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Homilía Mons. García Cuerva – Misa arquidiocesana de Niños

por prensa_admin

EVANGELIO

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (12, 24-34)

Aprendan de los cuervos: no siembran ni cosechan, no tienen bodegas ni graneros, y sin embargo Dios los alimenta. ¡Y ustedes valen mucho más que las aves!

¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura?

Si ustedes no tienen poder sobre cosas tan pequeñas, ¿cómo van a preocuparse por las demás?

Aprendan de los lirios del campo: no hilan ni tejen, pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como uno de ellos.

Y si Dios da tan lindo vestido a la hierba del campo, que hoy está y mañana se echará al fuego, ¿qué no hará por ustedes, gente de poca fe?

No estén pendientes de lo que comerán o beberán: ¡no se atormenten!

Estas son cosas tras las cuales corren todas las naciones del mundo, pero el Padre de ustedes sabe que ustedes las necesitan.

Busquen más bien el Reino, y se les darán también esas cosas.

No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino.

Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce.

Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Palabra del Señor


Homilía Mons. Jorge García Cuerva – Misa arquidiocesana de Niños – Estadio Luna Park

Bueno, primero les quería contar que estoy súper feliz. A mí me habían hablado de esta misa, pero sinceramente nunca me imaginé que fueran tantos y con tanta buena onda y con tanta alegría. Así que, felicitaciones. 

Y miraba hoy la obra de teatro que la vimos todos, y lo veía al zorro que estaba solo al principio, que cuando se encontró con el príncipe, encontró que había un gran tesoro en ese corazón. Descubrieron el tesoro de ser amigos, descubrieron el tesoro de la alegría de encontrarse y de poder abrazarse y aprender que ya no estaban más solos. 

Y entonces yo empecé a pensar en qué habrá en el corazón de cada uno de ustedes, qué tesoro habrá en el corazón de cada uno de los chicos que hoy está acá en el Luna Park. Y por lo que se nota, veo que en el corazón de cada uno de ustedes guardan un gran tesoro, la alegría, no la pierdan nunca. Se nota que en el corazón de ustedes hay un tesoro enorme que se llama alegría. 

La vida a veces tiene cosas difíciles, pero lo lindo de los chicos es que contagian alegría. Así que primer compromiso delante de Jesús, que vamos a cuidar el tesoro de la alegría. Decimos todos juntos, cuidamos el tesoro de la alegría. Cuidamos el tesoro de la alegría. Más fuerte. Cuidamos el tesoro de la alegría. 

Lo segundo, mirando el corazón de ustedes que están todos acá, decía, acá ninguno se debe sentir solo, porque cada uno vino con su parroquia, vino con su colegio, vino con su comunidad. Estoy seguro que en el corazón de ustedes hay otro tesoro, que es el tesoro de la amistad. Ustedes, estoy seguro que son muchos, muy amigos entre ustedes, amigos de la capilla, amigos del colegio, amigos del barrio. ¿Sí o no? 

Entonces, segundo compromiso, cuidamos el tesoro de la amistad. Vamos fuerte. Cuidamos el tesoro de la amistad. Más fuerte todavía. Cuidamos el tesoro de la amistad. Y los veía acá todos con alegría, los veía acá todos amigos, y estoy seguro, chicos, que a veces con los amigos o con los hermanos se pelean. ¿Sí o no? 

Nos peleamos todos a veces. Yo tengo cinco hermanos, no saben cómo nos peleábamos, pero nos queremos mucho porque los chicos perdonan rápido. Eso es lo bueno de los chicos. Los chicos se pelean hoy, pero mañana ya son amigos de nuevo. En cambio, los grandes somos más difíciles para perdonar. Nos hacemos los duros, somos complicados, rencorosos. 

Por eso, chicos, ustedes tienen otro tesoro en el corazón que es el perdón. El perdón es un enorme tesoro y les pido por favor que lo cuiden, que a medida que pasen los años ese tesoro lo cuiden más que los demás. 

Por eso vamos a pedirle a Jesús el tercer compromiso. Cuidamos el tesoro del perdón. Vamos. Cuidamos el tesoro del perdón. Cuidamos el tesoro del perdón. 

¿Se acuerdan cuál era el primer tesoro que tenían que cuidar? La alegría. ¿Cuál era el primer tesoro? La alegría. 

¿El segundo tesoro? La amistad. La amistad, los amigos, muy bien. 

¿Y el tercer tesoro? El perdón. ¿Más fuerte? El perdón. 

Y ahora les tengo que pedir un favor. Los tesoros que Jesús nos da no son para guardarlos. Los tesoros que Jesús nos da son para compartir. Por eso les pido que siempre compartan en tu familia, en tu barrio, en tu capilla la alegría. 

A veces la gente grande es media mala onda. Se enojan. No se ríen nunca. Están siempre tristes. Entonces vos tenés que compartir el tesoro de la alegría. ¿Te vas a comprometer? ¿Sí o no? Bien.

El segundo les dije, el de la amistad. Hay gente que anda muy sola. Hay gente que en la vida está triste porque está sola. Por favor, chicos, contagien el tesoro de la amistad. Porque nadie puede solo en la vida. Nos necesitamos mucho. Por eso, ¿van a compartir el tesoro de la amistad? Sí. 

Y lo tercero. Ya les dije que a veces a los grandes nos cuesta perdonar. Los grandes nos peleamos y ya no nos hablamos más. Nos peleamos y guardamos bronca en el corazón. Por eso les pido, por favor, que compartan con nosotros el tercer tesoro. El tesoro del perdón. ¿Lo van a hacer? ¿Sí o no?

Bueno. Y ahora yo les voy a mostrar un poquito el tesoro que yo tengo en mi propio corazón. Ustedes todos tienen el tesoro de la alegría. El tesoro de la amistad. Y el tesoro del perdón. Pero me pidieron los que organizan esta misa, que ya les agradezco desde ahora esta fiesta hermosa, que les comparta el escudo que tienen los obispos. Todos los obispos tenemos un escudo. 

A ver, ¿a qué obispo conocen? Díganme el nombre del obispo que conocen. Gustavo, ¿qué más? Bien, Enrique, Ernesto, ¿qué más? José María. ¿Qué otro? Mario, el cardenal Mario. Muy bien. ¿Alguno dejé de nombrar? ¿Cómo se llama ese que levanta la mano ahí? Alejandro. Muy bien. Ah, ese era el nombre que decían más fuerte y yo no lo escuchaba. Muy bien. Bueno, ahora les voy a contar. 

Cada uno de nosotros, de los obispos, tenemos un escudo. Y todos los escudos son distintos. Porque cada uno en el escudo trata de un poco poner lo que tiene en el corazón. Entonces les voy a contar qué tiene mi corazón a partir de los cinco pedazos o parte de mi escudo. 

Vamos con la primera. El báculo. El báculo que está ahí, a ver el seminarista que lo traiga. Dale, vení. Dale, que es tu momento de gloria, dale. ¿Aplausos para Franco? Bien. No, tenelo vos. El báculo es como el signo del pastor. Cuando nos nombran obispos tenemos que pensar que tenemos que acompañar a la gente. No, pará, pará, ya está. Ya está, Franco. ¿Parroquia del Carmen? Bueno. Cuídenlo mucho a Franco. Entonces, el báculo, el palo del pastor es porque queremos acompañar y cuidar a la gente como lo hace Jesús. El pastor tiene este palo pero no es para golpear a la gente. Es para cuidarla. Para buscar a las ovejitas que se van. Por eso ven que tiene acá como esta parte doblada. Es para que si la ovejita se pierde el pastor la busca. Si Franco se aleja mucho, como la oveja perdida, el pastor la agarra del cogote y la trae. Pero suavemente. Porque la cuida. ¿Estamos? Gracias, Franco. Aplausos para Franco. 

La segunda parte. La segunda parte del escudo. La cruz. Ven que ahí hay una cruz. ¿Quién es el que murió en la cruz? Y si Jesús murió en la cruz es porque nos ama mucho. Entonces, como dice la canción de hoy, en el tesoro, en el corazón, tenemos un gran tesoro que es el amor de Jesús. Yo cuando miro esa cruz me acuerdo que Jesús me ama mucho y los ama mucho también a todas las personas. Por eso mirar la cruz es estar contentos porque creemos en un Dios que nos ama mucho. 

Tercera parte del escudo. La tierra. La tierra es donde pisamos. Yo quiero que donde esté mis pies esté mi corazón. Hoy mis pies están en la ciudad de Buenos Aires. Por lo tanto, yo quiero caminar las calles. Yo quiero estar entre ustedes y poner toda mi vida en esta arquidiócesis de Buenos Aires. Por eso bien conectado con la realidad. Bien metido en la ciudad de Buenos Aires. 

El primero, el báculo del pastor. La cruz. La tierra. 

Vamos por el cuarto. Las chapas. El techo. Yo durante muchos años vivía en un barrio muy pobre. En una villa en el gran Buenos Aires. Y cuando uno vive en una casa que tiene techo de chapa, uno escucha todos los ruidos. Escucha cuando camina un gato. Escucha cuando graniza. Escucha cuando llueve finito. Escucha cuando hace ruido la chapa por el calor del sol. Escucha si tiran una piedra. Yo quiero que así sea mi corazón. Que el corazón sienta todo. Sienta las tristezas, los dolores, las alegrías y las esperanzas de cada uno de ustedes. Por eso yo quiero que mi corazón sea como la chapa de la villa. Que sienta todo, todo, todo como sienten los techos de los más pobres. 

Y vamos con el último. La estrella. La estrella representa a la que está ahí al lado mío con el manto celeste. ¿Quién es? María. Nuestra madre. La Virgen María. La que nos cuida. Yo especialmente le tengo devoción a la Virgen de Pompeya. Pero la Virgen es si en todos lados lo misma o no. Acá hay chicos de Pompeya igual o no. Y lo conocen al Padre Luis, ¿no? Al que habló hoy. Al viejito. Mándenle saludos. Bueno. La Virgen María. Ella nos tiene también a cada uno de nosotros en el corazón. Nosotros somos el tesoro de María. Si María abre su corazón estoy seguro que están el nombre y la cara de cada uno de nosotros. 

Ese es mi escudo. Mi escudo solamente sirve si yo lo puedo vivir con ustedes. 

Hoy quiero empezar a conocernos. Mostrarles mi corazón. Esos son mis tesoros. Pero ustedes tienen tres tesoros hermosos que se comprometieron delante de Jesús a compartir. 

El tesoro primero de la… Alegría. Fuerte el tesoro de la… Alegría. El segundo era el tesoro de la… Amistad. El tercero del…. Y el tercero, el tesoro del… Perdón. 

Alegría, amistad y perdón. El tesoro que tienen en su corazón. Compártanlo con todos ustedes. 

Lo necesitamos mucho. 

Que Dios los bendiga mucho.

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