El sábado 11 de julio se celebró en la Catedral la Santa Misa con la organización de Seminarios de Argentina en un clima de gratitud y fraternidad. Allí, presidió la Eucaristía desde las 10 hs Mons. García Cuerva que, a la luz del Evangelio en la homilía, dijo: “Isaías es consciente de su propia fragilidad y es consciente también de la fragilidad de su pueblo. Creo que es clave que podamos reconciliarnos siempre con nuestra humanidad. Es clave tomar conciencia de nuestra fragilidad, de nuestras heridas, de nuestras impurezas”.
Sacerdotes cercanos a su pueblo
“Saber que uno es uno más en un pueblo, un pueblo que también tiene sus impurezas, sus fragilidades y sus debilidades. No somos una casta de selectos, elegidos por el Señor porque somos más puros, más santos, menos pecadores” sostuvo y agregó: “Somos parte de ese pueblo, son nuestras raíces. El sacerdote que se olvida de sus raíces se transforma en casta, se transforma en príncipe de la Iglesia, creyendo que tiene sangre azul, cuando en realidad tenemos que tener la sangre de nuestro pueblo, de ese pueblo con el que se enamoró Dios y por eso se encarnó”.
También subrayó: “La segunda idea, que me parece que puede también ser transversal a la formación, es cuando Isaías percibe, experimenta la cura de Dios, la sanación, experimenta la misericordia”. Y sumó: “Qué hermoso poder formar testigos de la misericordia, poder formar testigos de la misericordia de Dios, que son conscientes de su debilidad, de su humanidad, de sus impurezas, pero al mismo tiempo de toda la maravilla que Dios hace por nosotros con el perdón”.
Confiados en la providencia de Dios
“Confiar en nuestro padre, ser también sacerdotes que confiamos, que no controlarlo todo, que no tenemos la vaca atada, como decimos acá en Argentina, que hay un montón de situaciones que se nos escapan, que hay un montón de situaciones que tenemos que dejarlas en las manos de Dios”.
“En el seminario no están solamente para estudiar o rezar, también están para amar, para sentir, para llorar. Están para vivir, que es mucho más que estudiar o rezar. Por eso hay que reconciliarse con la propia humanidad, una humanidad impura, frágil, como también la vida de nuestro pueblo” dijo y concluyó: “Queridos, que ojalá con nuestras fragilidades, experimentando la misericordia infinita de Dios y confiando profundamente en Él, podamos decir con Isaías, `Aquí estoy, envíame a mí”.