Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 13, 1-9
Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.
Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!»
Palabra del Señor.
Homilía Mons. García Cuerva XV Domingo de Tiempo Ordinario
El Evangelio nos relata al comienzo que Jesús salió de la casa y que una gran multitud se reunió junto a Él, de tal manera que tuvo que subir una barca para alejarse un poquito de la costa, y entonces la gente escucharlo un poco mejor. Y la pregunta que nos podemos hacer una vez más es, ¿por qué la gente lo seguía a Jesús? Y, sin lugar a dudas, mucho tiene que ver el modo de Jesús de hablar, de transmitir el mensaje del reino de Dios. Jesús habla al corazón, habla al corazón de esta gente a la que sabemos que ya el domingo pasado la convocó diciendo, “Vengan a mí los que se sientan afligidos y agobiados”. Y entonces muchos de los que se acercan al Señor están afligidos y agobiados.
Muchos de los que hoy están acompañándonos en la celebración de esta Eucaristía a través de los medios de comunicación también, se sentirán afligidos, agobiados. Pero al mismo tiempo, Jesús también nos dice cosas profundas, cosas muy importantes, pero lo hace con un lenguaje muy sencillo. Jesús habla en fácil, justamente, como nos dice hoy el Evangelio, les habló extensamente por medio de parábolas.
Las parábolas son estas historias con un ejemplo sencillo, con un lenguaje fácil, de cosas que la gente conoce, como en este caso hoy sembrador, semillas, tierra, y que Jesús aprovecha esas imágenes para hablarnos de cosas mucho más profundas. Me gusta siempre esa frase que dice que “hablar en fácil es difícil”. Es que, justamente, el querer decir cosas profundas con un lenguaje sencillo merece mucha dedicación, merece buscar ejemplos concretos, merece escuchar ¿Cuál es el lenguaje de nuestra gente? Y hacer comprensivo el mensaje.
En primer lugar, entonces, darle gracias a Jesús, porque una vez más nos habla al corazón, y lo hace con un lenguaje sencillo. Lo hace explicándoles cosas muy profundas e importantes por medio de parábolas. Ojalá todos nosotros, discípulos misioneros de Jesús, no solamente los catequistas, no solamente los sacerdotes, todos, a la hora de hablar del Evangelio, a la hora de transmitir la buena noticia de Jesús, podamos hacerlo con un lenguaje sencillo, sabiendo que estamos compartiendo un mensaje al mismo tiempo muy profundo y muy importante.
El sembrador. El sembrador sale y siembra, nos dice la parábola. Esta parábola es la que el papa Francisco alguna vez definió como “La madre de todas las parábolas”. Y siembra, y siembra en distintos terrenos, y entonces la primera pregunta que le podemos hacer al sembrador es: ¿Por qué? Si vos, sembrador, tenés el oficio, sabés que la semilla seguramente solo va a crecer en tierra fértil. ¿Por qué sembras también al borde del camino, entre espinas o en terreno pedregoso?
Y me parece que lo primero que tenemos que pensar es que el sembrador es el mismo Dios. Dios que siembra en nuestros corazones, Dios que nos demuestra con esta generosidad de la siembra cuánto es su amor, su amor absolutamente incondicional. El amor de Dios es incondicional, Dios cree en nosotros, y por eso su siembra es absolutamente generosa y es en todos los terrenos.
Como hoy, la palabra de Dios, que quiere llegar a todos nuestros corazones, no está primero midiendo ¿Qué corazón merece o no la palabra de Dios? Todos los corazones pueden recibir la palabra, y en todo caso, habrá que ver ¿Qué hacemos para que nuestra tierra sea fértil?
Por eso, al pensar en el sembrador generoso, al pensar en el amor incondicional de Dios para con nosotros, eso será lo que después nos lleve a repensar ¿Cómo es nuestro corazón? ¿Cómo es nuestra tierra? ¿Qué es lo que tengo que hacer para que verdaderamente la semilla de la palabra dé fruto?
Los ejemplos de la parábola sobre los terrenos dicen que algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. “Al borde del camino”. Enseguida aparece que los pájaros se las comieron. Podríamos decir, las distracciones se comieron las semillas de la palabra. Vivimos en un mundo de total distracción. Todo el tiempo estamos con el celular, todo el tiempo estimulados por la pantalla, todo el tiempo mirando de reojo si alguien me mandó un mensaje, incluso en los momentos de oración, incluso lo hacemos a veces en Misa.
Es decir, las distracciones podríamos hoy compararlas con estos pájaros que se comieron las semillas. A veces, las distracciones nos comen la atención y el tiempo que merece meditar la Palabra de Dios.
El segundo terreno dice que es el que cayó en terreno pedregoso, pero como no había mucha tierra, brotaron enseguida, pero al ser poco profunda, enseguida después se secaron. Parecería que hay un primer brote, e inmediatamente después, como no hay mucha tierra, no hay profundidad, se secan. Y entonces, podemos pensar que estas piedras son la euforia, el entusiasmo inmediato y rápido. Crece, pero rápidamente se seca.
A veces también tenemos estas actitudes. De mucho entusiasmo, de mucha euforia, creemos en la palabra de Dios, queremos que dé fruto para las primeras dificultades que tenemos, enseguida pinta el bajón, como decimos, y entonces rápidamente nos desilusionamos.
Por eso hablo de un entusiasmo pasajero o de una euforia rápida. A veces nos pasa esto cuando las semillas caen corazones que son de terreno pedregoso, donde no hay mucha tierra, brotan enseguida como nos dijo hoy la lectura, pero cuando sale el sol se queman y, por falta de raíz, se secan.
El tercer terreno del que nos habla hoy la parábola nos dice las que cayeron entre espinas, que cuando después las espinas, las plantas crecieron, las espinas las ahogaron. Las espinas son los problemas. Los problemas que todos tenemos. Los problemas, las dificultades, el ritmo de vida que llevamos que hace que muchas veces también, entonces, no pueda dar fruto la palabra, las semillas de la palabra de Dios que fueron sembradas en nuestros corazones.
Creo que, entonces, hoy una de las preguntas que nos podemos hacer es: ¿Cómo está mi corazón? ¿Será que mi corazón y mi disposición a la palabra de Dios parece ese borde del camino? Y entonces, ante las primeras semillas, inmediatamente estoy distraído, inmediatamente me cuesta tener el foco de atención puesto en la oración, puesto en la meditación, puesto en la reflexión de la palabra. Y con el celular como uno de los ejemplos, me distraigo y rápidamente, entonces, los pájaros se las comieron. Las distracciones se llevaron los frutos de las semillas.
¿Será que mi corazón está un poco como ese terreno pedregoso? Donde sí, enseguida germinan, pero hay poca profundidad, hay poca tierra, hay poco entusiasmo o, en todo caso, es un entusiasmo pasajero, esas euforias inmediatas que así como suben bajan.
¿Será que en realidad mi vida está llena de problemas y no puedo terminar de integrar los problemas a la vida y me siento como tapado absolutamente por ellos, de modo que, como si fueran las espinas, también me ahogan? O ¿Quiero ser realmente tierra fértil? Quiero ser, entonces, tierra buena, como dice hoy el Evangelio. Y como dije al comienzo, la generosidad y el amor incondicional del sembrador me tienen que comprometer en hacer de mi corazón tierra buena. Y entonces pensaba tomar algunas imágenes propias de la jardinería. ¿Qué tengo que hacer para tener una buena tierra? Y, en primer lugar, una de las cosas que tendré que hacer es remover la tierra.
Bueno, habrá que remover un poco el corazón. A veces estamos demasiado estancados, a veces tenemos el corazón así como apisonado, y es importante poder removerlo. Hay veces que tenemos cosas guardadas en el corazón, acumuladas. Será cuestión de empezar a reflotar lo que nos pasa, será cuestión de empezar a pensar, a dialogar con otros, a reflexionar, a ponerle en la oración, mi vida, es un modo como de remover la tierra. Que no haya temas prohibidos. ¿Cuántas veces decimos, `De eso no quiero hablar?´ Ese es un modo de tener la tierra del corazón apisonado, remover el corazón, como removemos la tierra para que entre oxígeno
También habrá que regarla, así como también regamos la tierra, bueno, regar nuestro corazón. Y regar el corazón, me parece, con la palabra de Dios, regar el corazón con el diálogo con otras personas. Regar el corazón también es animarnos a regarlo con alegría, con esperanza, buscar buenas ocasiones y buenas cosas que me hagan bien para regar mi vida.
A veces regamos el corazón solamente con malas noticias, regamos el corazón con mala onda, regamos el corazón con queja constante, y es un modo también de ir haciendo que nuestra vida, nuestro corazón pierda fertilidad. Al mismo tiempo también, habrá que desmalezar, desmalezar, y tendrá que ser sacar de la vida, sacar del corazón aquellas cosas que realmente no dejan que mi vida dé fruto. Desmalezar será sacar broncas, sacar rencores, animarme a sacar de raíz culpas, animarme a sacar del raíz miedos. Por eso creo que hoy es interesante que podamos hacernos la imagen de la jardinería.
Ya sabemos cada uno cómo está un poco nuestro propio corazón. Ya sabemos si tenemos piedras, si tenemos espinas, o si tenemos demasiadas distracciones y los pájaros se comen las semillas de la palabra. Pero ante el amor incondicional y la generosidad del sembrador, no nos podemos quedar de brazos cruzados, y entonces, hoy queremos preparar nuestro corazón para que sea tierra buena.
Por eso les propongo que removamos la tierra, removamos nuestra vida, que podamos realmente animarnos a encarar los temas que tenemos que encarar. Que nos animemos a regar con alegría, con esperanza, con diálogo, con oración, con los sacramentos, realmente para que pueda la tierra verse nutrida y fertilizada, que podamos desmalezar, arrancar, si se puede ser de raíz, broncas, rencores, miedos y culpas.
Termino con una poesía de José María Rodríguez Oláizola que se llama “Semillas”.
Todo se reduce a sembrar.
Guerra o paz.
Libertad o cadenas.
Comunión o soledad.
Sembramos, aún sin saberlo,
en miras, silenciosos, opiniones y gestos.
Plantamos,
a base de golpes o caricias,
semillas
que enraízan en otras tierras,
y se riegan
con el paso de los días,
con memoria
y nuevos encuentros.
Lo sembrado germina, crece,
se hace árbol y sus frutos
alimentan las ansias
de otras gentes,
el hambre de otras bocas,
el latir de otros corazones.
Cada fruto es distinto.
Está el que aquieta
y está el que fustiga.
Está el que sacia,
o el que vacía,
el que sosiega
y el que desquicia.
Pero todo empezó
con la pequeña semilla
que un día sembramos,
aún sin saberlo. Amén.