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Homilía Mons. García Cuerva II Domingo de Adviento

por prensa_admin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     3, 1-12

En aquel tiempo, se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.» A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:

«Raza de víboras, ¿Quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: «Tenemos por padre a Abraham». Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible.»

Palabra del Señor.


Homilía Mons. García Cuerva II Domingo de Adviento 

El Evangelio de hoy tiene como protagonista a Juan el Bautista, un personaje disruptivo, cuestionador en su mensaje, que parecería que es signo de algo nuevo que está viniendo. ¿Y por qué digo que es signo de algo nuevo? Porque lo primero que nos detalla el Evangelio de hoy es que predica en el desierto. No lo hace en el templo, lo hace en la periferia, que significa el desierto, en las afueras. No lo hace en el lugar central de la religión, sino justamente lo hace en la aridez de lo desconocido. 

El predicar en el desierto debe haber sido mucho más complejo, difícil, desafiante que hacerlo en el templo. La gente estaba acostumbrada a recibir el mensaje de Dios en el centro religioso y político que era el templo. Juan el Bautista lo hace en las afueras, lo hace en el desierto y creo que aquí ya tenemos como nuestra primera gran propuesta. Volver a retomar aquello que tanto nos insistió Francisco de ser una Iglesia en salida, que no significa ir y celebrar la Misa en la esquina, o en todo caso no solamente eso, sino fundamentalmente el ser anunciadores de la Palabra de Dios en aquellos lugares más difíciles, más áridos, más desconocidos, donde hay deseo del mensaje de Jesús y donde todavía no llegamos. 

En segundo lugar, creo que también Juan el Bautista es una figura disruptiva, pero al mismo tiempo que nos está hablando de algo nuevo, porque nos invita a convertirnos. Dice fuertemente: “Conviértanse” y convertirse significa estar dispuestos al cambio, reconocer la necesidad de un cambio en la propia vida a la luz de la Palabra de Dios. Significa dejarnos interpelar, de nada sirve escuchar el “Conviértanse» de Juan el Bautista si uno dice: “Ese mensaje no es para mí, no tengo nada que cambiar, estoy muy bien, será para el que tengo al lado”. 

Es importante en este tiempo de Adviento reconocer todos la necesidad que tenemos de conversión. La necesidad que tenemos de cambio, por eso el mensaje de Juan el Bautista es para cada uno de nosotros. Y le dirá a los Saduceos y a los Fariseos que lo escuchan, por un lado: “Raza de víboras”, pero después les dirá: “Cuidado con sentirse que porque son hijos de Abraham ustedes no necesitan conversión” Y eso nos puede pasar a nosotros también. 

Creernos que por los años de Iglesia que tenemos, creernos que porque recibimos los sacramentos y que porque conocemos a Jesús ya el mensaje de conversión no es para mí. A veces la costumbre adormece nuestro corazón, adormece nuestra conciencia y entonces no vamos a sentir como directamente a nosotros el mensaje de Juan el Bautista. Decíamos el domingo pasado la necesidad que teníamos de despertarnos y a veces el problema es que estamos dormidos en los laureles, dormidos creyendo que porque tenemos algún título, dormidos porque tenemos alguna trayectoria, entonces ya estamos en los laureles de ser del grupo de los salvados. No, necesitamos del cambio, nosotros también necesitamos de la conversión. 

En tercer lugar y como aspecto de la novedad de Juan el Bautista, el Evangelio nos describe su aspecto físico y sus hábitos. Nos dice que estaba vestido con una piel de camello, nos dice que comía miel y langostas y si bien no creo que esa sea la propuesta para que nosotros andemos vestidos de esa manera y que las langostas y la miel silvestre sean nuestra dieta, el aspecto y la vida de Juan el Bautista nos habla de austeridad. 

En un mundo donde la austeridad es casi mala palabra, donde vivimos pendientes de la moda, donde vivimos pendientes del consumismo y mucho más ahora entrado el mes de diciembre y el tiempo de las fiestas, donde vivimos pendientes de las apariencias, Juan se muestra como es. Se muestra con la austeridad de comer lo que consigue, se muestra con la austeridad de mostrarse con la ropa que tiene, no está pendiente de la marca ni del consumismo ni de la apariencia. Otra novedad que también irrumpe en nuestro modo de vivir cotidiano. 

Creo que tenemos que pensar si efectivamente nosotros estamos abiertos a la novedad. Abiertos a la novedad del Evangelio que nos interpela siempre, abiertos a la novedad del Evangelio que nos empuja a las periferias existenciales para anunciar a Jesús en los desiertos de la vida, en aquellas realidades que todavía no saben de Dios o aquellas realidades que incluso nos incomodan, pero allí tenemos que estar. No podemos dejar de tener un corazón misionero, un corazón inquieto que quiera llevar el Evangelio a quienes no conocen. 

La novedad del mensaje que nos invita a la conversión, a no sentirnos seguros como aquellos saduceos que porque eran hijos de Abraham creían que ya estaban convertidos. La novedad de la austeridad, un valor que ha perdido importancia en nuestra sociedad consumista. La novedad: la novedad de algún modo nos deja inseguros. La novedad nos interpela, la novedad nos cuestiona como nos cuestiona hoy el mensaje y la persona de Juan el Bautista. Por eso, quería leerles un texto del Papa Francisco, del comienzo de su pontificado, allá por mayo del 2013, donde, hablando justamente de la novedad, Francisco decía:

«La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos». 

«No es la novedad por la novedad misma, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. Es la novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien». 

Por eso nos decía Francisco, preguntémonos: ¿Estamos abiertos a las sorpresas de Dios o nos encerramos con miedo a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas que han perdido la capacidad de respuesta?, Y termina diciendo el Papa, “Nos hará bien hacernos estas preguntas”.

Quisiera en este el segundo domingo de Adviento dejarles estas preguntas, dejarnos inquietar por el mensaje de Juan el Bautista. Dejarnos inquietar por sus palabras y por su testimonio de vida. Animarnos a dar el paso de la conversión y aprovechar este tiempo de Adviento para ello. En la segunda lectura del apóstol San Pablo a los romanos, así como tomamos algunas frases el domingo pasado, solo quería tomar una que puede ser un lindo compromiso para esta semana: “Sean mutuamente acogedores”, animarnos a recibirnos entre nosotros, a ser cordiales. 

Acogernos entre nosotros significa darnos lugar en el propio corazón a la vida del otro, recibirnos con cordialidad, con fraternidad, tratarnos bien. Poder acoger al hermano en el corazón es también un modo de ir ensayando y practicando lo que vamos a tener que hacer en Navidad si estamos dispuestos, que es acoger a Jesús, recibir al Señor en la propia vida, preparar el pesebre de mi corazón para recibirlo. Por eso, junto con esta invitación a la conversión, invitándonos a la novedad del mensaje y del testimonio de vida de Juan el Bautista, quisiera compartir y dejar este compromiso para la semana que nos dice San Pablo, “Seamos mutuamente acogedores entre nosotros”. Que así sea, amén.

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