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Homilía Mons. Cannavó XVII Domingo de Tiempo Ordinario

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 44-46

Jesús dijo a la multitud:

    «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

    El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró».

Palabra del Señor. 


Homilía Mons. Cannavó XVII Domingo de Tiempo Ordinario

En este domingo el Señor nos regala la figura de Salomón en la primera lectura, de un Salomón que en un sueño se encuentra con Dios, en un sueño lo escucha. Y Dios le dice: “Pídeme lo que quieras, pídeme lo que necesites, pedime lo que realmente anda necesitando tu corazón”. Salomón no pide nada para sí, no pide ni oro ni plata, no pide larga vida, no pide salud, no pide la cabeza de los enemigos, sino que pide un corazón prudente, un corazón sabio, un corazón comprensivo, un corazón que sepa escuchar, que sepa discernir, que sepa perdonar, que sepa amar a los suyos. 

La sabiduría que Salomón le pide a Dios es concedida porque no fue egoísta, sino porque miró la necesidad de los que Dios le había encomendado. Esa sabiduría que Dios le regala ya se la había dado en germen en su corazón. Por eso él no mira su ombligo, sino que mira su pequeñez y mira su misión. Ve que era un hombre joven, que no tenía experiencia, y que su misión era gigante, que tenía que servir y gobernar a un pueblo muy grande, al pueblo elegido.

 Que, bueno, es cuando un dirigente cuando un dirigente social, político, religioso, sindical, cuando un dirigente judicial, cuando un padre, una madre, cuando alguien que tiene encomendada una porción del pueblo de Dios, del pueblo elegido, es consciente de su fragilidad, es consciente que se le puso un gran tesoro en sus manos. 

Me acuerdo la primera vez que me dieron un bebé recién nacido. Lo agarré y no sabía por dónde agarrarlo. Tenía miedo, era tan grande el tesoro y eran tan burdas mis manos. Hay cosas que te lo da la experiencia. Y cuando uno aprende de a poquito, tiene miedo. Salomón tuvo ese miedo porque era consciente del tesoro que Dios ponía en sus manos, y también era consciente de sus límites. Era consciente que era joven y que la sabiduría te la da el tiempo, te la da la experiencia. Uno aprende de los errores, aprende esa sabiduría, y esa sabiduría se le da o por gracia divina o por el tiempo. 

Hoy celebramos en San Joaquín y Santa Ana, celebramos a nuestros adultos mayores. Francisco, el papa Francisco, decía que: “Los adultos mayores son la sabiduría de un pueblo, son esa memoria que no tenemos que olvidar, que tenemos que cuidar”. Así que hoy nuestra memoria agradecida a todos nuestros adultos mayores, nuestros abuelos, lo digo con cariño. A algunos no les va a gustar, que le diga abuelo, abuela, pero lo digo desde el cariño.

Esos adultos mayores, que son la memoria viva y que son la sabiduría de nuestro pueblo, que tenemos que cuidar porque, si no los cuidamos, si no los escuchamos, si no los tenemos en cuenta, es como sociedad, pegamos un tiro en el pie. 

Salomón sabía que la sabiduría la iba a recibir con el tiempo, pero se la pide a Dios porque uno cuando aprende del tiempo, aprende de los errores. Sabe que lastima a los que uno ama y lo aman. Ser papá se aprende siendo papá, ser mamá se aprende siendo mamá. Y uno sabe que aprender los errores y que a veces limita o daña al tesoro más grande que Dios puso en sus manos.

Por eso él quería evitar ese camino y le pide a Dios esa sabiduría. Él era consciente de su juventud y era consciente de que él estaba en medio de su pueblo. No se la creía, no pensaba que era el ungido, el elegido, el que estaba por encima y separado de su pueblo, sino que se siente parte, se siente que está en medio de los suyos. Y es consciente de que es un servidor, de que no se tiene que servir de los suyos, sino que tiene que servir a los suyos, que tiene que acompañarlos, guiarlos y sostenerlos. Por eso le pide a Dios que aquella misión que le encomienda, que aquella gran misión que le encomienda, que el Señor le dé la fortaleza, la luz, y la grandeza de poder llevarla a buen puerto.

Qué bueno es ser conscientes de nuestros límites, qué bueno ser conscientes de todo lo que Dios nos encomienda, y qué bueno pedirle a Dios en nuestros sueños, en todos nuestros anhelos y en nuestros proyectos. Que Él nos acompañe y nos sostenga para que podamos ser cada día un poquito mejores.

Esta sabiduría y esta prudencia de Salomón, de un soñador y un buscador, es la misma que nos manifiesta Cristo Jesús en el Evangelio, cuando nos dice que: “El reino de los cielos se parece a un buscador, a un hombre que encuentra un tesoro, que va y que vende todo para comprar ese campo y así ser dueño de ese gran tesoro enterrado”. O «De aquel buscador de perlas finas, al encontrar una de gran valor no duda, vende todo y la compra». El reino de los cielos pertenece a los buscadores, a los soñadores, a los que buscan un tesoro grande, a los que no se conforman con todo, a los que no se conforman con pequeñas baratijas o espejos de colores.

Ser cristianos, ser buscadores del Reino, ser de Cristo Jesús, de ser soñadores, incansables buscadores. Gente que no vive haciendo la plancha y se conforma con poco, sino que permanentemente sale a la búsqueda. Porque sabe que tiene una herida en el corazón, que solo se llena al encontrar a Dios, que tenemos esa sed infinita, y que nada ni nadie, solamente Dios, puede llenar. Y estos hombres del evangelio dicen que venden todo, dejan todo lo que tenían para poder conseguir eso. Ser buscadores y soñadores, ser incansables, pero también ser gente que sepa renunciar.

Hoy nos cuesta, no estamos preparados para las renuncias. Pero para poder tener realmente algo valioso, tenemos que aprender a renunciar. Vemos, y estos días hemos tenido el mundial, los jugadores, para llegar, a donde llegaron, tuvieron que sacrificar muchas cosas, sus familias también. Pero es que, sacrificando, es que llegan a jugar como juegan. Bueno, nuestra vida también. A veces, cuando no querés sacrificar, cuando no sos capaz de renunciar, tampoco sos capaz de construir grandes cosas. Por eso, le pedimos al Señor que nuestro corazón no sea un corazón apegado. Que sepa renunciar, pero que no ponga la mirada en las renuncias, porque a veces se pierde la alegría y la paz.

Un hombre y una mujer no dicen, «Renuncié a un millón de opciones», sino que dicen, «Alabado sea Dios, porque encontré el hombre, encontré la mujer que amo, y la tengo para mí». No pone la mirada en la renuncia, sino que pone la mirada en aquel tesoro que llena su corazón y su vida.

La religiosidad para nosotros tiene que ser así, tiene que ser conscientes de un gran tesoro que llena nuestras vidas. No ser amargados, que están renunciando a muchas cosas, sino ser hombres alegres que poseen un gran tesoro. Pidámosle al Señor no vivir nuestra religiosidad como un cúmulo, cómo vivir un montón de leyes y preceptos, sino encontrar y dejarnos encontrar por un gran tesoro. Quien busca, se deja encontrar. Quien encuentra ese gran tesoro tiene una plenitud que lo desborda, que desborda de alegría y anuncia con su propia vida que Dios existe y que es el único que puede llenar nuestra existencia. Que así sea.

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