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Homilía Mons. García Cuerva XVIII Domingo de Tiempo Ordinario

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     14, 13-21

    Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos.

    Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos».

    Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos».

    Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados».

    «Tráiganmelos aquí», les dijo.

    Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.

    Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Palabra del Señor.


Homilía Mons. García Cuerva XVIII Domingo de Tiempo Ordinario

Quería comenzar con las expresiones que tiene hoy la primera lectura del profeta Isaías, en el capítulo cincuenta y cinco, donde Dios le dice a su pueblo: “Háganme caso, presten atención, escuchen bien”. Parecería que Dios nos quiere predisponer para ver con detalle los textos bíblicos de hoy. “Háganme caso, presten atención, escuchen bien”. Y, entonces, con esta introducción podemos ir reflexionando juntos sobre el texto evangélico de hoy, donde, al comienzo, aparece Jesús, que quiere, parece descansar un poco, que necesita estar a solas. Y si bien no lo dice el evangelio que leímos, un versículo antes nos detalla que habían matado a Juan el Bautista.

Herodes había mandado decapitar a Juan el Bautista, y, por lo tanto, ese cimbronazo, esa mala noticia habrá provocado en Jesús un sacudón fuerte, y entonces se aleja para estar a solas. Seguramente necesita rezar, necesita pensar, ¿Y por qué no? Necesita llorar la muerte de su primo, la muerte de su compañero de camino.

Al mismo tiempo, el Evangelio nos dice que la gente lo busca, y entonces Jesús no se esconde, no es que escapa de la gente, sino que parecería que deja de lado por un rato su duelo, y se va a involucrar con las necesidades que tiene la gente que lo busca. Nos dice el versículo 14 del Evangelio de hoy, “Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre, y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos”.

Y quería resaltar los verbos que aparecen en este versículo 14, porque creo que son un interesante plan pastoral, y al mismo tiempo me parece que son un interesante itinerario para la vida de cualquier cristiano. Dice primero que Jesús desembarcó. Creo que nosotros también estamos llamados a desembarcar de nosotros mismos, a veces a desembarcar de nuestras ideas, desembarcar de nuestras de nuestros prejuicios, bajarnos a la orilla del dolor de los que sufren, salir de nosotros mismos como hoy lo hace Jesús, que no se queda encerrado en el dolor por la muerte de Juan el Bautista, sino que es capaz de salir de allí ante la necesidad de los demás. Desembarcar, salir de nosotros mismos, bajarnos a la orilla del dolor y el sufrimiento de los hermanos. 

El segundo verbo de este versículo 14 dice que Jesús vio una gran muchedumbre. “Ver”, y ver con los ojos de Dios. Ver, que significa, diría yo, mucho más profundo que ver con los ojos físicos. Me animaría a decir que es auscultar el alma, es escuchar los corazones, es escuchar y ver los silencios y las heridas del dolor de los hermanos. No es un ver curioso, no es un ver metiéndonos en la vida de los demás. Sino que es un ver qué trata, no como rayos x, pero sí con mucha compasión y ternura, de sentir lo que siente el que sufre. Ver es lo que hace Jesús, y por eso se conmueve. 

Y aquí aparece el tercer verbo. Dice entonces que Jesús, viendo una gran muchedumbre, se compadeció de ella, “Compadecerse”. Si uno busca en el diccionario, compadecer es una “profunda empatía que impulsa a actuar para aliviar el dolor de las otras personas”. Es generar empatía justamente ante el dolor, y nos impulsa a hacer algo por los demás. Jesús se compadece porque habiendo desembarcado, es decir, habiendo salido de sí mismo, habiendo visto con ternura el dolor del que sufre, su corazón se moviliza y se siente impulsado a hacer algo por los demás. 

Y el cuarto verbo de este versículo 14 del evangelio de hoy dice que, entonces, Jesús curó, “sanó” a los enfermos. Evidentemente, no solamente desembarca, no solamente ve, no solamente se compadece, sino también hace algo. ¿Y qué es lo que hace? Cura, sana. Y nosotros, aunque no seamos todos médicos, no seamos enfermeros, también tenemos un compromiso cristiano de sanar los corazones heridos con gestos, con ternura, con buenas palabras, con cordialidad, con miradas empáticas. Es verdad que hay una curación que requiere de un remedio, de un tratamiento, y eso lo harán los profesionales, pero hay una curación del corazón y del alma que cada uno de nosotros, con buen trato y con gestos de cordialidad y con amor al prójimo, también podemos llevar adelante.

Luego, el Evangelio parece que se ocupa de mostrarnos todo lo que está mal, o en todo caso de presentarnos un montón de dificultades. Nos dice que es tarde, nos dice que están en un lugar desierto, nos dice que la gente tiene hambre y que son muchísimos. Nos dice que hay solamente 5 panes y 2 pescados. Ante este panorama, cualquiera querría salir corriendo. Es tarde significa que ya se oscurece, y no solamente está oscureciendo en la naturaleza, en ese desierto, sino que también debe haber estado oscureciendo en la esperanza de la gente que ve que tiene hambre y no pasa nada. Parece que también está oscureciendo en el espíritu de los discípulos que no encuentran mejor idea que decirle a Jesús que los despida, que le dicen a Jesús: “Despide a la multitud” como sacándose el problema de encima. 

Atardecer en el desierto significa que empieza a ser cada vez más frío, y entonces parece que está por primar el frío del desentendimiento, el frío del egoísmo, el frío de no hacerme cargo de la necesidad del otro. Y encima, la gente que tiene hambre no tiene más que 5 panes y 2 pescados. En términos mercantilistas o en términos comerciales, parece que no vamos a poder hacer nada, no se podrá saciar el hambre de tantas personas. Sin embargo, Jesús tiene una propuesta superadora. Jesús tiene la propuesta superadora de: “Denle ustedes de comer”. Como diciendo, `No nos podemos desentender del tema del hambre´. El hambre es un tema demasiado grave como para que cada uno se arregle por sí solo, como para que cada uno intente resolverlo como pueda.

Por eso Jesús dice, no es necesario que se vayan, “Denles de comer ustedes mismos”. El año pasado, el papa León XIV tuvo un discurso a los integrantes de la FAO, y allí decía que “el problema del hambre no se resuelve solo con producir alimentos, sino que se necesitan también de sistemas alimentarios sostenibles y dietas sanas y asequibles a todos”. Con lo cual, también hoy el Papa nos alerta de que es un problema demasiado grave el del hambre en el mundo como para que cada uno lo resuelva como pueda. Por eso Jesús no despide a la gente, por eso responsabiliza a sus discípulos y les dice: “Denle ustedes de comer”. Y se produce el milagro.

El milagro que hace Jesús, que de alguna manera ya nos recordaba el Papa Francisco, es un preanuncio de la Eucaristía, porque tomará prácticamente los mismos verbos que después Jesús utilizará en la última cena. Dice que tomó los 5 panes y los 2 pescados, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a sus discípulos. Hay un preanuncio de la Eucaristía en este milagro de la multiplicación de los panes, porque Jesús también es el pan de vida que sacia el hambre más profundo de nuestro corazón. La Eucaristía que es la fortaleza para los débiles, la Eucaristía que es el remedio para los pecadores. Por eso, en las representaciones más antiguas de la Eucaristía, las pinturas o dibujos que se hacían eran de canastas con 5 panes y 2 pescados. Porque tomando el Evangelio de hoy hay una similitud, hay un paralelismo con la última cena en la institución de la Eucaristía.

Y, junto con el milagro de Jesús, podemos decir que se da otro milagro, el milagro de la gente que comparte. Porque dice el Evangelio que “todos comieron hasta saciarse, y que sobró”. Seguramente esto pasó porque cada uno de ellos comió, y después habrá pasado la canasta al de al lado. Cada uno pensó que tenía hambre, pero también pensó en el hambre del de al lado. No empezó a guardar, acobachar, como decimos. No empezó a decirle, `Quiero llevar para mi mamá, para mi tía, necesito llevarme un poco más para la semana que viene´, porque así Jesús aún hoy estaría multiplicando panes y pescados, sino que cada uno compartió. Y esa también me parece que es la clave. Me parece que también es la clave el descubrir que, justamente, con la multiplicación de los panes, en el milagro de Jesús está el milagro que hace la gente. En este discurso del Papa León XIV, discurso a la FAO del 30 de junio del 2025, el Papa lo expresa claramente, y creo que vale la pena ser leído. Hay un milagro también que hace la gente que multiplica.

Termino, Quiería volver sobre la segunda lectura. En la segunda lectura del apóstol san Pablo a los romanos, san Pablo tiene algunas palabras que me parece que nos animan en la esperanza, nos animan a creer que no está todo perdido, a que tenemos que seguir creyendo en un mundo de justicia y de fraternidad, donde también se acabe el hambre en el mundo, donde vivamos con justicia, con equidad, donde haya educación para todos, donde podamos construir entre todos la civilización del amor. Recomiendo enormemente, así como digo el discurso del papa León XIV, del 30 de junio del 2025 a la FAO, sobre el tema del hambre, también está segunda lectura como oración. 

Allí nos dice san Pablo: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada”. Y luego dirá: “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra creatura podrá separarnos jamás del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”.

Que ojalá esa certeza de San Pablo también nos anime en nuestro compromiso cristiano, de no perder la esperanza, y cada uno desde su lugar seguir soñando, construyendo y aportando para ser una patria de hermanos donde no haya lugar para el hambre, donde podamos hacernos cargo y escuchar nosotros también las palabras de Jesús que nos dice hoy: “Denles de comer ustedes mismos”. Amén.

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