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Homilía Mons. Jorge García Cuerva – Transfiguración del Señor

por prensa_admin

Evangelio

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (17, 1-9)

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo».
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Palabra del Señor.


Homilía Mons. Jorge García Cuerva –Transfiguración del Señor. 06 de agosto de 2023 – Catedral Metropolitana

Celebramos esta fiesta de la Transfiguración del Señor que nos es relatada en este pasaje del Evangelio.

Dice que Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y los llevó a parte a un monte elevado.

Pensaba y me imaginaba la escena, Jesús con Pedro, con Santiago, con Juan subiendo el monte. ¿Cuántas veces nuestra vida también, como el esfuerzo que habrán hecho estos hombres, ha sido momentos de cuesta arriba? ¿Cuántas veces la vida se nos ha hecho cuesta arriba?

Me los imagino a ellos cansados, me los imagino en algún momento con ganas de bajar los brazos y decir, “no doy más, yo bajo, yo me quedo acá, sigan ustedes solos”. Y también me lo imagino a Jesús diciendo, “vamos hermanos, arriba, no se queden, sigamos juntos. Es verdad que estamos yendo a un monte elevado”.

Pienso que también hoy a Jesús a nosotros, a cuantos nos siguen hoy por la radio, por la televisión, por las redes sociales, a quienes estamos aquí presentes, a quienes la vida a veces se nos ha hecho cuesta arriba, sentir que Jesús te dice, “vamos, no te detengas, sé que estás cansado, pero no dejes que te gane la desesperanza. Vas a llegar, seguí adelante, sé que podés”.

El monte elevado de estos discípulos de Jesús es nuestra vida cuesta arriba, pero creo que lo que nos une a aquellos hombres y a nosotros no solamente es el cansancio, el agobio quizá del esfuerzo, sino que Jesús está con nosotros, que Jesús en ese camino cuesta arriba no nos abandona.

Al llegar al monte elevado dice que Jesús se transfiguró en presencia de ellos, que su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Podríamos decir que Jesús se mostró en su condición divina, Jesús se mostró plenamente como hijo de Dios, se mostró en todo lo grandioso que tiene Dios.

Por eso, quien describe la escena dice que su rostro resplandecía como el sol. Habrá sido que no encontró una imagen mejor para hablar de cuánta luz salía de ese hijo de Dios. Y dice que sus vestiduras se volvieron blancas, también absolutamente luminosas.

Evidentemente Jesús se había mostrado como Dios. Y eso para los discípulos fue el mejor consuelo, después de ese monte elevado, después del cansancio, encontrarse con el Hijo de Dios, así como es, en todo su esplendor. Por eso Pedro dice, “Señor, qué bien estamos aquí”.

Y pensaba también en cuántas veces nosotros hemos podido sentir a Dios muy cerquita. Hemos podido descubrir a Dios, no sé si con la misma luz, pero hemos dicho “sentí a Dios en mi vida”. Quizá en un retiro espiritual, quizá en un momento de oración, quizá en un encuentro con un familiar, con un amigo, con los afectos. Esos momentos en que hemos sentido que Dios está presente. Y en general nos pasa lo mismo que a Pedro.

Esos momentos fuertes en los que sentimos a Dios muy cerquita en la vida, no queremos que terminen más. Y por eso decimos, “Señor, qué bien estamos aquí, quedémonos aquí, que no termine más este retiro”. Cuando estamos en una fiesta o en un encuentro con familiares o amigos decimos, “no se vayan, quédense, porque la estamos pasando muy bien”. Siento que Dios está entre nosotros porque Dios es amor.

Cuando estamos en algún momento de oración, de meditación, sentimos que Dios acaricia nuestro corazón y entonces no queremos que ese momento se termine.

Así como en la vida tenemos momentos cuesta arriba, como subir ese monte elevado, también Dios nos consuela el corazón y se muestra como Dios y nos permite sentirlo como lo que realmente es.

Yo digo que son aquellos momentos en que sentimos en la vida un pedacito de cielo. Imagínense lo que será el cielo para toda la eternidad si habiendo experimentado un pedacito de cielo nos sentimos tan bien.

Y lo tercero y último. Al final Jesús les dice, “levántense, no tengan miedo”. Como diciendo, “la vida sigue muchachos, adelante”. Creo que lo mismo que les dice a los discípulos nos dice a nosotros. “Yo sé que hay momentos cuesta arriba”, nos dice Jesús, “pero vamos, no bajen los brazos, fuerza, a seguir”.

Y nos consuela y nos regala esos momentos únicos, inolvidables, esos pedacitos de cielo en los que sentimos a Jesús muy cerca nuestro y no queremos que se terminen nunca.

Y después el Señor nos dice, “vamos, la vida sigue. No te quedes ni quejándote de los montes elevados y los momentos cuesta arriba de tu vida. Pero tampoco te quedes congelado en ese pedacito de cielo, la vida sigue”.

Es verdad que al final nos encontraremos con Dios cara a cara y eso será para siempre.

Pero en el mientras tanto, no te quedes congelado. No te quedes en el pedacito de cielo viviendo de añoranzas o de nostalgia de aquella vez que me encontré con Dios. Te vas a poder volver a encontrar con el Señor en el futuro porque nuestro Dios es el Dios de las sorpresas, como nos dice el Papa Francisco.

Pidamos en esta misa entonces por aquellos hermanos que su vida se tornó cuesta arriba para que puedan sentir en Dios y en nuestra ayuda que no están solos, que no bajen los brazos y que sigan.

Propongámonos en esta semana recordar y hacer memoria agradecida de esos pedacitos de cielo, de esos momentos en que sentimos a Dios muy cerca. Demos gracias a Dios. Todos tenemos algún pedacito de cielo que hemos vivido en nuestra historia. Demos gracias al Señor por eso.

Y en tercer lugar sintamos que las palabras de Jesús hoy son para todos nosotros. Levántense, no tengan miedo, la vida sigue. Y seguramente en el futuro nos vamos a volver a encontrar con el Dios de las sorpresas que nos volverá a regalar pedacitos de cielo hasta el día que nos encontremos definitivamente con él en la vida eterna. Amén.

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