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Homilía Mons. García Cuerva Solemnidad de Corpus Christi

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     6,51-58 

Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.
Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Palabra del Señor.


Homilía Mons. García Cuerva Solemnidad de Corpus Christi

Nos reunimos como Iglesia arquidiocesana en esta solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, y le decimos a Jesús: En Buenos Aires queremos verte; porque ese es el hambre de toda una ciudad, es el hambre más profunda de nuestros corazones.

Vemos mucha gente cansada, pero con hambre de un rostro, de una experiencia, hambre de sentido en sus vidas. Entonces, lo decisivo es tener hambre de Jesús y buscar encontrarnos con Él. Dejar que Él ilumine y transforme nuestras vidas.

En el evangelio, Jesús nos dice que Él es el Pan vivo bajado del Cielo, y que su carne es la verdadera comida y su sangre la verdadera bebida. El Señor es contundente, es muy claro: Cristo sacia el hambre de amor y el hambre de trascendencia que anida en nuestros corazones.

Por eso en Buenos Aires queremos verte, pero a veces la miopía de la indiferencia y los prejuicios nos hace egoístas, individualistas, y no te descubrimos en el rostro de los que sufren, en los enfermos, en los que están
solos, en los que están deambulando en las calles.

En Buenos Aires queremos verte, pero a veces ciegos de ansiedad, pasamos de largo, vivimos apurados, te atropellamos en cada persona con la que nos cruzamos, te empujamos para llegar antes, vivimos a las corridas y no nos detenemos ante tu presencia en el hermano y en la Eucaristía que nos espera en cada adoración.

En Buenos Aires queremos verte, pero a veces estamos medio tuertos de violencia física y verbal, nos desconocemos, nos agredimos, nos enfrentamos, nos tratamos como enemigos tan solo por pensar distinto, o por no coincidir con el punto de vista del otro.

En Buenos Aires queremos verte, pero la oscuridad de la desesperanza a veces no nos permite encontrarte. Damos todo por perdido, creemos que no vale la pena seguir y bajamos los brazos. Casi que nos convencemos que te fuiste de la realidad cotidiana, y, que, en todo caso, nos mirás con pena desde el cielo.

Pero frente a la indiferencia, los prejuicios, la ansiedad, la violencia y la desesperanza, vos Jesús, sos el mejor remedio. Ya san Ignacio de Antioquía en el siglo I escribía que la Eucaristía es la medicina de la inmortalidad y antídoto contra la muerte.1 Y otro santo, San Juan Crisóstomo, unos siglos después, afirmaba: Si te acercas con fe, esta comida cura toda enfermedad espiritual, limpia las llagas de la conciencia y es remedio contra el pecado.2

Y con palabras más cercanas, el recordado Papa Francisco nos decía que: cada vez que recibimos el Pan de Vida, Jesús nos cura con amor de aquellas fragilidades que no podemos curar por nosotros mismos: ¿Qué fragilidades? Pensemos: la de sentir resentimiento hacia quienes nos han hecho daño, esta no la podemos sanar solos; la de distanciarnos de los demás y aislarnos en nuestro interior, esta no la podemos sanar solos; la de auto compadecernos y quejarnos sin encontrar descanso, tampoco esta la podemos sanar nosotros solos. Es él quien nos sana con su presencia, con su pan, con la Eucaristía. La Eucaristía es una medicina eficaz contra estas cerrazones. El Pan de Vida, de hecho, cura las rigideces y las transforma en docilidad. La Eucaristía sana porque nos une a Jesús: nos hace asimilar su manera de vivir, su capacidad de partirse y entregarse a los hermanos, de responder al mal con el bien. Nos da el valor de salir de nosotros mismos y de inclinarnos con amor hacia la fragilidad de los demás. Como hace Dios con nosotros. Esta es la lógica de la Eucaristía: recibimos a Jesús que nos ama y sana nuestras fragilidades para amar a los demás y ayudarles en sus fragilidades.3

Desde siempre la Iglesia experimentó que el Pan vivo bajado del cielo, el mismo Cristo en su Cuerpo y en su Sangre, nos cura, nos sana y nos libera de tantas enfermedades del alma; por eso decimos con fuerza que tenemos hambre de Dios, hambre de fraternidad, hambre de encuentro y de fiesta compartida.

Pero también afirmamos que la Eucaristía no es un mero acto de devoción individual. Como nos dice el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas: la Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación. Y mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden
generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la
dignidad de las personas.4

Que este año coincidan la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo y la colecta anual de Cáritas es un signo visible de esa unión que existe entre la Eucaristía y los pobres; la celebración de la misa pierde su sentido si no se traduce en el servicio, la acogida y la solidaridad hacia los más necesitados.

Y en tiempos de tanta fragmentación y peleas, seguimos apostando por el bien común, por la fraternidad, por la necesidad que tenemos unos de otros, por el respeto de los que sean o piensen distinto; no queremos vivir en una uniformidad que asfixia, ni en una intolerancia que nos divide. San Pablo es contundente cuando nos dice en la segunda lectura: Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.5 La mesa de la Eucaristía nos convoca, nos hermana, y desde el altar, somos enviados a contarle a la ciudad la mejor buena noticia que tenemos para compartir: la alegría de que Cristo vive entre nosotros, que nos ama, da sentido a nuestras vidas, y nos regala vida eterna.

Entonces en Buenos Aires queremos verte y queremos anunciarte, en nuestras calles, plazas, casas y trabajos; en Buenos Aires queremos verte y anunciarte en los lugares de llanto y de dolor; en Buenos Aires queremos verte y anunciarte con audacia y creatividad. Que nuestra ciudad vuelva a llenarse de esperanza y paz y que la solidaridad sea nuestro modo de hacer historia y de amasar con paciencia y dedicación, como artesanos del pan, un futuro mejor para las nuevas generaciones.

Celebrando como Iglesia diocesana a Jesús Eucaristía, hoy haremos la procesión con el Santísimo para expresar nuestra fe y anunciar a la ciudad que el Pan de vida es el mejor remedio: porque frente a la indiferencia y los prejuicios, Él es fraternidad. Frente a la ansiedad, Él es calma y paciencia. Frente a la violencia, Él es paz y perdón. Frente a la desesperanza, Él es esperanza y confianza en Dios.

Por eso Jesús Sacramentado, Pan de vida, hoy desde esta plaza de Mayo, con fuerza te decimos: ¡Quédate siempre con nosotros, te necesitamos mucho!

Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva
Arzobispo de Buenos Aires
Junio 2026

1 IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Carta a los Efesios XX, 2 en AYÁN CALVO, Juan José, Padres Apostólicos, Madrid
2000
2 JUAN CRISÓSTOMO, Carta a los Corintios XXIV, 4-5 en RUIZ BUENO, Daniel, Homilías sobre las cartas de
San Pablo, Sevilla 1990
3 FRANCISCO, Ángelus, Ciudad del Vaticano 6 de junio 2021

4 LEÓN XIV, Encíclica Magnifica Humanitas 235, Ciudad del Vaticano 2026
5 1 Cor 10, 17

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