Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 1-10
Jesús dijo a los fariseos:
«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.»
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.»
Palabra del Señor.
Homilía Mons. Pedro Cannavó IV Domingo de Pascua
Celebramos a Jesús como el Buen Pastor, y nos aclara que es Buen Pastor. En aquella época había pastores y había asalariados. Unos se entregaban por sus ovejas, y otros estaban por el sueldo. Jesús es el Buen Pastor, Jesús asume a las ovejas como suyas. Jesús conoce y ama, y da la vida por sus ovejas.
“Yo conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí”, nos dice Jesús, el buen pastor. También nos dice: “Yo soy la puerta, el que entra por mí es el pastor”. Y nosotros, todos los que tenemos, en algún sentido, algún pastoreo, en algún sentido, alguna conducción o acompañamiento, sea una comunidad, sea una familia, el padre, la madre, sea un jefe de trabajo, todos los que acompañamos, guiamos. También tenemos que entrar siempre por esa puerta.
Quien no entra por Jesús es un ladrón, es un asaltante. Quien no entra por la puerta del servicio, por la puerta del amor, por la puerta de la humildad, de la paciencia, de la paz, de la entrega generosa, del servicio, del amor, es un asaltante. Y es así como nos invita a vivir a cada uno de nosotros, Jesús, el servicio, poniendo la mirada en Él y en nada más que Él, y tratar de ser otros cristos en medio del mundo, tratar de ser otros buenos pastores en medio del mundo.
Y nos dice que las ovejas lo siguen porque escuchan su voz, porque es una voz familiar, una voz querible, porque inspira confianza, porque sabes que te cuida y que te ama. Y cada uno de nosotros nos podríamos preguntar qué generamos con nuestra voz. ¿Nuestra voz es una voz dulce? ¿O es una voz que reta, que grita, que hace que los demás huyan, que hace que los demás se escondan, que no se puedan mostrar cómo son?
Es una voz dulce que acompaña y sostiene. Esa es la voz del Buen Pastor, esa es la voz de Jesucristo, de alguien que nos conoce, que nos conoce hasta en nuestras máximas miserias, pero que nos ama y es capaz de entregarse por nosotros. Lo vemos en otro Evangelio, aquella oveja perdida que el Buen Pastor no duda en salir a buscar. Y hasta que no la encuentra y la trae sobre sus hombros y la cura, no está contento. No era un número más, no era una oveja más. Él la conoce y la ama, por eso no podía perderla. No era un daño colateral el perderlo. No iba al saldo, a la pérdida, sino que, si no la encontraba, perdía una parte de su ser.
¿Cómo somos nosotros cuando alguien se extravía, cuando alguien se aleja, cuando alguien transita por caminos sinuosos y se pone en riesgo, y nos pone en riesgo a nosotros? Al encontrarla, ¿Echamos en cara o hacemos fiesta? Al encontrarla, ¿La traemos sobre nuestros hombros y ayudamos a su sanación o señalamos con el dedo? Hoy Jesús nos invita a cuidar a las ovejas, al salir al encuentro de la oveja perdida. Hoy nos invita a poner la mirada en nuestros hermanos, en especial en nuestros hermanos perdidos. En nuestros hermanos que han caído al borde del camino.
Francisco nos daba algunas notas de este Buen Pastor. Nos decía que “El Buen Pastor tiene olor a oveja”. Nos decía que el Buen Pastor va delante guiando, pero también saber en el en el medio de las ovejas acompañando, y saber atrás, acompañando a las más rezagadas, a las que vienen heridas, las que vienen golpeadas.
¿Cuánto necesitamos nosotros, saber como familia, como hermanos, acompañarnos así? Guiar con nuestro ejemplo y nuestra vida, no imponiendo recetas, sino guiar con el ejemplo. Guiar siendo solo los primeros que transitamos los caminos sinuosos, siendo los primeros que caminamos para buscar un pasto seguro y algo que alimente y dé de beber a nuestro pueblo.
También saber caminar en el medio, acompañar la gratuidad, el estar con el otro. No sentirme superior, no mirar desde arriba, sino simplemente también saberme parte de un pueblo, de un pueblo que se deja acompañar y guiar por Cristo Jesús. Y también saber aceptar el ritmo del otro, saber aceptar que no todos podemos caminar al mismo ritmo, y que se llega a buen destino y a buen puerto, cuando llegamos en comunidad en familia. No podemos llegar algunos y otros quedarse en el camino, no podemos dejar a nuestros hermanos y hermanas tiradas al borde del camino.
Siempre hay que estar ahí, acompañando, sosteniendo, apuntalando. Quizás tironeando un poquito, para que el otro salga, de una depresión, para que salga de algún vicio, para que salga de algún miedo que lo paralice. Acompañar para que siga caminando el buen camino hacia la felicidad y hacia los buenos pastos.
Y nos habla, este, conocimiento mutuo. Uno cuando va al campo y ve a los pastores, cuando el pastor chifla, todas las ovejas van atrás.
Y el Buen Pastor reconoce a cada una de las ovejas. Cuando uno las ve, son todas iguales, Pero Él tiene una mirada aguda, Esta pintita, la negrita, la mochita, cada una tiene una característica. Y qué lindo saber que nosotros somos amados de manera particular. Dios no ama al voleo, no somos lo mismo todos, sino que nos ama en cada una de nuestras características, nos ama en nuestros límites y en nuestras fragilidades. Nos ama profundamente, y no somos un número más.
Somos cada uno llamados por nuestro nombre, porque Él nos ama, nos conoce, y fue capaz de dar la vida por amor a nosotros. Y es eso lo que nos invita a vivir a cada uno de nosotros: padres, madres, sacerdotes, obispos, hermanas consagradas, a todos nosotros. Nos invita a predicar con el ejemplo. Nos invita a ser gente que conoce, que ama, y que es capaz de dar la vida por los demás. Que así sea.