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Homilía Mons. García Cuerva – Domingo XXII Tiempo Ordinario

por prensa_admin

EVANGELIO

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (16, 21-27)

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Palabra del Señor.


Homilía Mons. Jorge García Cuerva – Domingo XXII Tiempo Ordinario. 03 de septiembre de 2023 – Catedral Metropolitana

Si recordamos el Evangelio del domingo pasado, cuando Jesús pregunta quién es Él. Les pregunta a sus discípulos: “¿quién dicen ustedes que soy yo?”. Pedro responde con precisión, Pedro responde correctamente y dice: “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Podríamos decir que el domingo pasado Pedro se sacó un excelente 10. ¡Felicitaciones Pedro, sabes quién es Jesús! Y por eso nos desconcierta un poco lo que sucede en el Evangelio de este domingo, porque en este domingo, Pedro, podríamos decir que es aplazado. Hoy Pedro se saca un cero.

Cuando Jesús anuncia qué tipo de Mesías es Él, no es un Mesías exitoso, no es como un general de ejércitos de aquella época, ni como el emperador romano. No va a ser un líder triunfador, sino que anuncia que tiene que sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, que va a ser condenado a muerte y que resucitará el tercer día.

Pedro no entiende esta dinámica de Dios. Pedro no entiende que Jesús pueda ser un Mesías, Hijo de Dios vivo y que habla al mismo tiempo de que va a ser condenado injustamente, que va a sufrir y que va a morir en la cruz. Y por eso, Pedro se trata de interponer entre el plan de Dios y lo que acaba de decir Jesús. Y por eso dice: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”.

Y allí Jesús, dándose vuelta, le llega a decir: “retírate, ve detrás de mí, Satanás”. Vos, Pedro, en este momento sos un obstáculo para mí. Tus pensamientos no son los de Dios. El Pedro que la semana pasada se sacó un excelente 10 y que parecía el mejor apóstol, hoy queda absolutamente desubicado. Hoy se saca un aplazo.

¿Por qué quiero primero resaltar esto? Porque lo que no podemos negar es de la buena voluntad de Pedro. Pedro intenta ser un discípulo de Jesús. Pedro es este hombre que era un pescador, un pescador rudo, que en algún momento se encuentra con Jesús a orillas del mar de Galilea y Jesús mira el corazón de Pedro. Y mirando el corazón de Pedro le dice: “ven conmigo, te voy a ser pescador de hombres”. Pedro, sabiendo de su fragilidad en aquella escena del Evangelio, le dirá: “aléjate de mí que soy un pecador”. Pero apuesta a este amor, apuesta a este llamado de Jesús y lo sigue.

Evidentemente, el domingo pasado Pedro se habrá sentido un poco agrandado. Había dado la respuesta precisa sobre quién era Jesús. Hoy queda absolutamente desubicado. Ahora es el mismo Pedro, es el mismo discípulo. Lo que sí, en todo momento, tanto en el Evangelio del domingo pasado como hoy, Pedro tiene un poco lo que dice la primera lectura hoy del libro de Jeremías. En mi corazón hay como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos. Me esforzaba por contenerlo, pero no podía. En el corazón de Pedro hay un fuego abrasador. Pedro es un apasionado por la vida. Pedro es un apasionado por el proyecto de Jesús. Pedro es un apasionado por seguirlo al Maestro y por eso se equivoca. Por eso el domingo pasado tiene esta genialidad de decir quién es Jesús. Pero también por eso, por hablar, por dar su opinión, hoy por amor a Jesús quiere defenderlo. No quiere que Jesús sufra en la cruz y por eso no entiende el proyecto de tener que pasar por la cruz e intenta interponerse.

¿Por qué quiero resaltar esto? Porque cada uno de nosotros también somos discípulos del Señor. Cada uno de nosotros también queremos seguirlo a Jesús. Quienes hoy nos siguen por los medios de comunicación, quienes están aquí presentes, todos tenemos fe y decimos: “Jesús es mi Maestro, yo lo sigo al Señor”. El tema es aceptar que somos frágiles y aceptar que hay momentos en que le somos fieles a Jesús, pero también aceptar que hay momentos que somos absolutamente débiles.

Creo que tenemos que aprender a veces a reconciliarnos con nosotros mismos, aceptar de nosotros las virtudes, pero también aceptar a veces nuestros pecados, aceptar de nosotros nuestra propia vulnerabilidad.

A veces nos han insistido mucho con amar al prójimo y está muy bien, lógicamente, pero hay que también pensar que tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos. ¿Cuánta gente no se quiere a sí misma? ¿Cuánto de los que quizá en este momento nos están viendo por la televisión o escuchando en la radio les cuesta aceptarse? No se quieren y por eso tu vida es casi un maltrato constante hacia vos mismo. ¿Cuántas veces las adicciones están ligadas a no amarse a uno mismo, no aceptarse? ¿Cuántas veces no me perdono lo que hice en mi vida y cargo una pesada cruz de culpa?

Por eso me gustaría que hoy pudiésemos tratar de mirarnos como nos mira Dios. Dios nos mira con mucho amor, Dios mira nuestro corazón y lo que quiere es que tengamos un corazón apasionado como el de Pedro, un corazón que tenga como un fuego abrazador, un corazón que ame la vida más allá de las dificultades, un corazón que le dé fuerza a la vida para levantarse todos los días y seguir adelante. Pero, un corazón también que, reconociendo los momentos de virtud, de los momentos en que hacemos las cosas bien como el Pedro de la semana pasada, también seamos capaces de aceptar de nosotros nuestra fragilidad, nuestra debilidad. Somos una cosa y la otra, pero Dios nos mira con amor.

Cuando Jesús hoy dice que tenemos que cargar nuestra propia cruz, quizá la cruz sea aceptar cómo somos, aceptar que a veces queremos ser más tolerantes y no nos sale, aceptar que a veces queremos ser más buenos y no nos sale. Aceptar que a veces queremos ser más solidarios y sigue saliendo de nosotros el egoísta, aceptar que a veces queremos pensar bien de los demás y sin embargo seguimos desconfiando de todo el mundo. Hay como una lucha a veces interior, es la misma lucha que tuvo Pedro, también lo veremos más adelante cuando lo va a negar a Jesús y sin embargo después le va a decir tres veces que lo ama.

Aprendamos a amarnos a nosotros mismos, aprendamos a cargar nuestras propias cruces, aprendamos a mirarnos a nosotros con los ojos de Dios. Dios mira el corazón, Dios hoy quiere resaltar que tengamos un corazón que parezca un fuego abrazador.

Estamos hoy acompañados por los seminaristas de nuestro seminario, seguramente ellos también han escuchado la voz de Dios que los invitaba a ser pescador de hombres. Seguramente ellos tendrán un montón de virtudes y también tendrán sus defectos, pero lo que tienen hoy es un corazón apasionado que lo quiere seguir a Jesús. Y por eso en este mundo, en este mundo complicado, en este mundo de violencia y devastación, como también nos dice la primera lectura, ellos le dicen sí a Jesús con sus virtudes y sus defectos, como Pedro.

Ojalá todos en la vida aprendiéndonos a amarnos a nosotros mismos y a cargar nuestras propias cruces y nuestras propias debilidades.

Hoy una vez más desde el lugar donde estés, desde la cama del enfermo, desde tu casa tomando mate, desde la cárcel, desde las redes sociales o desde la radio, con toda tu vida, con lo bueno y con lo malo, hoy le digamos a Jesús sí señor, acá estoy, acá estoy y te sigo.

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