Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 18, 1-8
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
«En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: «Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario».
Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: «Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme»».
Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.
Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará Fe sobre la tierra?»
Palabra del Señor.
Homilía Mons. García Cuerva XXIX Domingo de Tiempo Ordinario
En la carta pastoral de este año, en la Arquidiócesis de Buenos Aires, que se llama “Vive Cristo, Nuestra Esperanza” recordaba una frase del Cardenal Pironio que decía: “Hay veces que nos hace falta esperar con la esperanza de los amigos”. “Hay veces que nos hace falta esperar con la esperanza de los amigos”. Y recordé esta frase pensando en la primera lectura de hoy, en la que Moisés se compromete a sostener a Josué con la oración.
Josué iba a enfrentar a los amalecitas y entonces Moisés le dice que vaya y que él lo va a acompañar con la oración. Y nos describe la primera lectura de hoy la oración de Moisés, él junto con su hermano Aarón y con Jur suben a la cima del monte a rezar, pero en algún momento la oración de Moisés se hace larga y él se cansa y cuando se cansa le acercan una piedra para que se siente y Jur y Aarón, le sostienen los brazos, porque cuando los brazos caen entonces dice que triunfan los amalecitas, cuando los brazos están en alto triunfa Josué y los israelitas.
Creo que esta escena de la primera lectura de hoy nos ayuda a darnos cuenta cómo Josué necesitó dejarse sostener por Moisés para poder llevar adelante este enfrentamiento con los amalecitas. Al mismo tiempo, Moisés se dejó acompañar y sostener por Aarón y por Jur, porque en algún momento estaba cansado y bajaba los brazos.
Creo entonces que todos nosotros podemos aprender de este relato bíblico a sostenernos en los demás. A dejarnos ayudar cuando estamos en conflicto, no en guerra con los amalecitas, pero, a veces, estamos en conflictos con problemas laborales, con problemas familiares, con problemas de salud y entonces en esos momentos confiarnos también a la oración de intercesión de muchos que nos dicen “Te acompaño, rezo por vos”. ¿Cuántas veces bajamos los brazos y necesitamos que alguien nos sostenga por que no damos más? Y de la misma manera que Moisés dejó que Aarón y Jur lo ayuden, nosotros también dejarnos ayudar. Y, por supuesto, comprometernos nosotros también, no solo a dejarnos sostener, dejarnos acompañar, dejarnos ayudar, sino también comprometernos nosotros a poder acompañar a aquellos que están en conflicto con su propia vida, con su familia, con dificultades que tienen y necesitan.
Necesitan también de nuestra oración de intercesión, y aquellas personas que no dan más y que bajan los brazos, y también nosotros allí estar y acompañar. Porque, en realidad, como nos dice bien el Salmo, “Nuestra ayuda está en el nombre del Señor”. Esa fue la antífona que estuvimos rezando. Y nuestra ayuda está en el nombre del Señor, porque Él es nuestra esperanza.
Dice también el Salmo de hoy, “Él no dejará que resbale tu pie. El señor es tu guardián, Él es la sombra protectora. El señor te protegerá de todo mal y cuidará tu vida. Te protegerá en la partida y el regreso, ahora y por siempre”. El Salmo ciento veinte, que recomiendo que lo podamos volver a leer, para nosotros también sostenernos en Dios, poder confiarnos a Él en los momentos difíciles de nuestra vida, como hoy Moisés también le confía lo que le está pasando al pueblo judío a Dios con su oración.
La segunda lectura también creo que tiene algo para enseñarnos en esta clave de la oración. Son recomendaciones que le da Pablo a Timoteo, y que sirven para nuestra vida de oración, porque le dice a Timoteo que sea perseverante, que permanezca fiel. Y en la descripción de esta segunda lectura le habla de la centralidad y la importancia de la palabra de Dios, de las escrituras. Aquí también tenemos otro elemento para aportar a nuestra oración, el perseverar, el permanecer fieles, ¿Y por qué no tener como central en nuestra oración la palabra de Dios la escritura?
Y vamos al Evangelio. En el Evangelio hay un relato que cuenta Jesús una parábola, la parábola de esta viuda insistente que le pide al juez que le haga justicia, y nos dice al comienzo del Evangelio que el objetivo de la parábola es que era necesario orar para no desanimarse. Para eso cuenta Jesús la parábola, porque es necesario orar sin desanimarse, para que podamos insistir con nuestra oración, como lo hacía Moisés y como se lo recordaba Pablo a Timoteo.
De alguna manera, la viuda representa a todos los desprotegidos, a todos los desamparados, a todos los excluidos, a todos los que sufren. Y creo que su ejemplo también tiene que animar nuestra propia oración, para hacer de nuestra oración una oración insistente, una oración perseverante, una oración segura. De nuevo, porque volvemos al Salmo y creemos que nuestra ayuda está en el nombre del Señor.
El otro día terminaba de leer un librito que se llama “Elogio de la sed”, del cardenal Tolentino Mendonça, y él se pregunta en un momento, ¿Cuál es la mejor oración? Y él dice, “No tengamos duda, la mejor oración es la que en este momento podemos hacer. Será limitada, será tosca, será rudimentaria, pero lo importante es no dejar de rezar. La mejor oración es la que en este momento podemos hacer, y seguramente será imperfecta, seguramente será rudimentaria, seguramente será limitada, lo importante es no dejar de rezar”. Como no dejó de rezar Moisés en la primera lectura, y como no dejó de insistir y pedir con fuerza esta viuda en el Evangelio.
Por último, la última frase, la última oración del Evangelio de hoy dice: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿Encontrará Fe sobre la tierra?”. Y allí recordaba a San Agustín que en una de sus homilías dice que “La Fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua”. Es decir, para poder orar, para poder rezar, para poder pedirle a Dios, hay que primero creer y confiar en Él. Por eso necesitamos también aumentar nuestra Fe, que como nos decía Agustín, es la fuente de la oración.
Hoy a la vez es el Día de la Madre y creo que en muchas madres, en casi todas las madres hay un modelo de perseverancia, de insistencia, de pedir por sus hijos. En las madres encontramos un modelo de acompañamiento. Un modelo de levantar los brazos y de levantarnos los brazos cuando no damos más. Un modelo de rezar por nosotros porque nos conocen mucho más de lo que nosotros creemos y han estado y seguirán estando cerca nuestros mucho más de lo que nosotros nos damos cuenta.
Creo que de alguna manera la figura de la madre sintetiza un poco la reflexión y las lecturas de hoy. Y entonces quería terminar con un poema, hay muchísimos, este es uno que a mí personalmente me gusta mucho, que se llama “Consejo Maternal”, que es de un poeta argentino, en realidad nacido en Brasil, pero ha criado en Argentina: Olegario Víctor Andrade, que escribió en 1865. Y que nos habla de cómo nos conocen nuestras madres, cómo piden y son perseverantes nuestras madres en su oración por nosotros, cómo insisten en estar cerquita como hoy Arón y Jur estuvieron cerca de Moisés y que, como aquella viuda no bajan los brazos y siguen pidiendo por cada uno de nosotros sus hijos.
La poesía dice así:
Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día,
(aún me parece que escucho en el ambiente
de su voz la celeste melodía).
Ven y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas
como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas:
¿no sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos
como tú en la cartilla?
¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
que con un par de besos en la frente
disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. Nada, le dije,
las causa de mis lágrimas ignoro;
pero de vez en cuando se me oprime
el corazón, y ¡lloro!…
Ella inclinó la frente pensativa,
se turbó su pupila,
y enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila:
Llama siempre a tu madre cuando sufras
que vendrá muerta o viva:
si está en el mundo a compartir tus penas,
y si no, a consolarte desde arriba.
Y lo hago así cuando la suerte ruda
como hoy perturba de mi hogar la calma,
invoco el nombre de mi madre amada,
¡y entonces siento que se ensancha el alma!
Pedimos hoy en esta Misa especialmente por todas las madres y especialmente le pedimos a la Virgen María que interceda por cada una de ellas, por las vivas y por las que están en el cielo. Amén.