Se celebró el Te Deum en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, en conmemoración a la Primera Junta de Gobierno de 1810. El Arzobispo de Buenos Aires, Mons. García Cuerva, recibió a funcionarios nacionales y de la ciudad de Buenos Aires para elevar una oración de acción de gracias a Dios por este nuevo aniversario número 216.
El Arzobispo comenzó su homilía destacando: «El mensaje que compartiré quiere ser un aporte, a la luz de la Palabra de Dios, para la reflexión de todos los actores de la sociedad argentina, convencido de que entre todos construimos la Patria, más allá de saber que, luego, algunas frases puedan ser tomadas de manera aislada para querer alimentar la fragmentación».
Acción de Gracias a Dios por la Nación
«Cuatro hombres acercan un paralítico a Jesús, alguien que no podía caminar, que no podía pararse por sus propias fuerzas. Hoy también muchos hermanos experimentan estar paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad. Desde hace muchos años se sienten postrados, tirados al borde del camino de la vida, y ya no tienen fuerzas para seguir, no pueden sostenerse en sus derechos tan postergados», dijo el arzobispo que sumó luego «Y no es cuestión de buscar rápidamente responsables, que, con sinceridad, y cada uno desde su lugar, un poco somos todos, sino en tomar conciencia que tenemos la enorme responsabilidad de ayudar a curar tantas parálisis personales, familiares, y también sociales» .
«Porque nadie es descartable, nadie es desechable, todos somos importantes, comenzando por los abuelos, los niños, los enfermos, las personas con discapacitad, los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, los trabajadores informales y precarizados, y tantos más», sostuvo Mons. García que también agregó «El Papa León XIV nos recuerda que la pregunta recurrente es siempre la misma: ¿Los menos dotados no son personas humanas? ¿Los débiles no tienen nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con menos posibilidades valen menos como seres humanos, y sólo deben limitarse a sobrevivir? De nuestra respuesta a estos interrogantes depende el valor de nuestras sociedades y también nuestro futuro. O reconquistamos nuestra dignidad moral y espiritual, o caemos como en un pozo de suciedad».
Dialogo, encuentro, reconciliación
También exhortó: «La creatividad y la audacia pueden más, y se animan; y lo hacen juntos, unidos. Una empresa tan difícil y arriesgada solo fue posible porque se pusieron de acuerdo, porque dejaron de lado por un rato sus diferencias, porque pusieron en el centro de su misión al paralítico; se pusieron a su servicio, no se sirvieron de él; porque tuvieron el mismo objetivo: acercarlo a Jesús. En términos políticos: acordaron, consensuaron; se plantearon una tarea común pensando en los más frágiles».
«Cuatro actores capaces de cargar lo que hoy tiene paralizado a nuestro pueblo y a su clase dirigente; cuatro acuerdos fundamentales: el bien común, el diálogo, la amistad social y la esperanza. El “Sálvese quien pueda” no es más que expresión de un individualismo cruel que rompe los vínculos de fraternidad y descompone la Nación. Lo que nos falta es una clase dirigente que con la fuerza de ese pueblo se anime al diálogo, al encuentro, a la reconciliación», fue el llamado esperanzador del Arzobispo.
Un llamado a la unión de la Nación
«Unos escribas que estaban sentados mirando el esfuerzo de aquellos hombres y el milagro de Jesús, se pusieron a hablar y criticar, apoltronados en su comodidad y en sus seguridades. Viven de privilegios; alejados del común de la gente, pendientes de sus internismos perdieron la sensibilidad con los que sufren y critican a los que intentan hacer algo. Odiadores de aquella época, sentados en la casa de Cafarnaúm, haters de hoy, sentados frente a una computadora de su escritorio, o cómodamente instalados delante de una pantalla para hacer terrorismo de las redes, descalificando, difamando», alerto Mons. García Cuerva que invitó diciendo , «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias».
A la luz del Evangelio, el Arzobispo recordó: «Argentina, toma tu camilla; es decir, no te olvides de tu historia, de los momentos en que parecía que no podías avanzar, de los próceres que te ayudaron a caminar, de los héroes que entregaron su vida por la libertad; de ese pueblo fiel que supo ponerse a los demás al hombro. Si apostamos a una Argentina donde no estén todos sentados en la mesa, donde solamente unos pocos se beneficien, el tejido social se destruye, las brechas se agrandan y entonces terminamos siendo una sociedad camino al enfrentamiento».
«El primer mensaje del primer gobierno patrio al pueblo es un llamado a la unidad. No a la uniformidad, sino a la «conformidad recíproca» y a la «cordialidad». El sueño fundacional fue siempre la unión. Hagámoslo realidad. Por nosotros, por nuestros abuelos, por las futuras generaciones» dijo al concluir su homilía antes de pedir que la Virgen María interceda por nuestro país, por sus gobernantes y por todo nuestro pueblo que, desde su fe más profunda, sabe que Ella nos cuida siempre.
Homilía del Arzobispo Jorge García Cuerva – Te Deum del 25 de mayo de 2026 – Catedral Metropolitana de Buenos Aires.
El mensaje que compartiré quiere ser un aporte, a la luz de la Palabra de Dios, para la reflexión de todos los actores de la sociedad argentina, convencido de que entre todos construimos la Patria, más allá de saber que, luego, algunas frases puedan ser tomadas de manera aislada para querer alimentar la fragmentación.
Como aquella gente en Cafarnaúm, hoy 25 de mayo también nosotros nos reunimos en torno a Jesús y su Palabra para juntos rezar y pedir por nuestra Patria.
Cuatro hombres acercan un paralítico a Jesús, alguien que no podía caminar, que no podía pararse por sus propias fuerzas. Hoy también muchos hermanos experimentan estar paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad. Desde hace muchos años se sienten postrados, tirados al borde del camino de la vida, y ya no tienen fuerzas para seguir, no pueden sostenerse en sus derechos tan postergados.
Y no es cuestión de buscar rápidamente responsables, que, con sinceridad, y cada uno desde su lugar, un poco somos todos, sino en tomar conciencia que tenemos la enorme responsabilidad de ayudar a curar tantas parálisis personales, familiares, y también sociales. Como aquellos cuatro hombres, que se hicieron cargo, que no buscaron culpables, sino soluciones.
Ellos podían caminar, y esto los hizo solidarios con el dolor ajeno; la vida seguramente les dio más oportunidades, y por eso fueron más sensibles frente al paralítico. No lo dejaron tirado, porque nadie es descartable, nadie es desechable, todos somos importantes, comenzando por los abuelos, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad, los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, los trabajadores informales y precarizados, y tantos más.
El Papa León XIV nos recuerda que la pregunta recurrente es siempre la misma: ¿los menos dotados no son personas humanas? ¿Los débiles no tienen nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con menos posibilidades valen menos como seres humanos, y sólo deben limitarse a sobrevivir? De nuestra respuesta a estos interrogantes depende el valor de nuestras sociedades y también nuestro futuro. O reconquistamos nuestra dignidad moral y espiritual, o caemos como en un pozo de suciedad.[1]
Como no podían acercar el enfermo a Jesús a causa de la multitud, levantan el techo de la casa y descuelgan la camilla con el paralítico. No se dejan ganar por el “no se puede”, por el desaliento; tampoco por el “siempre se hizo así”. Al contrario, la creatividad y la audacia pueden más, y se animan; y lo hacen juntos, unidos. Una empresa tan difícil y arriesgada solo fue posible porque se pusieron de acuerdo, porque dejaron de lado por un rato sus diferencias, porque pusieron en el centro de su misión al paralítico; se pusieron a su servicio, no se sirvieron de él; porque tuvieron el mismo objetivo: acercarlo a Jesús. En términos políticos: acordaron, consensuaron; se plantearon una tarea común pensando en los más frágiles.
Cuatro hombres fueron las que hicieron la diferencia. Cuatro personas capaces de cargar la camilla del otro. Y por qué no, cuatro actores que son esenciales para la Argentina de hoy; el actor del bien común (no como la suma de intereses, sino como la capacidad de una Nación de velar por todos sus hijos, especialmente por los más necesitados). El actor del diálogo, escuchando a todos, respetando, hablando cordialmente, buscando consensos en la diversidad. El actor de la amistad social, basta de arengar la división y la polarización porque nadie se salva solo, como nos decía Francisco[1]. Y por último, pero no menos importante, el actor de la esperanza, la que, como un motor interno, anima cotidianamente a tantos argentinos que todos los días hacen enormes esfuerzos y siguen apostando por un futuro mejor. Cuatro amigos, cuatro actores capaces de cargar lo que hoy tiene paralizado a nuestro pueblo y a su clase dirigente; cuatro acuerdos fundamentales: el bien común, el diálogo, la amistad social y la esperanza.
Un verdadero ejemplo para todos nosotros, porque no nos podemos permitir ser ingenuos: la sombra de una nube de desmembramiento social se asoma en el horizonte mientras diversos intereses juegan su partida, ajenos a las necesidades de todos; el “sálvese quien pueda” no es más que expresión de un individualismo cruel que rompe los vínculos de fraternidad y descompone la Nación, porque terminamos siendo solo una suma de individuos en un mismo territorio donde cada uno piensa en sí mismo y en el propio bienestar.
Hasta Jesús queda sorprendido de la fe de aquellos hombres que cargan al paralítico. El pueblo argentino es un pueblo de fe, un pueblo que, a pesar de las crisis crónicas y dificultades constantes sigue adelante y se pone la Patria al hombro. De esa reserva espiritual heredada de nuestros abuelos brotan nuestra dignidad, nuestra capacidad de trabajo duro y solidario, nuestra serenidad aguantadora y esperanzada. Lo que nos falta es una clase dirigente que con la fuerza de ese pueblo se anime al diálogo, al encuentro, a la reconciliación; y que lo haga por los que no pueden más, por los que perdieron las ganas de seguir, por los que sufren la parálisis de la falta de trabajo, de educación, de oportunidades.
Unos escribas que estaban sentados mirando el esfuerzo de aquellos hombres y el milagro de Jesús, se pusieron a hablar y criticar, apoltronados en su comodidad y en sus seguridades. Viven de privilegios; alejados del común de la gente, pendientes de sus internismos perdieron la sensibilidad con los que sufren y critican a los que intentan hacer algo. Odiadores de aquella época, sentados en la casa de Cafarnaúm, haters de hoy, sentados frente a una computadora de su escritorio, o cómodamente instalados delante de una pantalla para hacer terrorismo de las redes, descalificando, difamando. Qué vigencia tienen las palabras del Papa León cuando decía en febrero de este año: los invito a abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.[1]
Y así como aquellos escribas no lo detienen a Jesús en su deseo de sanar al paralítico, los violentos de hoy no tienen que detener a los hombres y mujeres que en nuestra Argentina quieren dar una mano, y hacer algo por la Patria con esfuerzo silencioso y paciente, sin estridencias, sin cámaras, pero con el compromiso de un pueblo que no se resigna a vivir mal, sin justicia, sin paz.
Como en el evangelio, Jesús nos dice a todos:
Argentina levántate. Argentina vos podes. Levantarse es signo de resurrección, es un llamado a revitalizar la urdimbre del tejido de nuestra sociedad; es ponerse de pie y caminar juntos venciendo la invalidez de la desesperanza que nos lleva a hacer componendas rastreras, de la intolerancia que fermenta en nuevas formas de violencia, de la tristeza crónica que a veces se nos pega en el alma y nos hace creer que nunca vamos a salir adelante. Por eso, con el beato fray Mamerto Esquiú, a quien recordamos especialmente en el bicentenario de su nacimiento, decimos: ¡República Argentina! ¡Noble Patria! (…) ¡Todos tus hijos te consagramos nuestros sudores, y nuestras manos no descansarán, hasta que te veamos en posesión de tus derechos, rebosando orden, vida y prosperidad! [1]
Argentina, toma tu camilla; es decir, no te olvides de tu historia, de los momentos en que parecía que no podías avanzar, de los próceres que te ayudaron a caminar, de los héroes que entregaron su vida por la libertad; de ese pueblo fiel que supo ponerse a los demás al hombro. Memoria agradecida y reconciliada por las raíces de la Nación y por los que personalmente nos ayudaron y nos dieron la oportunidad de salir adelante; esto nos hará más buenos, más generosos y más solidarios con los que aún siguen postrados. Eso se llama empatía. Por eso es cruel y escandalosa la ostentación, el despilfarro, el derroche.
Y hacia el final, Jesús le dice al paralítico, Vete a tu casa; al hogar, a la familia; no como uno más, no como un número, sino como miembro de una comunidad, protagonista de su vida, no como un objeto de beneficencia. Que Argentina sea casa, sea mesa familiar a la que se sienten todos sus habitantes. Vivimos tiempos complejos, por eso es necesario estar unidos y comprometidos con los más pobres. El llamado evangélico de hoy nos pide refundar el vínculo social y político entre los argentinos. Si apostamos a una Argentina donde no estén todos sentados en la mesa, donde solamente unos pocos se beneficien, el tejido social se destruye, las brechas se agrandan y entonces terminamos siendo una sociedad camino al enfrentamiento.
La Proclama de la Primera Junta de Gobierno dirigida a todos los habitantes del Río de la Plata del 26 de mayo de 1810 decía:
«Entregaos a la más estrecha unión y conformidad recíproca. Llevad a las Provincias todas de nuestra dependencia, y aún más allá, si puede ser, hasta los últimos términos de la tierra, la persuasión del ejemplo de vuestra cordialidad, y del verdadero interés con que todos debemos cooperar a la consolidación de esta importante obra. Ella afianzará de un modo estable la tranquilidad y bien general a que aspiramos.» [2]
El primer mensaje del primer gobierno patrio al pueblo es un llamado a la unidad. No a la uniformidad, sino a la «conformidad recíproca» y a la «cordialidad». El sueño fundacional fue siempre la unión. Hagámoslo realidad. Por nosotros, por nuestros abuelos, por las futuras generaciones.
Que la Virgen María, Nuestra Señora de Luján, patrona de Argentina, interceda por nuestro país, por sus gobernantes y por todo nuestro pueblo que, desde su fe más profunda, sabe que Ella nos cuida siempre.
Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva
Arzobispo de Buenos Aires
25 de mayo 2026
[1] León XIV, Exhortación apostólica Dilexit te 95, Ciudad del Vaticano 2025
[1] Cfr Francisco, Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia, Ciudad del Vaticano 2020
[1] León XIV, Mensaje para la Cuaresma de 2026, Ciudad del Vaticano 2026
[1] Esquiú, Mamerto, Sermón I, 1853 en Fray Mamerto Esquiú, La vida y la obra, Cinco sermones célebres, Buenos Aires 1958
[2] Actas Capitulares del Cabildo de Buenos Aires, 1810-1811, en Celso Ramón Lorenzo, Manual de Historia Constitucional Argentina, Buenos Aires 1994.