El 21 de abril, día en el que se cumple el primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco, se celebró la Santa Misa en el clima de oración y gratitud en la Basílica San José de Flores desde las 20 hs. Allí se congregaron fieles de distintos puntos de la Arquidiócesis para dar gracias por la vida de Jorge Mario Bergoglio, quien fue arzobispo desde 1998 a 2013 cuando lo eligieron como Sumo Pontífice.
La cultura del encuentro
Mons. García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, presidió la Eucaristía ante miles de fieles que se hicieron presentes. A la luz del Evangelio de San Mateo y la figura de Francisco se preguntó: “¿Qué es esto de homenajear al Papa Francisco en el primer aniversario de su fallecimiento? ¿Cuál es el mejor homenaje que le podemos hacer?”. Y describió vocaciones para homenajear a Francisco diciendo: En primer lugar, creo que tenemos que vivir la vocación urgente y necesaria al encuentro y a la fraternidad. Más que nunca la Argentina necesita de esa cultura del encuentro de la que tanto nos habló el Papa, necesita de la fraternidad».
“La segunda vocación que tenemos, el anunciar a Jesús con alegría, con audacia y con creatividad” mencionó el arzobispo que agregó: “En la realidad de hoy, -como nos decía el Papa-, no podemos encerrarnos en los templos. Tenemos la mejor buena noticia para compartir: al mismo Jesús. Y lo tenemos que hacer con alegría y con nuevos modos. Como nos decía él también. Fiel al modelo del maestro, es vital que la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demora, sin asco y sin miedo, porque la alegría del Evangelio para todo el pueblo y no puede excluir a nadie´. Iglesia de Buenos Aires, tenemos que ser callejeros de la Fe”.
Compromiso y cuidado con los más frágiles
Además, describiendo: “La tercera vocación que creo que tenemos todos, y tenemos que alejarnos aquí de cualquier bandería política, es la vocación al compromiso y al cuidado de los más frágiles. En la Argentina de hoy hay muchos hermanos que necesitan ser cuidados. Cuidar la vida de nuestros niños, cuidar la vida de nuestros abuelos, cuidar la vida de nuestros discapacitados, cuidar la vida de cada hermano que la está pasando mal porque es el rostro de Cristo. Eso no es política, es puro Evangelio”.
“Nos toca a nosotros recordarle al mundo que la vida humana vale por lo que es y no por lo que tiene” sumó el arzobispo de Buenos Aires y subrayó: “Y que la vida de los niños por nacer, de los ancianos, de los migrantes, hombres y mujeres de todo color y nacionalidad, siempre son sagradas y cuentan como las de todos los demás. Porque es urgente la paz”.
Como última vocación exhortó: “La última vocación que creo que tenemos que alimentar todos a la luz del magisterio de Francisco, es la vocación a soñar en grande. Siempre le decía a los jóvenes, sueñen en grande, no se queden en chiquitajes, vayan para adelante, tiren la pelota para adelante, sigan soñando con un mundo mejor. Sueñen en grande buscando los ideales de justicia y amor social que nacen de esperanza”.
El compromiso de homenajear a Francisco
«Ahora nos toca a nosotros. Basta de palabras y a los hechos. Todo comienza. Es nuestro tiempo, nuestra vocación. Y en todo caso, seremos responsables de que el homenaje no quede solamente en emociones, sino que quede plasmado también en una sociedad que necesita mucho de las enseñanzas del Papa. Amén» dijo al concluir.
Homilía de Mons. Jorge Ignacio García Cuerva en la Misa de I Aniversario por el eterno descanso del Papa Francisco – 21 de abril de 2026.
Las lecturas que acabamos de escuchar son las del 21 de septiembre que es el día de San Mateo, uno de los apóstoles de Jesús. Y el Evangelio nos relata la vocación de San Mateo. El momento en el que Jesús se acerca y lo llama a este recaudador de impuestos. Aquel que recaudaba, aquel que juntaba, aquel que acumulaba, de repente es invitado a dejarlo todo, y seguir al Maestro y seguir a Jesús.
Un 21 de septiembre también, pero de 1953, Jorge Bergoglio, el joven Jorge Bergoglio, entró a esta basílica de San José de Flores. Y aquí también él sintió el llamado, sintió la vocación de también dejarlo todo y seguirlo a Jesús, como también él nos ha relatado más de una vez. Por eso, me parecía que en este primer aniversario de su fallecimiento nosotros podíamos reflexionar, ya no de la vocación de San Mateo. Ya no de la vocación de Jorge Bergoglio, sino que también podemos reflexionar sobre nuestra vocación. ¿Qué es esto de homenajear al Papa Francisco en el primer aniversario de su fallecimiento? ¿Cuál es el mejor homenaje que le podemos hacer? ¿Qué es lo que nos toca a nosotros hoy?
Y, entonces, así como Jesús lo llamó a Mateo, así como Jesús lo llamó a Bergoglio a que lo siga, hoy también nos llama a nosotros. Quisiera compartir, entonces, algunas ideas, de cuál creo que es la vocación que tenemos que tener todos nosotros, que vivimos en esta ciudad de Buenos Aires o que vivimos en la Argentina, pero que, interpelados por el ministerio de Francisco, el mejor homenaje que le podemos hacer es concretar lo que él nos enseñó a lo largo de doce años.
¿Cuál es, entonces, nuestra vocación? ¿A qué somos llamados para homenajear a Francisco, ya que decimos todos que lo queremos mucho? En primer lugar, creo que tenemos que vivir la vocación urgente y necesaria al encuentro y a la fraternidad. Más que nunca la Argentina necesita de esa cultura del encuentro de la que tanto nos habló el Papa, necesita de la fraternidad. A ver, ¿cuándo la vamos a cortar con eso de mirarnos como enemigos porque pensamos distinto? Ni siquiera somos capaces de poder sentarnos en el mismo banco de una Iglesia.
Desgraciadamente, eso está pasando en nuestra Argentina de hoy. Tenemos que aprender todos, especialmente quienes de alguna manera somos clase dirigente, quienes tenemos una responsabilidad institucional por nuestro pueblo; a aprender que el otro no es mi enemigo, y que si entre nosotros nos decimos cualquier cosa, si entre nosotros nos agredimos enormemente, habilitamos a que eso pase.
El Papa Francisco insistió con la cultura del encuentro y con la fraternidad y por eso me voy a permitir leer un pequeño párrafo cuando nos decía: “Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad (…) Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de la misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, pero todos hermanos” (FT n°8).
Es cuestión de vivir lo que nos dice. Hoy me preguntaron “¿qué diría el papa Francisco?” Ya lo dijo, dejémoslo descansar en paz. Ahora nos toca a nosotros el trabajo de concretar lo que él nos pidió.
La segunda vocación que tenemos, el segundo llamado: anunciar a Jesús con alegría, con audacia y con creatividad. En la realidad de hoy, como nos decía el Papa, no podemos encerrarnos en los templos. Tenemos la mejor buena noticia para compartir: al mismo Jesús. Y lo tenemos que hacer con alegría y con nuevos modos. Como nos decía él también, “Fiel al modelo del Maestro, es vital que la hoy Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demora, sin asco y sin miedo. Porque la alegría del Evangelio es para todo el pueblo y no puede excluir a nadie” (EG n°23).
Iglesia de Buenos Aires, tenemos que ser callejeros de la fe. Tenemos la mejor noticia para compartir, que lo hagamos sin asco, sin miedo y sin demora. Anunciemos a Jesús con nuevas maneras, como, de alguna manera lo hicimos todos, convocando a esa hermosa celebración, ese acto musical en el que pudimos participar, y también como Iglesia decirle a todos, a más de 200.000 personas, que Jesús los amaba, que Jesús camina a su lado, que entregó la vida por cada uno de los que estaba en la Plaza de Mayo el sábado pasado. Así que sabemos hacerlo, es cuestión de ponernos las pilas y también, como nos pidió el Papa, insistir y cumplir con esta vocación de anunciarlo a Jesús con alegría, con audacia y con creatividad.
La tercera vocación que creo que tenemos todos, y tenemos que alejarnos aquí de cualquier bandería política, es la vocación al compromiso y al cuidado de los más frágiles. Y eso no lo hacemos por una idea política, lo hacemos porque tenemos la certeza de que en los más pobres están mismo Jesús. Porque Él mismo nos dijo en Mateo 25: “Cada vez que lo hicieron por el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”.
Y cito de vuelta a Francisco, para que veamos que él ya lo dijo todo y qué es cuestión que ahora nos toca a nosotros. Decía en Cuba en el año 2015: “Servir significa, en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, a los frágiles de nuestra sociedad y de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar. Amor que se plasma en acciones y en decisiones. Amor que se manifiesta en las distintas tareas que, como ciudadanos, estamos invitados a desarrollar. Son personas de carne y hueso, con su vida, con su historia, especialmente con su fragilidad, las que Jesús nos invita a defender, a cuidar y a servir. Porque ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos” (La Habana, 2025).
En la Argentina de hoy hay muchos hermanos que necesitan ser cuidados. Cuidar la vida de nuestros niños, cuidar la vida de nuestros abuelos, cuidar la vida de nuestros discapacitados, cuidar la vida de cada hermano que la está pasando mal porque es el rostro de Cristo. Eso no es política, es puro Evangelio.
Otra vocación que tenemos que desarrollar todos en tiempos tan complejos, es la vocación de la paz. Sabemos que la guerra de Medio Oriente nos queda lejos geográficamente, pero nos tiene que doler el corazón tantos hermanos que mueren. Si uno ve noticias de la guerra, somos tan perversos que se maquillan los resultados de la guerra. Hoy nadie muestra imágenes de muertos, como que parecería que no los hay. Y como lo decía el papá de León: “Son muchísimos los inocentes que están muriendo”.
Hace ya unos años, el Papa Francisco, en Medio Oriente, en Ur, un lugar simbólico para el Antiguo Testamento, para la Biblia, y en medio de las ruinas. Y permítanme leerles el texto de lo que decía. De vuelta, ya dijo todo, ahora nos toca a nosotros. Decía Francisco: “No habrá paz sin compartir y acoger, sin una justicia que asegure equidad y promoción para todos, comenzando por los más débiles. No habrá paz sin pueblos que tiendan la mano a otros pueblos. No habrá paz mientras las alianzas sean contra alguno, porque las alianzas de unos contra otros sólo aumentan las divisiones. La paz no exige vencedores ni vencidos, sino hermanos y hermanas que, a pesar de las incomprensiones y las heridas del pasado, se encaminan del conflicto a la unidad. Depende de nosotros”, -decía Francisco-, “humanidad de hoy. Depende de cada uno de nosotros transformar los instrumentos de odio en instrumentos de paz. Nos toca a nosotros exhortar con fuerza a los responsables de las naciones para que la creciente proliferación de armas ceda el paso a la distribución de alimento para todos. Nos corresponde a nosotros acallar los reproches mutuos para dar voz al grito de los oprimidos y los descartados del planeta; demasiados carecen de pan, de medicina, de educación, de derecho y de dignidad. De nosotros depende que salgan a la luz las turbias maniobras que giran alrededor del dinero y pedir con fuerza que este no sirva siempre y sólo para alimentar las ambiciones sin frenos de unos pocos.
Nos toca a nosotros recordarle al mundo que la vida humana vale por lo que es y no por lo que tiene, y que la vida de los niños por nacer, de los ancianos, de los migrantes, hombres y mujeres de todo color y nacionalidad, siempre son sagradas y cuentan como las de todos los demás” (Ur, marzo2021). Porque es urgente la paz.
Este mensaje del 2021 y creo que como si lo estuviese diciendo hoy, porque la guerra y la paz, también comienza en el propio corazón. Desarrollamos la vocación por la paz.
Y la última vocación que creo que tenemos que alimentar todos a la luz del magisterio de Francisco, es la vocación a soñar en grande. Siempre le decía a los jóvenes, sueñen en grande, no se queden en chiquitajes, vayan para adelante, tiren la pelota para adelante, sigan soñando con un mundo mejor. Sueñen en grande buscando los ideales de justicia y amor social que nacen de esperanza. Nos dice el Papa: “No intentemos reconstruir el pasado, el pasado es pasado, nos esperan cosas nuevas, la promesa del Señor es que hace nuevas todas las cosas” (catequesis, septiembre 2020).
Por eso creo que también en tiempos difíciles tenemos que alimentarnos en la vocación de seguir soñando en grande, de no bajar los brazos, de no andar desesperanzados por la vida. Quejosos, mala onda, apesadumbrados. Porque tenemos que construir entre todos un mundo mejor, un mundo distinto, acompañados de Jesús, el mejor compañero de camino.
Termino, quise buscar ayer la última homilía del papa Francisco, que, lógicamente, no la leyó él porque ya estaba con muchos problemas respiratorios y de salud. Pero me gustó el último párrafo de la homilía del domingo de Pascua del año pasado, 20 de abril de 2025.
Creo que también nos viene bien a nosotros en este momento. Lo último que oficialmente dijo Francisco en una homilía, antes de entregar la vida fue: “Limpianos, oh Dios, del polvo triste de la costumbre, del cansancio y del desencanto; danos la alegría de despertarnos, cada mañana, con ojos asombrados al ver los colores inéditos de ese amanecer, único y distinto a todos los demás. (…) Todo es nuevo, Señor, y nada se repite, nada es viejo”. Hermanos, hermanas, en el asombro de la fe pascual, llevando en el corazón toda esperanza de paz y de liberación, podemos decir, ‘contigo, Señor, todo es nuevo, contigo todo comienza de nuevo.
Por eso quiero invitarlos a todos a desplegar ahora nuestra vocación. San Mateo ya lo hizo. Jorge Bergoglio también lo hizo a partir de aquel 21 de septiembre de 1953. Ahora nos toca a nosotros. Basta de palabras y a los hechos.
Todo comienza. Es nuestro tiempo, nuestra vocación. Y en todo caso, seremos responsables de que el homenaje no quede solamente en emociones, sino que quede plasmado también en una sociedad que necesita mucho de las enseñanzas del Papa. Amén.