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Homilía Mons. García Cuerva XXVIII Domingo de Tiempo Ordinario 

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     22, 1-10

    Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

    El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

    De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas». Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

    Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».

    Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Palabra del Señor.


En la primera lectura el profeta Isaías presenta una imagen hermosa del reino de los cielos, donde el Señor ofrecerá un banquete y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Y entonces, en primer lugar, quería compartir con ustedes algunas ideas sobre este concepto del banquete que después se va a repetir el evangelio. 

En el mundo judío, como en otros pueblos, la palabra banquete refiere un evento social de primer orden. No es simplemente un tiempo destinado a comer. Cuando nosotros pensamos en un banquete, pensamos en un encuentro celebrativo, pensamos en una fiesta. Pensamos en un evento de muchísima alegría de encuentro de muchas personas. Por eso la palabra banquete está asociada a la celebración y por eso hoy el profeta Isaías dirá que “El Señor enjugará las lágrimas de todos en todos los rostros” y al mismo tiempo nos invita a alegrarnos y a regocijarnos por la salvación del Señor. 

Si uno vuelve sobre la primera lectura, dirá que “Ese banquete será de manjares suculentos de vinos añejados. 
Allí arrancará el velo que cubre todas las montañas que destruirá la muerte para siempre”. Son imágenes que refieren a celebración, imágenes que refieren a una gran fiesta y por sobre todas las cosas, como dice, con mucha alegría. Por eso quería ir recordar el primer lugar aquella frase del Papa Francisco de que “La alegría es la respiración del cristiano” y el Papa desde el comienzo de su pontificado allá por marzo del 2013, nos indicaba una nueva etapa evangelizadora que después sería coronada con la exhortación apostólica Evangelli Gaudium, “la alegría del Evangelio”. Documento al que refiere varias veces de León XIV en sus distintas expresiones, en sus distintas homilías. 


También en aquel documento Evangelii Gaudium, así como nos plantea la alegría, el Papa nos advertía al Papa Francisco sobre la psicología de la tumba, sobre esto de que nos vayas ganando la queja, que nos vas ganando la tristeza y que nos vayamos transformando. El Papa usaba esta imagen coloquial en “momias de museo”, desilusionados con la iglesia, desilusionados con la realidad, desilusionados con el mundo. Y nos ha advertía que quejoso sea apesadumbrados se nos va apolillando, decía el Papa, el dinamismo apostólico. Y termina diciendo “nos falta resurrección”. 

Por eso creo que hoy esta primera lectura nos invita una vez más a lo que es la idea de la celebración, a lo que es esta idea profunda de la fiesta, no solamente por reunirnos, sino que tiene que ver también con esa alegría profunda que no nos puede faltar a los cristianos. Más allá de las dificultades cotidianas Esa alegría que no puede quedar apoyada o sustentada en el optimismo o en el estado del tiempo, sino que es una alegría profunda, sustentada la resurrección del Señor. 

Más allá de las dificultades cotidianas, más allá de los problemas, hay una alegría profunda que nada ni nadie nos puede quitar:
Jesús está vivo, venció a la muerte para siempre con su resurrección. Me atrevo a pensar esta imagen del banquete celestial también en torno a una mesa redonda. ¿Por qué digo una mesa redonda? 
Porque en esa mesa que entran todos podemos reconocernos mirándonos a la cara. 

A veces aquellas mesas largas, con caballetes hacen que podamos no darnos cuenta quién está y quién falta, porque cuando me siento en una punta, puedo no tener ni idea quién está en la otra punta de la mesa. En cambio, una mesa grande, redonda, un banquete en el que estemos todos sentados nos permitirá reconocernos, encontrarnos y advertirnos si falta alguien. 

La segunda palabra, banquete que aparece tanto en la primera lectura de Isaías como en el Evangelio. 
La segunda aparece en el Salmo y aparece también en el Evangelio. Es la palabra mesa. El Señor que nos prepara una mesa. 
El Señor que nos prepara una mesa y que nos invita a esa mesa. Y entonces así quería reflexionar sobre esta palabra, porque pensar en la preparación de la mesa nos puede llevar a la preparación de la mesa familiar. 

La mesa familiar en torno al mantel, la mesa familiar preparada con las delicadezas propias de una madre.
La mesa familiar que no importa si es una mesa con muchas personas o con pocas, lo importante es que nos podamos reunir. Recuerdo en el barrio en el que yo vivía y trabajaba una familia muy pobre, una casa muy chiquita. No había lugar para la mesa. La cama de los padres se transformaba también en la mesa. Cuando llegaba el momento de comer, se ponía el mantel estirado sobre la frazada allí se sentaban los niños más pequeños. Y entonces allí se comía. No había estrictamente una mesa, pero era un ambiente familiar de mucho amor, de mucha sencillez. 

Creo que también podemos entonces unir la palabra banquete con la palabra mesa y pensar en esas mesas familiares y por qué no pensar también en aquellas mesas que nos siguen doliendo. En aquellas mesas del hambre, de millones de personas en el mundo, el hambre que atraviesan un montón de hermanos nuestros en distintos lugares y que tienen que seguir doliéndonos. 


También pensar en aquellas mesas solitarias, uno de los grandes dolores de nuestra sociedad moderna y de las grandes ciudades es la soledad. Y entonces, claramente pensar en las mesas en las que se comparte con nadie, a veces solo con la televisión, a veces con la radio prendida. Y eso también nos tiene que seguir luchando. 

Banquete, mesa y la tercera palabra está en el evangelio. En el evangelio cuando el propietario, el propio el rey, perdón, dice que “Salgan a invitar a todos hacia el final y salga a los cruces de los caminos, inviten a todos los que encuentren” y entonces dice que salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron buenos y malos y la sala nupcial se llenó de con todos todos invitados, recordamos entonces al papa Francisco una vez más porque decía en la iglesia tiene que haber lugar para todos, para todos, para todos. 

¡Qué bueno que podamos pensar en nuestras comunidades, lugar para todos! Que podamos pensar también en nuestra sociedad, lugar para todos, que no haya excluidos, que no haya ni cristianos de primera y cristianos de segunda, tampoco que haya argentinos de primera y argentinos de segunda, que nos podamos verdaderamente sentir todos invitados. Aquí, recordar entonces el lema de la visita del Papa León XV “Bienvenidos todos” es la primera parte del lema. Bueno, de la misma manera que hoy el rey sale a invitar a todos a los cruces de los caminos para que se sienten en la sala nupcial también invitamos a todos a sentirse parte de la visita del Papa León XV “Bienvenidos todos”. 

Por último, leía estos días un librito del cardenal Tolentino Mendoza y allí una frase que me quedó dando vueltas, dice: “La mesa refleja la vida como un espejo”. “La mesa refleja la vida como un espejo”. Y entonces, habiendo reflexionado sobre la alegría que supone un banquete, habiendo reflexionado sobre las mesas sencillas, las mesas familiares, la mesa grande de nuestra Argentina, habiendo reflexionado sobre la necesidad de que todos se sienten a la mesa, podemos pensar en esta frase. 

“La mesa refleja la vida con un espejo”. 
¿Qué estará diciendo la mesa sobre la vida? Pensar en las mesas familiares, pensar en los temas de diálogo, también en los temas de pelea. Pensar en cuántas veces nos hemos sentado a una mesa y decimos: `No hablemos de política, no hablemos de religión, no hablemos de fútbol porque nos vamos a pelear´. 
¿Y de qué hablamos entonces? Poder pensar si efectivamente nuestra mesa es una mesa de soledad y de tristeza, cuánto para reflexionar en torno a esto: La mesa refleja la vida como un espejo que no pueda quedar la idea. 


Si efectivamente, como nos dice el Salmo, el Señor nos prepara una mesa, si efectivamente el cielo es con esa imagen hermosa de Isaías de un banquete celebrativo, ¿Dónde quedó nuestra alegría? Si efectivamente todos se tienen que sentir invitados a la mesa de Jesús quiénes son los que están faltando. 

Término por un texto de la encíclica del Papa León XIV, “Magnífico Humanitas”, el número 239, que me parece que sintetiza un poco todo lo que hemos reflexionado.


“¡Cuidemos las relaciones! En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad. Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad que sigue creyendo que cada cuerpo es templo del Espíritu y casa de Dios, y precisamente esta alianza entre gloria y fragilidad se convierte en criterio para evaluar los modelos antropológicos propuestos por la cultura actual”. 

Como el Papa nos sigue diciendo de la necesidad de la proximidad, la necesidad del encuentro, la necesidad del cuerpo a cuerpo más allá de estar en la era de redes, estar en la cultura digital, en la cultura de la inteligencia artificial. Necesitamos de la presencia física y entre los ejemplos que da el Papa es, la mesa compartida. ¿Dónde quedó nuestra mesa compartida? ¿Dónde quedaron nuestros encuentros familiares? 
¿Cómo son esas mesas? Y si damos lugar a la celebración, si damos lugar al banquete en medio de la vida vertiginosa que vivimos. Amén.

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