Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos.
El Ángel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado.
No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán». Esto es lo que tenía que decirles.»
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.»
Palabra del Señor.
Homilía de Mons. García Cuerva en la Vigilia Pascual – 4 de abril de 2026
Para recibir una buena noticia, tenemos que estar predispuestos, tenemos que estar abiertos a recibir esa buena noticia. Y creo que hoy, en el Evangelio que acabamos de proclamar, según San Mateo, tenemos dos pistas de qué significa estar bien predispuestos para recibir la hermosa Buena Noticia, la más importante: que Jesús resucitó.
En primer lugar, el Evangelio nos relata que hubo un gran temblor de tierra. Hubo un gran temblor de tierra. ¿Será que estamos dispuestos a que esa Buena Noticia de la Resurrección nos mueva el piso? ¿Será que estamos dispuestos a dejar de lado seguridades, omnipotencia, soberbia? Comúnmente decimos, “Se me movió el piso” cuando estamos inseguros, cuando perdemos estabilidad. Por eso, este gran temblor de tierra puede ser un buen signo, para que la Resurrección de Jesús nos cuestione. La Resurrección de Jesús nos replantee cómo vivimos, la resurrección de Jesús nos comprometa. Que ojalá también nos animemos a que la Buena Noticia de la Resurrección y de la Pascua produzca en nuestra vida un gran temblor de tierra, que se nos mueva el piso.
En segundo lugar, estar predispuestos a recibir esta buena noticia, creo que nos da una pista al Ángel de Dios. Dice que el ángel hizo rodar la piedra y que se sentó sobre ella. La piedra es lo que tapa la vida. La piedra es lo que no deja llegar a la Resurrección. La piedra es la puerta de la tumba. La piedra es lo que a veces son los problemas, las tristezas, las dificultades, esas cosas pesadas que cargamos en la vida. Y el Evangelio nos dice que el Ángel de Dios se sentó encima de la piedra.
¿Será que estamos dispuestos a creer de verdad en el poder de Dios, que es capaz de rescatar a su hijo de la muerte? ¿Y será que entonces lo dejaremos a Dios sentarse arriba de las piedras de nuestros problemas? ¿O será que nosotros somos los que estamos sentados sobre los problemas? Porque, en general, cuando estamos sentados sobre los problemas, estamos como estancados, estamos paralizados en nuestras dificultades, en nuestros problemas familiares, en nuestros problemas económicos; nos quedamos como paralizados, sentados arriba de nuestras piedras. Y el Evangelio nos dice, que al que hay que dejar sentar sobre nuestros problemas es al Ángel de Dios.
Creo que entonces, aquí tenemos dos pistas para que realmente nos podamos decir ¡Felices pascuas! Aquí tenemos dos pistas para que realmente podamos entender de qué se trata esto de que la Resurrección de Jesús viene a cambiar mi vida. Lo primero, abrámonos a la novedad, abrámonos a la posibilidad de que se nos mueva el piso, que un gran temblor se produzca en nuestro interior, y que la Resurrección de Jesús nos sacuda y nos haga abandonar omnipotencias y seguridades. Pero, al mismo tiempo, dejemos que sea Él el que se siente sobre nuestros problemas, sobre las piedras de nuestras dificultades. Dejemos de estar sentados nosotros mascando piedras, mascando broncas, mascando tristezas. Dejemos que sea el Señor el que se siente sobre ellas. Confiemos nuestras dificultades y problemas a Dios.
Y entonces, frente a esta Buena Noticia de la Resurrección, también aquí tenemos dos grupos de personas en el Evangelio. Por un lado, los soldados. Los soldados que dice el Evangelio que temblaron de espanto y quedaron como muertos. Los soldados representan el control, representan la vigilancia, representan la seguridad. A veces, nosotros también podemos vivir como muertos, como nos dice el Evangelio. ¿Y qué es vivir como muertos? Vivir con el corazón helado, con el corazón frío. Nada nos conmueve, nada nos apasiona, nada nos interpela. Vivir como muertos es vivir durando; respiramos porque el aire es gratis, pero no le ponemos garra a la vida. Vivir como muertos es vivir solos. Vivir como muertos es vivir sin esperanza. Puede ser que respiremos, pero ¿será que vivimos? Como nos dice una canción, “Duramos, pero no sé si honramos la vida”.
Podemos estar medio muertos, como aquellos soldados que temblaron de espanto y que dice que quedaron como muertos. Puede pasarnos a nosotros, y aunque mañana nos digamos ¡Felices pascuas!, estamos como muertos, porque vivimos con el corazón helado, porque vivimos de manera solitaria. Porque no somos capaces de apasionarnos, de ponerle garra, de ponerle alegría a la vida cotidiana.
El otro grupo que recibe la noticia de la Resurrección son las mujeres. En ellas se da una tensión fuerte, la tensión entre el temor y la alegría. Todo el tiempo el Evangelio dice que tienen un poco de temor, pero que también están llenas de alegría. Tienen algo lindo: buscan a Jesús, buscan a Jesús. Y entonces, se dejarán encontrar por Él.
No es detalle menor que, dice el Evangelio también, que se alejaron rápidamente del sepulcro. No se quedan estancadas en el sufrimiento. A veces, nuestro problema, que no nos permite recibir la Buena Noticia de la Pascua, es que estamos demasiado estancados en el dolor y en la tristeza. No salimos de ese lugar. No salimos de ese agujero negro de tristeza, de dolor, de angustia. En cambio, las mujeres, dice el Evangelio, que “Se alejaron rápidamente del sepulcro”. Ojalá podamos alejarnos rápidamente de la tristeza. Que nos demos cuenta que no nos podemos estar toda la vida lamiendo las heridas, y cuando le contamos a alguien lo que nos pasa, es casi que lo invitamos a hacer con nosotros el laberinto del terror, una caravana por los momentos más espantosos de nuestra vida, y no salimos nunca de ahí. Por eso sería difícil que recibamos la alegría de la Pascua.
Inmediatamente, estas mujeres que se alejan de la tristeza, estas mujeres que tienen un duelo interior entre el temor y la alegría, pero que no se quedan quietas, y acá la diferencia con los soldados. Los soldados quedan, dice, como muertos, estancados. Ellas no, ellas se mueven. Ellas no se dejan ganar por la pachorra del alma o por el quietismo, al contrario, se movilizan. Hay algo que las anima, y entonces, se dejan encontrar por Jesús. Y Jesús, la primera palabra que les dice es: “Alégrense”. La primera palabra que les dice es “Alégrense”.
Queridos hermanos, les propongo hoy, que podamos recibir la Buena Noticia de Jesús y que dejemos que se nos tambalee la vida. Que dejemos de verdad que se dé un gran temblor en nuestro corazón, porque Jesús es la novedad. Jesús nos trae alegría. Jesús nos trae esperanza. Jesús nos trae ganas de seguir adelante. Y si estás demasiado cómodo, si estás demasiado omnipotente o demasiado seguro, no vas a recibir la noticia de la alegría del Evangelio que trae el Señor Resucitado.
Al mismo tiempo, dejemos de estar sentados sobre nuestras piedras, dejemos al Ángel de Dios que se siente en nuestros problemas, tratemos de salir de ese lugar, de sentirnos siempre la víctima, el pobre que nos pasa de todo. Salgamos de ese lugar, corramos todas las piedras que no nos permiten encontrarnos con la vida de Jesús Resucitado. No seamos como los soldados que lo quieren controlar todo. No vivamos medio muertos como ellos. No vivamos fríos de corazón. No vivamos estancados, no vivamos solitarios. Pongámosle garra, pasión y entusiasmo a cada día de nuestra vida. Honremos la vida, no duremos.
Y como aquellas mujeres, también en nuestro corazón, a veces hay miedo, hay temor, hay tristeza. Pero como ellas la queremos pelear todas las días, queremos vivir ese duelo entre el temor y la alegría, y dejar que Jesús salga a nuestro encuentro. Por eso hay que buscarlo, y que nos vuelva a decir, “Alégrense”.
Que realmente el Señor Resucitado transforme nuestra vida. Él no es una idea, no es un concepto. Es el encuentro con una persona. La persona de Cristo que cargó nuestra vida en la cruz, que por amor se entregó, pero que por amor también resucitó, y nos regala la nueva vida y la esperanza de que la muerte no tiene la última palabra.
En esta Pascua, el lema que hemos elegido para celebrar en la Arquidiócesis de Buenos Aires, es: “Jesús Resucitado, danos tu paz”. En esta vigilia pascual, hemos comenzado en la oscuridad. La oscuridad de la muerte, la oscuridad de la guerra, la oscuridad de la tumba. Y tímidamente fuimos encendiendo nuestras luces, porque seguimos creyendo en la luz de la paz.
Luego, la liturgia de la palabra. Frente al silencio y el no diálogo, nosotros hablamos escuchando la palabra de Dios. Un Dios que nos habla, un Dios que entra en diálogo con la humanidad. Frente al no diálogo de la intolerancia y de la guerra, volver a insistir con la necesidad de la palabra y del diálogo para generar acuerdos y construir la paz.
Ahora haremos la liturgia del agua. Frente a la muerte, la fecundidad del agua, el signo de la vida. Frente al desierto que provoca la guerra, frente a la aridez de los vínculos, seguimos apostando por la vida. Por la vida reflejada en el agua, por la vida reflejada en esa agua que quiere renovarnos, re-entusiasmarnos. Y luego, la liturgia de la Eucaristía. Frente al hambre que genera la guerra, queremos compartir el pan, y ser pan para los hermanos. Por eso, Señor Resucitado, salí a nuestro encuentro.
Hoy hablar de paz es revolucionario. Hoy seguir creyendo que podemos llegar a acuerdos, a muchos les puede tambalear la vida, pero eso es una buena noticia. No nos resignamos a quedarnos sentados arriba de la piedra de la guerra, no. Queremos creer en la paz. No queremos, como aquellos soldados, conformarnos con vivir enfrentados los unos con los otros. No queremos vivir medio muertos, queremos creer en la paz y honrarla todos los días, viviendo con pasión y entregándonos especialmente a los hermanos que más sufren.
Y cómo aquellas mujeres, aunque podemos reconocer en nuestro corazón que hay temor, también queremos celebrar la vida, y la vida hay que cuidarla, y hay que cuidarla con la paz. Por eso, Señor Resucitado, danos tu paz. En esta Pascua, te necesitamos más que nunca. Que tu Buena Noticia transforme nuestros corazones, transforme nuestra Argentina, transforme el mundo, y nos regale a todos el don de la paz. Amén.