El jueves 6 de junio Mons. Banach presidió la Santa Misa como nuncio apostolico en Argentina en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires desde las 11hs en un clima de alegría y fraternidad.
Delante de obispos, sacerdotes, consagradas, autoridades del gobierno nacional, entre ellos la vicepresidente Victoria Villarruel y Secretario de Culto y Civilización, y referentes del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; y el pueblo fiel de Dios que se congregó, el nuncio presidió la Eucaristía.
En su primera homilía, el representante del Santo Padre León XIV en el país dijo: “Es para mí una gran alegría estar con ustedes esta mañana para celebrar juntos la Santa Misa, aquí en la Catedral de Nuestra Señora de los Buenos Aires”. Además agregó: “Verdaderamente, tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios. El pasado mes de junio tuve la oportunidad de encontrarme con el Papa León en el Vaticano, y él me confió dos mensajes para ustedes. El primero: `Dios los ama´. Y el segundo: `El Papa León también los ama´”
“El Papa de León les asegura su cercanía espiritual y paternal, así como sus oraciones. Quiere que sepan que Dios los ama y desea mostrarles su perdón y su misericordia” sostuvo luego y refiriéndose a su tarea pastoral subrayó: “Como lema de Episcopal he elegido una expresión de la constitución pastoral sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, Gaudium et spells. Se trata de la frase en latín: `Humanitate et caritate´, es decir, con humanidad y caridad. Estoy seguro de que, teniendo presentes estos dos valores, podremos progresar y crecer juntos en esa realidad viva y verdaderamente hermosa que es la Iglesia Católica en Argentina”.
También, subrayó: “El evangelio de hoy que narra la Transfiguración de Jesús a menudo se concibe, describe o comenta, como una experiencia en la cima de la montaña. El rostro de Jesús resplandecía como el sol, y sus vestiduras se volvieron blandas como la luz. Aparecen Moisés y Elías, y comienzan a hablar con Jesús. Pedro está viviendo la experiencia en la cima de la montaña. Pedro, le dice a Jesús: “Señor, qué bien estamos aquí. Si quieres, levantaré aquí mismo tres cartas, una para ti, otra para Moíses, y otra para Elías” y explicó: “Lo que sea que estén viviendo Pedro, Santiago y Juan en la montaña es algo que nunca antes habían experimentado. Supera su entendimiento; no logran encontrarle sentido. Es algo tan grande, tan abrumador, que los envuelve por completo y los hace caer al suelo. Y están aterrados. Quizás teman por su propia seguridad. Quizás estén aterrorizados porque no saben qué sucederá a continuación”.
“Nosotros también hemos pasado por momentos así, en los que la vida nos ha desbordado con situaciones que superaban nuestra capacidad de respuesta. Momentos en los que la vida nos exigía más de lo que creíamos poder dar; en los que chocábamos contra nuestros propios límites y nos preguntábamos si estaríamos a la altura de la situación» sostuvo el nuncio apostólico que sumó luego: » Así que, sea lo que sea que te haya derribado y te haya dejado en el suelo aterrorizado, sea cual sea el cambio que haya llegado a tu vida – lo hayas deseado o no -, sea lo que sea lo que hoy te abruma: `Levántate, no tengas miedo.´»
“Al contemplar la gloria divina que resplandece en el rostro de Jesús en el monte de la Transfiguración, no debemos olvidar el sufrimiento causado por las guerras, incluidos los conflictos que en este preciso momento destruyen vidas y comunidades en todo el mundo, particularmente en la tierra donde nuestro Señor vivió su vida humana. Pase lo que pase, siempre necesitamos escuchar las palabras fuertes y reconfortantes de nuestro Señor: “Levántense, no tengan miedo.” Levantarme y no vivir con miedo: esa es la experiencia de estar en la cima de la montaña que yo deseo. `¿Y vos?´” dijo al concluir su homilía Mons. Banach.
Homilía
de Su Excelencia Mons. Michael W. Banach,
Nuncio apostólico en Argentina
Su Excelencia Mons. Jorge Ignacio García Cuerva, Arzobispo de Buenos Aires,
Su Excelencia Mons. Marcelo Daniel Colombo, Arzobispo de Mendoza y Presidente de la CEA,
Excelencias, los Obispos de Argentina,
Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,
Miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Es para mí una gran alegría estar con ustedes esta mañana para celebrar juntos la Santa Misa aquí, en la Catedral de Nuestra Señora de los Buenos Aires. Agradezco a Su Excelencia Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva por su amable invitación para estar con ustedes y celebrar juntos la gran Fiesta de la Transfiguración del Señor. Verdaderamente tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios.
El pasado mes de junio tuve la oportunidad de encontrarme con el Papa León en el Vaticano, y él me confió dos mensajes para ustedes. El primero: ¡Dios los ama! El segundo: ¡El Papa León también los ama! ¡Dios quiere mostrarles su amor y su misericordia! Es un mensaje sencillo, ¡pero qué gran mensaje!
El Papa León les asegura su cercanía espiritual y paternal, así como sus oraciones. Quiere que sepan que Dios los ama y desea mostrarles su perdón y su misericordia. El Santo Padre desea también que crezcan en la fe: fe en el amor y la misericordia de Dios, así como en su fe católica. Como testimonio de esta cercanía y deseo, el Papa León realizará una visita pastoral en Argentina en el mes de noviembre.
Esta es la primera Misa que celebro en público desde que presenté mis Cartas Credenciales al Presidente Javier Milei el viernes pasado. A mi llegada en Argentina, a mitad de julio, le dije a los obispos cuánto me habría gustado celebrar esta Misa con ustedes, para poder presentar oficialmente la Carta mediante la cual el Cardenal Secretario de Estado me presenta ante la Iglesia Católica en Argentina. ¡Gracias, Excelencia, Mons. Colombo, por su acogida! Vengo entre ustedes como representante del Papa, pero también como hermano en Cristo y en el episcopado. Mi gran deseo es trabajar con ustedes, en espíritu de comunión, para fortalecer los vínculos entre el Santo Padre y la Iglesia católica en Argentina.
Como lema episcopal, he elegido una expresión de la Constitución pastoral sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes. Se trata de la frase en latín humanitate et caritate, es decir, con humanidad y caridad. Estoy seguro de que, teniendo presentes estos dos valores, podremos progresar y crecer juntos en esa realidad viva y verdaderamente hermosa que es la Iglesia católica.
El Evangelio de hoy, que narra la transfiguración de Jesús, a menudo se concibe, describe o comenta como una “experiencia en la cima de la montaña”. Y creo que, en efecto, lo es; sin embargo, empiezo a pensar que no se trata de la experiencia en la cima de la montaña que solemos imaginar. Para la mayoría de nosotros, una experiencia en la cima de la montaña es algo grandioso. Estamos en la cumbre. Nos sentimos en la cima del mundo. Todo ha encajado a la perfección.
Es un momento de nuestra vida que nunca queremos que termine. Deseamos quedarnos allí y mantenerlo tal como está. Es la realización de aquello que hemos anhelado y soñado. Todo es perfecto. A menudo se asemeja al éxito o al logro. Simplemente no hay nada mejor que eso. El Evangelio de hoy reúne todas esas características.
Jesús ha llevado a Pedro, a Juan y a Santiago a “un monte elevado”, y entonces comienzan a suceder cosas extraordinarias. El rostro de Jesús “resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”. Aparecen Moisés y Elías, y comienzan a hablar con Jesús. Pedro está viviendo una experiencia en la cima de la montaña.
Pedro le dice a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Pedro no quiere que el momento termine; quiere capturarlo y retenerlo. Creo que eso es lo que la mayoría de nosotros deseamos cuando vivimos una experiencia en la cima de la montaña.
Entonces, una nube luminosa los envuelve a todos. Más luz. Una voz que sale de la nube dice: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección; escúchenlo”.
Pero me pregunto lo siguiente: ¿y si esa no fuera la verdadera experiencia en la cima de la montaña?
¿Y si el rostro resplandeciente de Jesús, sus vestiduras de un blanco deslumbrante, la presencia de Moisés y Elías, la nube luminosa y la voz que sale de ella fueran – en el mejor de los casos – solo señales que apuntan hacia la experiencia en la cima de la montaña? O – en el peor de los casos – distracciones que nos alejan de ella? ¿Y si la verdadera experiencia en la cima de la montaña ocurriera cuando Jesús les dice a Pedro, Santiago y Juan: “Levántense, no tengan miedo” ?
Lo que sea que estén viviendo Pedro, Santiago y Juan en la montaña es algo que nunca antes habían experimentado. Supera su entendimiento; no logran encontrarle sentido. Es algo tan grande, tan abrumador, que los envuelve por completo y los hace caer al suelo. Y están aterrados.
Quizás teman por su propia seguridad. Quizás estén aterrorizados porque no saben qué sucederá a continuación. Quizás sea cierto que “¡terrible cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:31). Quizás sientan terror porque la experiencia es tan asombrosa que no logran comprenderla ni asimilarla del todo. Sabes bien a qué me refiero, ¿verdad? Yo también lo sé. Sospecho que todos nosotros hemos experimentado ese terror de estas y de mil otras maneras.
Están viviendo algo más grande de lo que jamás imaginaron, más de lo que jamás soñaron. Nosotros también hemos pasado por momentos así, en los que la vida nos ha desbordado con situaciones que superaban nuestra capacidad de respuesta. Momentos en los que la vida nos exigía más de lo que creíamos poder dar; en los que chocábamos contra nuestros propios límites y nos preguntábamos si estaríamos a la altura de la situación.
Sea cual sea la forma en que esto ocurra, siempre conlleva un cambio. A veces deseamos ese cambio, y otras veces no. A veces nos esforzamos mucho por lograrlo y nos sentimos decepcionados cuando no sucede. Y, en ocasiones, sentimos que la vida nos trae cambios que nunca quisimos ni pedimos.
Y esas reflexiones no son solo para Pedro, Juan y Santiago. Son también para nosotros. Todos estuvimos en esa situación de cambio, preguntándonos qué hacer al respecto, cómo afrontarlo, qué sería de nosotros, adónde iríamos y cómo sería la vida. Quizás sea ahí donde te encuentras hoy. “Levántense, no tengan miedo”.
Y debo creer que, para la Iglesia en Argentina y para cada uno de nosotros aquí presentes, esas palabras nos abren al futuro y nos lo prometen, aun cuando no sepamos qué aspecto tendrá, adónde nos llevará o qué nos exigirá. “Levántense, no tengan miedo”.
Si estás postrado en el suelo y vivís con miedo, estás viviendo una vida de menor cualidad de la que Dios quiere para ti, estás viviendo por debajo de lo que realmente sos. Así que, sea lo que sea que te haya derribado y te haya dejado en el suelo aterrorizado, sea cual sea el cambio que haya llegado a tu vida – lo hayas deseado o no -, sea lo que sea lo que hoy te abruma: “Levántate, no tengas miedo.”
No puedo terminar sin mencionar lo que ocurrió hace hoy 81 años: el lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Hiroshima, en Japón. La ciudad “resplandecía como el sol” y unas 80.000 personas murieron al instante. Decenas de miles de hombres, mujeres y niños fallecieron en los meses y años posteriores a causa de la exposición a la radiación. La intensa radiación de la explosión vaporizó a las personas, dejando tras de sí únicamente imágenes calcinadas en los muros que marcaban el lugar donde se encontraban. Al contemplar la gloria divina que resplandece en el rostro de Jesús en el monte de la Transfiguración, no debemos olvidar el sufrimiento causado por las guerras, incluidos los conflictos que en este preciso momento destruyen vidas y comunidades en todo el mundo, particularmente en la tierra donde nuestro Señor vivió su vida humana.
Pase lo que pase, siempre necesitamos escuchar las palabras fuertes y reconfortantes de nuestro Señor: “Levántense, no tengan miedo.” Levantarme y no vivir con miedo: esa es la experiencia de estar en la cima de la montaña que yo deseo. ¿Y vos?
Homilía
de Su Excelencia Mons. Michael W. Banach,
Nuncio apostólico en Argentina
Fiesta de la Transfiguración del Señor
Entrega de la Carta de Presentación a la Iglesia Local
Catedral de Nuestra Señora de los Buenos Aires
Buenos Aires, 6 de agosto de 2026