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Homilía Mons. García Cuerva XIV Domingo de Tiempo Ordinario

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     11, 25-30

    Jesús dijo:
    Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
    Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
    Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor.


Homilía Mons. García Cuerva XIV Domingo de Tiempo Ordinario 

Para la reflexión de la homilía de este domingo, pensaba cuatro oraciones, cuatro frases del Evangelio. Comienza Jesús diciendo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Alabar, un modo de rezar. Y hoy Jesús, alaba al Padre, alaba a Dios. Alabar es reconocer, es celebrar, es honrar la grandeza de Dios, es honrar su obra, es tener un enorme asombro en el corazón, en lo más profundo de nuestra alma, y un enorme y profundo agradecimiento.

Creo que tenemos que acostumbrarnos también en nuestra oración, más allá de pedir, más allá de agradecer. También esto de alabar, de poder, entonces, reconocer y celebrar profundamente la obra de Dios. Puede ser que a veces nos pase esto cuando estamos frente a un paisaje hermoso, frente a la obra de Dios en la creación, pero no puede dejar de ser también parte de nuestra oración más cotidiana: Alabar. Alabar a Dios, que no es solamente algo de algún grupo de la Iglesia, sino que tiene que ser propio de todos los cristianos.

El papa Francisco decía que “No podemos sentir vergüenza de alabar a Dios”, porque los mismos cristianos que a veces, emocionados, gritan un gol, también es importante que no tengamos vergüenza y podamos alabar a Dios con mucha fuerza e intensidad. Creo que en este tiempo del mundial viene bien esta comparación que hizo Francisco hace unos años, que podamos, así como sinvergüenza, gritamos un gol de la misma manera poder alabar a Dios con nuestro cuerpo, alabar a Dios con nuestra oración más profunda, alabar a Dios con nuestra palabra, porque es un modo de rezar. 

Y el fundamento de la alabanza es la certeza que tenemos de que Dios es un amigo fiel, un amigo que no nos falla y que nos espera siempre. Y entonces lo alabamos, lo reconocemos, lo celebramos por lo que hace en nuestra vida, lo alabamos, lo reconocemos, y le tenemos una profunda acción de gracias porque es ese amigo fiel que nunca nos va a fallar. “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra”.

La segunda de las oraciones, cuando dice, Jesús: “Porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, las has revelado a los pequeños”. ¿Quiénes son los sabios y prudentes a los que se han ocultado las cosas de Dios? Y pienso que son los que se sienten seguros, los que se sienten dueños de la verdad, los que creen que se la saben todas, aquellos que usan como un impermeable espiritual, y entonces nada los cuestiona, todos lo saben responder, no necesitan de nada ni de nadie. Y entonces no se dejan conmover. Y aquí recordaba entonces unas palabras del papa León XIV, cuando ahora estando en el viaje a España, en ocasión de celebrar las vísperas del sagrado corazón de Jesús en las Islas Canarias, el papa me parece que define claramente quiénes son estos sabios y prudentes que a veces no conocen profundamente a Dios.

Decía el Papa León: «El corazón de Jesús es humilde y por eso no sienten sus latidos los doctos, los sapientes, es decir, aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni de Dios ni de los demás. A estos, en efecto, aturdidos por los estruendos de un yo ampuloso, omnipresente y agitado, les falta el silencio necesario para escuchar en sí, en los hermanos, el palpitar escondido del amor». 

Creo que es una hermosa imagen que toma el papa León XIV, que estos doctos y sapientes no pueden escuchar los latidos del corazón de Jesús, porque se sienten dueños de la verdad, porque parecerían que no necesitan de nada ni de nadie. Cuidado, porque a veces nos puede pasar a cada uno de nosotros, y creo que, entonces, está bueno que hoy podamos volver a pensar ¿Qué hay en mí, de estos sabios y prudentes? Que a veces nos las creemos todas, que a veces creemos que no necesitamos ni de nada ni de nadie, y entonces no nos dejamos cuestionar por el Evangelio, sino que, al contrario, usando el Evangelio le damos siempre clases de vida a los demás. 

La tercera de las oraciones del evangelio de hoy: “Vengan a mí los afligidos y agobiados”. “Vengan a mí los afligidos y agobiados”. Y en primer lugar, pienso que cuando habla de los afligidos y agobiados los pone en movimiento Jesús. Dice: “Vengan a mí”. Hay que moverse, no hay que quedarse estancados. Parecería que la solución no es detenernos ni quedarnos hundidos en el agobio, hundidos en la aflicción.

La paradoja es que para descansar en Jesús parece que tenemos que ponernos en movimiento. Y Jesús dice, “Vengan a mí”, no dice: “Vayan”, no dice: “Salgan de acá”, no dice: “Que los atiendan otras personas”. Jesús no terciariza el amor, se hace cargo de cada uno de nosotros. “Vengan a mí”, no nos expulsa, no nos aleja de su presencia, no nos deja tirados, nos abraza, porque Jesús sabe cómo es nuestra vida. Sabe que no vivimos siempre como queremos, sino como podemos.

Jesús sabe lo que nos cuesta, sabe lo difícil que a veces es la vida, sabe lo difícil que son a veces las cosas, y cuánto agobio y aflicción hay en nuestro corazón. Por eso no nos dice, “Salgan de acá o vayan”, sino “Vengan”. Ir al corazón de Jesús, creemos en el dios de los encuentros, y porque creemos en el dios de los encuentros, qué lindo que también podamos compartir con Él nuestros agobios y nuestras aflicciones. Él sabe, como dije, lo difícil que es la vida. Qué paz qué podemos encontrar, entonces, en el Señor. “Vengan a mí los afligidos y agobiados”. 

A veces no compartimos con nadie lo que nos pasa, a veces cuando nos preguntan: ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Y ya no hay ni lugar para decir que “No”, que no está todo bien, que hay dolor, que hay aflicción, que hay agobio. En cambio, delante de Jesús no hay caretas, delante de Jesús no hay maquillajes, delante del Señor nos podemos presentar como estamos.

Y a este Dios del encuentro le presentamos nuestra vida, no nos va a sacar de encima, no nos va a decir: “Vení después”, no nos va a decir: “Vayan a otro lado”, no nos va a dejar tirados. Nos dice: “Vengan”, vamos a su encuentro, que podamos realmente ir al encuentro del Señor. 

Y luego, la cuarta de estas oraciones, que es la última parte de esta tercera, dice: “Y yo los aliviaré”. Jesús nos dice, les voy a aliviar la aflicción, les voy a aliviar el agobio. No dice: “Les voy a quitar los problemas”. Una vez que estemos con Jesús, ya no vamos a sufrir más. No nos quita los problemas, no nos hace promesas facilistas. Al contrario, comparte nuestro peso, camina con nosotros, por eso se hace más liviano, por eso se hace un poco más fácil el camino de la vida. Jesús no nos va a poner más peso, no nos va a cargar más, pero tampoco como si fuese un Dios mago con una varita mágica, nos va a resolver todos los problemas. Dice: “Yo los aliviaré”, como que se ofrece a cargar con nosotros aquello que más nos pesa, aquello que más nos duele. No hace la promesa facilista del “Parar de sufrir”, sino al contrario, voy a compartir la vida con vos. Es el dios de los encuentros, pero al mismo tiempo el dios que se hace solidario con nosotros. 

Termino con otro fragmento de uno de los tantos pensamientos de las homilías del papa León XIV en España, cuando visitó un centro penitenciario en Barcelona. Qué lindo que podamos frente al “Vengan a mí los que están afligidos y agobiados y yo los aliviaré”, poder también acercarme en nosotros las palabras del Papa León cuando decía: “Hagamos espacio al Señor en nuestro corazón y busquemos su rostro. Dejémonos acompañar por su amor, aferrémonos a Él, que nos invita continuamente a la esperanza y nos muestra un horizonte maravilloso que ninguna barrera física puede impedirnos alcanzar. Hoy, Él continúa hablándonos en lo profundo de nuestras conciencias para hacernos descubrir que tiene su morada en medio de nosotros. Solo espera que le demos una oportunidad. Queridos amigos y amigas, -termina diciendo el Papa-, los invitó a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno le digo, Dios te ama como eres, pero te sueña mejor”. 

Estoy seguro que a nosotros también. Dios nos ama como somos, sabe de nuestros agobios, sabe de nuestras aflicciones, y por eso nos invita a que nos acerquemos a Él. No porque nos vaya a resolver la vida mágicamente, sino porque nos va a hacer más liviana la carga, porque va a caminar con nosotros, porque nos va a dar otra oportunidad, porque no nos deja. Y entonces podremos alabarlo, alabarlo por cuánto nos ama, alabarnos porque no nos deja solos, alabarlo porque le ocultó estas cosas a los que se las creen todas, y alabarlo porque asume nuestras cargas para hacernos más liviano el camino, pero por sobre todas las cosas, porque nos ama como somos, pero como decía el Papa León, nos sueña mucho mejor. Amén.

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