Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 11, 2-11
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!»
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:
«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino».
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.»
Palabra del Señor.
Homilía Mons. García Cuerva III Domingo de Tiempo Ordinario
Este III domingo de Adviento es conocido como el “Domingo de la Alegría”. La idea es celebrar un momento especial del gozo y la alegría, porque celebramos anticipadamente que el Señor está viniendo, que el Señor está pronto a llegar. Y por eso, ya la primera lectura del capítulo 35 del libro del profeta Isaías nos habla cuatro veces de la palabra “Alegría” y otras tres veces utilizará la palabra “Jubileo”.
Tratará esta primera lectura de adentrarnos en lo que significa la alegría, en lo que significa el júbilo, en lo que significa el entusiasmo de ir celebrando anticipadamente que Jesús está pronto a llegar. Y por eso, la primera lectura terminará con una frase muy bonita. “Los acompañará el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”. “Los acompañará el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”.
En la misma línea, el Salmo 145 que cantamos son todas buenas noticias. Son las buenas noticias de lo que Dios hace por los pobres, de lo que Dios hace por los marginados, por los que sufren, porque Dios no olvida el clamor de su pueblo. Y son estas buenas noticias la raíz de esa profunda alegría que nos invita a tener este III domingo de Adviento.
En el Evangelio aparece Juan el Bautista una vez más como el domingo pasado, pero su situación es otra. No está predicando fuertemente en el desierto, sino que está en la cárcel, porque justamente su profetismo, su valentía lo llevó a la cárcel. Y quería aquí, que quizá, pudiésemos pensar en primer lugar en él, en Juan el Bautista, que tiene limitados los movimientos físicos porque está encarcelado pero lo que no pierde es la profunda libertad de espíritu y por eso se animará a llevarle preguntas a Jesús a través de algunos emisarios.
Tiene una libertad interior que le permite ir y que le pregunten a Jesús “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Juan está preso, pero no ha perdido la libertad del alma. A veces nosotros podríamos decir que no estamos presos y es verdad, pero no es lo mismo ser libres que estar sueltos. Podemos andar de un lugar al otro, tenemos libertad de movimiento. Eso es estar sueltos, pero a veces estamos esclavizados por las adicciones, estamos esclavizados por los celos, estamos esclavizados por el desorden afectivo, podemos estar esclavizados por la mentira, esclavizados por la doble vida. Cada uno sabrá si verdaderamente somos libres o en realidad estamos sueltos.
Hoy Juan no tiene libertad física en términos de que no puede moverse de la cárcel en la que está. Sin embargo, sigue expresando una profunda libertad interior y por eso le preguntará a Jesús desde allí: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Jesús, cuando van los emisarios y le preguntan, Él inmediatamente le responde a Juan el Bautista compartiéndole también buenas noticias, igual que el Salmo, Jesús le va a compartir buenas noticias y le dirá: “Los ciegos ven” porque justamente lo que trae Jesús es la luz para la vida, Dios ilumina nuestra vida. Dirá: “Los paralíticos caminan” porque es verdad que Dios nos anima a seguir caminando en la vida, a no quedarnos estancados, a no quedarnos congelados por las culpas, por los miedos, por los rencores.
Dice también, la buena noticia de “Los leprosos son purificados” porque es verdad, Dios perdona todo, y Dios viene también a curarnos y a curarnos de nuestras enfermedades más profundas del alma. Nos dirá: “Los muertos resucitan”, y es verdad, porque Dios devuelve la verdadera vida, la vida digna que todos merecemos. Jesús sabe que estando preso, Juan necesita buenas noticias. Juan necesita motivos para su alegría y para su esperanza. Y entonces, igual que el Salmo, también hoy Jesús quiere compartir estas buenas noticias con Juan.
Y no solo eso, sino que también Jesús hoy va a hablar bien de Juan, va a elogiarlo, lo va a reconocer por todo lo que hizo. De algún modo, con sus palabras le quiere levantar el ánimo. Nos dirá: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista. ¿Qué fueron a ver? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta”. Qué bueno para este Juan encarcelado, para este Juan que está preso, escuchar de Jesús. Por un lado, las buenas noticias de que efectivamente Dios cumple su promesa, escucha el clamor de su pueblo, ilumina la vida, nos anima a seguir caminando, perdona de todo y devuelve la verdadera vida a quienes están como muertos en vida. Pero, al mismo tiempo escuchar de palabras de Jesús, que Él, de algún modo, elogia, reconoce lo que Juan hizo, en definitiva le quiere levantar el ánimo.
Creo que hoy, entonces, todos nosotros, iluminados y cuestionados por estas lecturas, por un lado, estamos llamados a buscar motivos de alegría en nuestra vida. En este domingo, tercero del Adviento, ¿Qué son motivos de alegría? Si tuviésemos que detallar, hacer una lista de ¿Qué cosas me dan alegría a pesar de las dificultades? Si tuviéramos que poder hoy nuevamente leer esa lectura del profeta Isaías, “los acompañará el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”. Si tuviéramos que pensar en el Salmo 145, ¿Cuáles son las buenas noticias que recibimos y las buenas noticias que damos a los demás?. Si tuviéramos que pensar en nosotros, no presos, encarcelados detrás de las rejas, pero a veces sí esclavizados por las adicciones o por otro tipo de cárceles. Hemos perdido a veces la libertad interior Recordemos, no es lo mismo ser libre que estar suelto.
Si tuviésemos que hoy comprometernos a hablar bien de los demás, hoy Jesús habla bien de Juan, hoy Jesús lo elogia a Juan, hoy Jesús descubre cosas buenas en Juan y se las manda a decir porque le quiere levantar el ánimo, quiere que Juan recupere la alegría y la esperanza. Nosotros estamos en general acostumbrados a hablar de los demás, pero no a hablar bien, al contrario, en general somos de levantar el dedo acusador, meternos en la vida de todo el mundo, y más que levantar el ánimo terminamos aniquilando a la gente, entristeciéndola, angustiándola cuando se enteran de las cosas que nos decimos unos de otros.
Compromiso. La segunda lectura de hoy de la carta a Santiago nos dice: “Tengan paciencia y no se quejen unos de otros”. Es tiempo de esperanza, es tiempo de alegría, es tiempo justamente de tener paciencia y saber que los tiempos de Dios no son los nuestros, y puede ser un compromiso no quejarnos los unos de los otros, como nos dice Santiago, sino hablar bien los unos de los otros, elogiarnos los unos a los otros, transmitirnos buenas noticias los unos a los otros, para contagiar el corazón de alegría y prepararnos para la mayor de las alegrías, que será celebrar juntos una vez más que Dios se hace uno de nosotros, porque está enamorado de la humanidad, y por eso se encarna, y por eso Él será en definitiva nuestra alegría más profunda que celebraremos en la Navidad. Amén.