Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Palabra del Señor.
Celebramos hoy, este domingo de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Esta promesa de Jesús que se cumple, el Espíritu de Dios que viene a nosotros y lo hacemos en vísperas de este 25 de mayo, justamente esta fiesta de Pentecostés está muy cerquita de la fiesta patria del 25 de mayo. Y entonces, quería comenzar reflexionando de la segunda lectura, que es de la primera carta del apóstol San Pablo a los cristianos de Corinto, donde nos dice san Pablo que hay diversidad de dones, que hay diversidad de ministerios, que hay diversidad de actividades.
Tres veces, San Pablo insiste con este concepto de la diversidad. Diversidad de dones, diversidad de ministerios, diversidad de actividades, pero todos proceden de un mismo Espíritu. Es decir, por un lado, nos insiste San Pablo con la diversidad, y por otro lado, nos insiste con la comunión. Y creo que justamente son palabras muy actuales en el contexto que vivimos. Qué difícil es hablar y respetar la diversidad en tiempos de intolerancia. Qué difícil es poder respetar y hablar de diversidad en tiempos de rechazo de todo el que piensa distinto. Qué difícil es hablar de diversidad cuando nos sentimos un poco dueños de la verdad y descalificamos cualquier opinión o pensamiento contrario.
Por eso creo que hoy podemos pedirle al Espíritu Santo para nuestro pueblo argentino especialmente, que podamos tomar conciencia de que Dios nos pensó y nos hizo a todos distintos, nos creó distintos porque nos ama profundamente, únicos e irrepetibles. Y, entonces, poder reconocer la diversidad de dones, poder reconocer la diversidad de ministerios, poder reconocer la diversidad de actividades, pero que todos proceden de un mismo Espíritu. Es decir, el Espíritu nos anima a que nos desarrollemos en nuestras potencialidades, que podamos desarrollar nuestros talentos, todos distintos, pero todos hermanos.
Más adelante, la misma lectura nos dice que el cuerpo tiene muchos miembros y, sin embargo, es uno. Vuelve sobre esta idea la conciencia de que somos distintos y diversos, y formamos un solo cuerpo, porque, de algún modo, tenemos que tomar conciencia también que, como pueblo argentino, somos Nación. No somos una suma de individuos que circunstancialmente viven en un territorio. Somos mucho más que eso. Como una familia, una familia no son solamente personas individuales que por esas cuestiones de la vida tienen el mismo apellido o viven bajo el mismo techo. Hay una conciencia de familia que va mucho más allá de sumar a sus miembros. Ser hogar, ser familia, ser nación, ser cuerpo, donde reconozcamos también la diversidad de miembros. En el caso nuestro 47.000.000.
Y luego, también me parece que es importante cuando nos dice que el Espíritu se manifiesta para el bien común. Qué importante también, entonces, en vísperas de este 25 de mayo, volver a insistir con el bien común, el bien que va más allá de mi beneficio, el bien que va más allá de mis búsquedas personales, el bien que tiene que ver justamente con el bien de todos, con un bien colectivo.
Hablar del bien común en tiempos de egoísmo, hablar de bien común en tiempos de individualismo, hablar de bien común en tiempos de feroz competencia de unos con otros. Por eso, creo sinceramente que esta segunda lectura que escribe San Pablo, en realidad, a la comunidad de Corinto. La comunidad de Corinto era, Corinto era la capital de Acaya, una de las ciudades más importantes de aquella época, una comunidad en la que había dificultades, y por eso, entonces, San Pablo se pone a escribirles y darles consejos.
Me gustaría que hoy pensáramos todos nosotros en esta fiesta de Pentecostés, pedir el Espíritu Santo para nosotros, para nuestro pueblo argentino, para nuestra Nación, en vísperas, como dije, del 25 de mayo, y poder pedirle al Espíritu Santo, escuchando a san Pablo, que podamos respetar la diversidad. Diversidad de dones, de ministerios y de actividades. Que podamos tomar conciencia de lo que significa que el Espíritu se manifiesta para el bien común, es decir, para el bien de todos, no solamente para mi bien de manera egoísta. Y poder tomar conciencia que somos muchos miembros por un solo cuerpo, no somos una suma de individuos que viven circunstancialmente en un territorio.
En el Evangelio, Jesús hoy le dice a los discípulos: “Reciban el Espíritu Santo”. Pero para eso, primero dice que: “Sopló sobre ellos”, y añadió: “Reciban el Espíritu Santo”. Sopló sobre ellos. Y esta imagen me remite al Génesis, al capítulo 2, cuando Dios modeló al hombre de la arcilla del suelo, y dice que sopló sobre él el aliento de vida, y que el hombre se convirtió en un ser viviente.
Poder, entonces, hacer el paralelismo entre esta imagen del Génesis, que Dios modeló al hombre de la arcilla del suelo, que sopló sobre él e hizo del hombre un ser viviente. Con este “Sopló sobre ellos de Jesús”, y dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Es decir, de alguna manera, Jesús nos regala nueva vida. Así como el soplo de Dios en el génesis hizo del hombre un ser viviente, hoy también, con el Espíritu Santo, Dios nos regala nueva vida, que podamos realmente experimentar la vida de Jesús que viene a nuestra a nuestra vida.
Justamente, estamos llamados a que Dios pueda actuar en nuestra vida con el Espíritu Santo. Tenemos que tener cuidado de lo que yo llamo la mediocridad espiritual. ¿Qué significa eso? Ser personas religiosas que, de algún modo, cumplen rituales, pero que nos falta esa vida interior, esa vida profunda, esa vida jugada y arriesgada y apasionada que trae el Espíritu Santo, que es con la que impulsó a los discípulos a la misión, y es con la que nos impulsa también a nosotros a la misión. Con esas ráfagas de viento que, de alguna manera, nos desinstalan, pero también nos ventilan y nos empujan a hacer el bien. Y con esas llamas de fuego que también relata el libro de los hechos que nos apasionan, que calientan nuestro corazón para anunciar a Jesús.
El Papa San Juan XXIII decía que “El Espíritu Santo es la vida de la Iglesia que no envejece nunca”. Pidamos, entonces, el Espíritu Santo para nuestra Iglesia, pidamos el Espíritu Santo para nuestra vida, para que podamos experimentar esta nueva creación, esta nueva vida que nos impulsa a la misión, que nos regala alegría, entusiasmo. Y, por otro lado, que podamos, en vísperas de este 25 de mayo, poder pedirle al Espíritu Santo que nos regale también la diversidad, pero que sepamos aceptarla y respetarnos los unos a los otros. Que podamos tomar conciencia que el Espíritu, como dice San Pablo, se manifiesta para el bien común, y podamos también tomar conciencia que, aunque somos distintos miembros, somos un solo cuerpo, una sola familia, una sola nación. Abramos nuestro corazón y pidamos con fuerza el Espíritu Santo que tanto necesita nuestra gente.
Terminó con una poesía escrita por Edith Stein, una religiosa que se llamaba Sor Teresa Benedicta de la Cruz. Nació en 1891, murió en 1942 en los campos de concentración de Auschwitz. Y, si bien era de origen judío, finalmente fue carmelita, canonizada por el papa Juan Pablo II, en 1998. Tiene una poesía muy linda del Espíritu Santo. Voy a leer solamente un fragmento y se llama: “¿Quién eres tú?“
“¿Quién eres tú, dulce luz que me llenas e iluminas la oscuridad de mi corazón? Tú, más cercano a mí que yo mismo, y más íntimo que mi intimidad, y aún inalcanzable e incomprensible, que todo nombre haces renacer. Espíritu Santo, amor eterno. Espírito Santo, ¿Quién eres tú?, dulce luz que me llenas e iluminas la oscuridad de mi corazón. Me conduces igual que una mano materna, y si me dejas libre, no sabría dar ni un paso“.
“Tú eres el espacio que envuelve todo mi ser y lo encierra en sí. Abandonado de ti, cae en el abismo de la nada, donde tú elevas al ser. Tú, más cercano a mí que yo mismo y más íntimo que mi intimidad, y aún inalcanzable e incomprensible, sorprendes a todos los nombres. Espíritu santo, amor eterno“.
Dejémonos, entonces, llenar del Espíritu de Dios. Hay una frase que dice, el exceso de explicación nos aleja del asombro. Creo que hoy quizá no es un día para explicar mucho lo que es el Espíritu Santo, sino para dejarnos asombrar, llenar por Él, tener nueva vida, y pedir especialmente en estos días por nuestro país. Amén.