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Homilía Mons. García Cuerva – Domingo XXX Tiempo Ordinario

por prensa_admin

EVANGELIO

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (22, 34-40)

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.


Homilía Mons. García Cuerva – Domingo XXX Tiempo Ordinario. 29 de octubre de 2023. Catedral Metropolitana

La semana pasada, los fariseos y los herodianos se juntan para tenderle una trampa a Jesús y le hacen aquella pregunta de si hay que pagar el impuesto al César.

Hay un evangelio que no hemos leído que tiene que ver con una discusión que Jesús tiene con los saduceos, otro grupo religioso, ligado al tema o al debate sobre la resurrección de los muertos.

Y hoy, nuevamente, los fariseos y un doctor de la ley le preguntarán a Jesús, también poniéndolo a prueba, cuál es el mayor o el más grande de los mandamientos.

¿Por qué decimos que lo ponen a prueba? Porque los judíos tenían alrededor de 613 mandamientos o preceptos que tenían que cumplir. Y, por lo tanto, le están preguntando a Jesús, bueno, ¿cuál es el más importante? Casi que Jesús tiene que terminar eligiendo. Y seguramente ellos creen que, si Jesús elige uno, le van a decir por qué no eligió otros.

Venimos leyendo entonces, como dije, encuentros de Jesús con distintos grupos religiosos que lo ponen a prueba y que quieren tenderle una trampa.

Busqué en el diccionario la palabra trampa y es un plan o una acción para engañar a una persona. Y creo que todos nosotros habremos experimentado alguna vez haber sido engañados. Todos alguna vez nos habremos sentido un poco víctimas de alguna trampa. Incluso pienso no solamente en términos personales, sino que también a veces, como pueblo, hemos sido defraudados. Como pueblo hemos sido víctimas de alguna trampa cuando se nos ha engañado con algunas promesas que no se cumplieron.

Frente a una trampa, frente a este plan o acción para engañar, uno puede tomar, me parece, dos actitudes. O victimizarnos y decir, pobre de mí, fui víctima de este plan o acción para engañarme. O enojarme. Y como dice el dicho, el que se enoja, pierde. Por eso me parece que hoy podemos aprender de Jesús que, en estos tres evangelios, frente a la posibilidad de ser víctima de una trampa, Jesús lo que trata es de ser inteligente. Y trata de responder con astucia, con viveza, con esa viveza criolla que no está mal tenerla y que, al contrario, deberíamos desarrollarla un poquito más para no pasar por tontos.

Por eso como primera idea quisiera expresar entonces, la próxima vez que podamos vivir este plan o acción para que no se engañen, no nos victimicemos, no nos engañemos, quizá tengamos que aprender a usar la inteligencia un poco más. Ser astutos como serpientes, mansos como palomas y poder entonces superar esa trampa o ese palito que nos quieren hacer pisar, como lo hace hoy Jesús.

La novedad de Jesús hoy, al responder a esta tercera trampa, a esta tercera prueba, es que él pone unidos estos dos mandamientos.

Estos dos mandamientos existían, amar a Dios sobre todas las cosas es un precepto del Deuteronomio, amar al prójimo es un precepto del Levítico, con lo cual los judíos conocían estas leyes, pero la novedad, lo revolucionario de Jesús es que las pone juntas, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Con lo cual lo que Jesús nos está mostrando no son ya dos leyes nuevas, Jesús lo que nos está mostrando son dos rostros, el rostro de Dios que tenemos que amar y el rostro del prójimo y casi diría nos está mostrando un solo rostro, el rostro de Dios en los hermanos que más sufren.

La semana pasada decíamos que los romanos encuentran el rostro de su Dios, el César, en una moneda y que nosotros lo encontramos en los que sufren. Amar a Dios y amar al prójimo es hacer síntesis y amarlo en el rostro de los que más sufren a nuestro Señor.

¿De qué se trata el amor? Y aquí recomiendo para los que quieran volver a leer la encíclica Dios es amor del Papa Benedicto XVI, justamente en los números 14 al 16 de esa encíclica el Papa Benedicto dice que el amor no es un sentimiento porque si solo fuera un sentimiento los sentimientos van y vienen, el amor es mucho más, el amor es una decisión, el amor tiene que ver con que abarque nuestra inteligencia y nuestra voluntad. El amor maduro no se deja llevar por un sentimiento, no es que hoy amo y mañana dejo de amar, el amor maduro significa compromiso, significa poner toda la vida y tener claro que en los cristianos no puedo amar a Dios sino amo al hermano. Por eso el mismo Papa Benedicto decía tener cuidado con solo ser piadosos sin encontrarme con el otro porque entonces se va a marchitar mi relación con Dios. Pero también nos decía el Papa Benedicto cuidado con no tener un contacto con Dios en la oración porque entonces no descubriré que mi hermano es imagen de Dios. Esto es como si fueran dos muletas con las que tenemos que andar, el amor a Dios y el amor al prójimo que se sintetizan en este mandamiento que hoy Jesús nos propone y tenemos que hacer madurar nuestro amor, no lo podemos dejar reducido a un sentimiento, hoy amo y mañana no amo, amo a Dios a quien no veo y no amo a mi hermano a quien sí veo. Es mucho más que un sentimiento, es una decisión, por eso Carlos de Foucauld, un santo de principios del siglo XX, nos decía que el amor no consiste en sentir que amo, el amor consiste en querer amar, no es sentir que amo porque a veces no voy a sentir. Tiene que ver con una decisión, con querer amar.

Y una cosa más, hablamos de que hay que amar a Dios sobre todas las cosas y el amor a Dios está en el rostro concreto de mis hermanos, amor a Dios, amor al prójimo y así al final de este mandamiento más grande que nos propone Jesús está el amor a uno mismo. Creo que para muchos es muy difícil amarse a uno mismo, a veces nos gana la culpa y entonces nos rechazamos a nosotros mismos, a veces nos tenemos bronca a nosotros mismos, no nos aceptamos, no nos perdonamos lo que hicimos en la vida e indudablemente si vivo enojado conmigo mismo es imposible que pueda amar a los demás, cuánta gente a veces vemos que anda enojada por la vida y en realidad tiene que ver con que no se acepta a sí mismo.

La clave para aprender a amar a uno mismo es mirarnos como nos mira Dios y Dios nos mira con ojos de amor, Dios nos mira como si fuésemos y lo somos sus hijos, por eso creo que, si queremos tener una sociedad distinta, si queremos tener un mundo mejor, el Evangelio de hoy es el primer gran paso que tenemos que dar y no parece que fuese tan difícil acordarnos cuál es el principio fundamental, nuestro horizonte, nuestra meta, pero también nuestro camino.

Amar a Dios sobre todas las cosas, amar al prójimo y saber que, en el rostro de mi prójimo, en el rostro de los que sufren está el mismo Dios y amarme a mí mismo, puede ser que nos resulte difícil pero como nos decía Benedicto 16 el amor es mucho más que un sentimiento que va y viene, el amor es decisión, el amor es compromiso, el amor tiene que ver con la inteligencia y con la voluntad, Jesús no nos dice que sea fácil, pero creo que nos invita a la aventura del amor en un mundo de violencia,

En un mundo de intolerancia, en una sociedad fragmentada donde la grieta no se termina por una decisión o por un decreto sino por la transformación del corazón, creo que el Evangelio de hoy es una luz, animémonos a querer amar y estaremos dando el primer paso por un país mejor, amén.

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