Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 13, 24-43
En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: «El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.
Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero’ «.
Palabra del Señor.
Homilía Mons. García Cuerva XVI Domingo de Tiempo Ordinario
En estos domingos, Jesús nos habla por medio de parábolas. Y es interesante volver, entonces, sobre esta idea de pensar que Jesús, para decirnos y explicarnos cosas profundas e importantes, elige lenguaje sencillo. Jesús nos habla en fácil, utilizando este recurso de las parábolas. La palabra “Parábola” viene de un verbo griego que significa lanzar hacia adelante. Es decir, una palabra es la parábola que me impulsa a interrogarme y que me impulsa a cambiar.
De allí el origen de la palabra parábola, de este verbo que significa lanzar hacia adelante. De algún modo, la palabra de Dios, a través de las parábolas, me interroga, me impulsa al cambio, me impulsa a un compromiso. Y hoy tenemos entonces esta parábola del trigo y la cizaña. Y como dije, Jesús dice cosas importantes con lenguaje sencillo. Sin embargo, para nosotros, por lo menos la mayoría de nosotros, que somos hombres y mujeres de ciudad, nos puede resultar ciertamente complicado este lenguaje de trigo y de cizaña, porque no son plantas que conocemos comúnmente.
La cizaña nos dice la descripción biológica que es una planta que crece hasta cerca de un metro, que tiene hojas estrechas de no más de veinte centímetros. Sus flores son en espigas, del mismo modo que el trigo, y que el grano es de color violáceo. Con lo cual tiene alguna similitud con el trigo, pero al mismo tiempo se diferencian en el momento de la madurez de la planta, es decir, en el momento en que empiezan a dar fruto. Por un lado, por el color, y por otro lado, porque el trigo se dobla por el peso de su fruto, mientras que la cizaña permanece siempre erguida. Por otro lado, el fruto de la cizaña es venenoso, es tóxico. No así, el fruto del trigo, que sabemos que después lo consumimos de distintas formas, en nuestra vida cotidiana.
Aquí tenemos, entonces, la diferencia junto con la similitud. Por un lado, ambas plantas tienen fruto en forma de espiga, ambas plantas tienen más o menos la misma altura, ambas plantas crecen juntas, pero empiezan a diferenciarse en el momento del fruto. Como aquella frase del Evangelio: “Por los frutos los reconocerán”, efectivamente, en el momento de la madurez de la planta, el trigo tiende a doblarse por el peso de su fruto, mientras que la cizaña permanece erguida, y tienen distinto color, y después, esto tan importante, el fruto de la cizaña es tóxico.
¿Por qué es importante esto? Porque en el Evangelio hoy nos dice que crecen juntas, y en el momento en que empiezan a crecer, inmediatamente van y le dicen al dueño del sembrado: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Es decir, inmediatamente que se dan cuenta que está creciendo cizaña, la idea es ir y arrancarla. Y justamente el dueño les dirá: “No, porque al arrancar la cizaña corren el riesgo de arrancar también el trigo”. “Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha”. Y aquí, entonces, entendemos lo que expliqué antes. ¿Por qué hay que esperar hasta la cosecha? Porque justamente en el momento de la cosecha será cuando vamos a poder distinguir ambas plantas.
Por un lado, me parece que ya la naturaleza misma nos está dando una enseñanza. El trigo, como dijimos, se dobla por su fruto. Es decir, el trigo no necesita presumir, no necesita mostrarse altanero. En realidad, es la cizaña la que quiere aparentar grandeza, y por eso permanece erguida aunque sus frutos son tóxicos. Pero al mismo tiempo, me parece que la enseñanza que nos está dando hoy el dueño del sembrado es que tenemos que saber esperar, que tenemos que saber no precipitarnos, no decidir en caliente como en general hacemos.
Como decían nuestros abuelos, aprender a contar hasta 10 antes de hablar, antes de reaccionar, antes de tomar una decisión. Tenemos que aprender a ir despacio, a no apurar. Porque también es verdad que el trigo y la cizaña pueden tener las raíces entrelazadas, y entonces el riesgo no solamente es confundir trigo y cizaña, sino que también arrancando la cizaña podemos arrancar el trigo.
Creo que tenemos que descubrir, por un lado, que esto también representa el bien y el mal. El trigo, el bien. La cizaña, el mal. Que crecen en la sociedad juntas, como crecen en nuestro corazón también el trigo y la cizaña. No hay dos campos, un campo de los buenos, el trigo, y un campo de los malos, la cizaña. Se dan ambas realidades en conjunto, y por eso decimos que tenemos que aprender a convivir entre el bien y el mal, que también existe en nuestro propio corazón.
En nuestro propio corazón hay orgullo y humildad. En nuestro propio corazón hay gracia y pecado. En nuestro propio corazón hay verdad y mentira. En nuestro propio corazón hay solidaridad y también hay egoísmo. ¿Cuántas veces somos capaces de grandes gestos de caridad y de amor hacia los demás? Y al mismo tiempo, ¿cuántas veces somos capaces de miserias, somos capaces de individualismo, somos capaces de ser muy violentos, somos capaces de ser muy rencorosos?
Convive en nosotros trigo y cizaña. Y es verdad que experimentamos muchas veces el enojo con nosotros mismos, porque, como decías San Pablo “No hacemos el bien que queremos -es verdad- sino el mal que no queremos”. Pero al mismo tiempo tenemos que tener paciencia con nosotros mismos, tener también paciencia con nosotros, saber esperarnos, y, como dije, también saber esperar y no precipitarnos con los demás.
¿Cuántas veces corregimos a los demás de una manera brutal? En nombre de la verdad, los corregimos, les decimos cosas duras, y creo que también, entonces, con el espíritu de arrancar el mal del otro, la cizaña, terminamos también arrancando el trigo. Hay veces que la corrección hacia el hermano no es una corrección fraterna, sino que termina siendo un profundo daño.
Creo que entonces tenemos que tener el cuidado, la delicadeza que hoy le pide el dueño de los sembrados a los peones. “Esperen”. “Cuidado”, porque al arrancar la cizaña corren peligro de arrancar el trigo. “Dejen que crezcan juntas”, Y después dirá a los cosechadores: “Arranquen primero la cizaña”.
Entiendo, entonces, que una vez más Jesús, con un lenguaje sencillo, nos vuelve a explicar lo importante que es tener paciencia, saber esperar, corregir con delicadeza, darnos otra oportunidad a nosotros mismos, poder aprender que conviven el bien y el mal en la sociedad y también en nosotros, que no podemos tener una mentalidad maniquea entendiendo que el bien y el mal son como dos campos separados, y, por supuesto, siempre nos ponemos en el lugar del bien. No, descubramos que es verdad que también en nosotros conviven trigo y cizaña.
Creo que, entonces, tenemos que aprender que no es tiempo de veredictos, no es tiempo de tomar decisiones como si fuésemos jueces, es tiempo de darnos y dar otra oportunidad a los demás. Termino con una poesía que encontré de un sacerdote español, José Pérez Benedí, que me parece que expresa un poco todo esto, que en realidad tiene su raíz también en la primera lectura, porque es en la primera lectura donde elLlibro de la Sabiduría nos dirá: “Tu fuerza, Señor, es el principio de la justicia, tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos. Juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia, porque después del pecado das lugar al arrepentimiento”.
Nuestra raíz de tratar de darnos otra oportunidad, nuestra raíz de darle lugar al arrepentimiento, nuestra raíz de juzgar con serenidad mi vida y la vida de los demás, de poder darnos otra oportunidad y, como dije, esperarnos descubriendo que trigo y cizaña conviven en mi vida, en la vida de los demás y en la de la sociedad, está en Dios, como nos relata hoy el Libro de la Sabiduría.
Por eso termino con esta poesía que les decía antes, que dice así:
Con gran descaro, Señor,
creemos que somos «trigo»
y los demás son «cizaña»,
sembrada por el «Maligno».
Somos siervos insensibles,
esclavos de nuestro instinto:
eliminar, «arrancar»
a todos los enemigos.
Tú, Señor, eres piadoso,
fiel, clemente, compasivo.
Tienes paciencia, respetas
nuestra vida y nuestro ritmo.
Hasta el «tiempo de la siega»,
Tú te reservas el «juicio».
Entonces separarás
la paja del trigo limpio.
Hoy, te pedimos, Señor,
imitar tu noble estilo:
No juzgar, no condenar,
ser con todos comprensivos.
Muchas personas se cruzan,
Señor, en nuestro camino,
esperando una sonrisa,
un gesto de amor, un mimo.
Comemos tu mismo Pan,
bebemos tu mismo Vino.
Que nos sintamos, Señor,
todos hermanos y amigos.
Amén.