminar con la cultura del descarte, porque sentíamos que había un montón de hermanos que eran descartables, desechables. 

Y entonces, aunque los números parecen que cerraban durante la época de Amós y el rey Jeroboam II, parece que no llegaba a los sectores más pobres. Y por eso, entonces, Amós tiene algunas afirmaciones fuertes y contundentes, que creo que al mismo tiempo pueden ser muy actuales. Por ejemplo, dice: “Escuchen ustedes los que pisotean al indigente para hacer desaparecer a los pobres del país”. Justamente, Amós nos habla de esta economía sin rostro. Amós nos habla de una economía de exclusión. Amós nos habla de una economía que aparentemente beneficia sólo a algunos y entonces alerta sobre eso. 

Continúa diciendo después e interpretando el pensamiento de estos que pisotean a los indigentes, que ellos dicen, “Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio y falsearemos las balanzas para defraudar”. De algún modo, lo que está denunciando Amós es la estafa, está denunciando las especulaciones versus la producción. Está justamente denunciando cómo, para aumentar las ganancias de algunos, se perjudica a muchos. 

Continúa Amós diciendo: “Compraremos a los débiles con dinero y al indigente por un par de sandalias”. Y me hace acordar a cuando se compra la voluntad de los más pobres con una bolsa de mercadería o con chapas, teniendo a los más pobres como si fueran rehenes. Comprando voluntades, porque finalmente los pobres no son un sujeto protagonista de su historia, sino que son utilizados como si fueran un objeto. Y entonces, se juega con la necesidad de la gente y se hace negocio con ellos. 

Cada una de las afirmaciones contundentes del profeta Amós, de la primera lectura de hoy, creo que son muy actuales. Que podríamos decir, Amós le habló a una realidad de 800 años antes de Cristo. Sin embargo, creo que también nos está hablando hoy a nosotros, en este 2025. ¿Por qué? Porque la Palabra de Dios es palabra viva. Y entonces también a nosotros nos interpela y denuncia una economía sin rostro y una economía de exclusión, cuando se pisotea al indigente, o se hace desaparecer a los más pobres.

También nos cuestiona a nosotros cuando Amós habla de que se aumentarán los precios o se falseara la balanza para defraudar, porque está hablando de lo que son las estafas y las especulaciones en la realidad de hoy. Y cuando habla de que comprarán a los débiles con dinero o al indigente con un par de sandalias, ¿Cómo no pensar en la política más baja que, desgraciadamente, se ha vivido en nuestro país durante tanto tiempo? Y que tiene que ver con esto de jugar con la necesidad de nuestra gente y hacer los rehenes de unos pocos que se benefician a costa de los que sufren.

Vale la pena volver a leer la lectura. Vale la pena volver a escuchar a Amos, que así como le habló al reino del norte de Israel en el año 800 antes de Cristo, al rey Jeroboam, hoy nos habla a nosotros ¡Cuánto tenemos todavía que cambiar!

Y el Evangelio, que también va en la misma idea, plantea dos ideas muy fuertes, Jesús, cuando dice: “El que es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco también es deshonesto en lo mucho”. Y aquí Jesús está hablando claramente de la corrupción. Y es verdad, que hay una corrupción a nivel macro cuando hablamos en términos más de una clase dirigente, o hablamos de casos más resonantes, pero también tenemos que pensar en la corrupción en lo cotidiano. Esto que nos dice “El que es deshonesto en lo poco lo será en lo mucho”. Quizá no somos corruptos en lo mucho porque no hemos tenido mucho dinero, pero a veces hemos tenido actitudes que son absolutamente deshonestas.

Recuerdo la época en la que había unas monedas de cincuenta centavos que eran falsas. Y era muy raro encontrarse con gente que las tiraba a la basura. En general, lo que encontrábamos era gente que trataba de hacerla pasar entre otras tantas en algún negocio. ¿Cuántas veces hacemos ese tipo de pequeñas cosas que también muestran que, a veces, la deshonestidad está dentro nuestro? 

El papa Benedicto XVI planteaba que: “La esclavitud al dinero y la injusticia, tienen su origen en el corazón de los hombres”. Por eso está en el corazón de los hombres a veces esta deshonestidad, esta corrupción. Qué insisto, algunos, porque tuvieron mucho más bien, tuvieron oportunidad de ser corruptos en gran escala, pero a veces las pequeñas cosas de todos los días también tenemos que replantearnos nuestra propia deshonestidad. 

Y por otro lado, la segunda afirmación contundente del Evangelio de hoy es: “No se puede servir a Dios y al dinero, no se puede servir a dos señores”. San Ambrosio, respecto a esta lectura, dice que en realidad hay un solo señor: el Señor Jesucristo lógicamente, y que el otro no es un señor, el otro solamente se impone por el yugo de la esclavitud, porque justamente se refiere a la esclavitud del dinero. 

No vamos a predicar en contra del dinero, porque al contrario, lo necesitamos. Lo necesitamos para tener una educación de calidad, lo necesitamos para que nuestros abuelos tengan una buena jubilación, necesitamos el dinero para la evangelización, necesitamos el dinero para vivir. Y porque creemos y soñamos con una vida digna para todos. La idea es que todos vivan bien, no que todos vivan mal y sin dinero. Pero al mismo tiempo, nos tenemos que plantear ¿Cuál es el lugar que le damos al dinero?

De esto ya hemos conversado algunas veces, y en realidad el problema es cuando el dinero pasa a ser o a tener lugar de Dios. Cuando el dinero pasa a ser el motivo de nuestra existencia. Cuando creemos que nos resuelve todos los problemas, olvidándonos, por ejemplo, que en la pandemia las cosas más importantes experimentamos que no tenían precio: el abrazo, la posibilidad de despedir a un ser querido, lo que significaba la familia, lo que significan los amigos, lo que significa el amor, ¿Dónde se compran? Bueno, efectivamente, creo que hay momentos de la vida en los que aprendemos que el dinero no es lo más importante. Sin embargo, parece que eso lo olvidamos pronto, y después vivimos en una carrera desenfrenada en contra de esos valores y a favor de este dinero o lo ponemos como si fuera un Dios. 

Tenemos que vivir y aprender a seguir viviendo con austeridad, con sencillez, pudiendo darle lugar el dinero que le corresponde, y no más que eso. Pudiendo volver a incentivar una y mil veces, lo que significa la solidaridad, lo que significa el compromiso, y haciendo llegar el evangelio al bolsillo. Ese es otro enorme desafío que tenemos, poder hacer llegar el evangelio al bolsillo. 

Frente a todo esto, frente a esta economía de exclusión, frente a esta economía sin rostro, frente a esta corrupción que a veces vivimos en pequeña o en gran escala, frente a este endiosamiento del dinero, podemos percibir que nada se puede, que está todo perdido. Y eso tenemos que tenerlo muy en cuenta para advertirnos de lo que el papa León XIV dice que es “La globalización de la impotencia”. El creer que ya nada podemos hacer y que hemos perdido. Y que Dios ya no tiene lugar en nuestra sociedad y que ese lugar lo ocupa el dinero.

Y que los honestos son muy pocos y que ganaron los corruptos. Y que nunca vamos a poder tener una vida digna y justa para todos, y que ganó esta economía sin rostro, esta economía tan cruel que deja fuera tantos hermanos. Por eso, creo que tenemos que advertirnos de esta globalización de la impotencia de la que nos hablaba el Papa León XIV, y volver a pedirle a Dios el don de la esperanza. 

En este jubileo, el don de la esperanza de que creemos que se puede vivir mejor y que todos nos lo merecemos en nuestra sociedad. Por eso, en la segunda lectura, el apóstol Pablo dice que hay que rezar, rezar por las autoridades, rezar por los soberanos. Yo les propongo que recemos por nuestro pueblo argentino, por todos, porque acá no es cuestión de buscar responsables, sino de buscar soluciones. Que podamos rezar por nuestro pueblo, rezar por nuestro país, y seguir creyendo que esa vida digna y una sociedad de hermanos es posible. Amén.

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